Universidad Autónoma de Aguascalientes

A propósito de la construcción y análisis de los mitos contemporáneos (última entrega)

PDF | 378 | Hace 1 año | 23 julio, 2021

Francisco Javier Avelar González

En la entrega anterior de esta serie de columnas dedicadas al tema de la generación de mitos, introdujimos en nuestra reflexión el concepto de “victimismo”, al que, siguiendo al escritor italiano Daniele Giglioli, identificamos como uno de los grandes mecanismos mitológicos de nuestra era…

Conscientes de lo delgado que se vuelve el hielo que pisamos ahora, es necesario decir que no existe grupo o comunidad concreta que posea la exclusividad de uso de este mecanismo; muy al contrario, en nuestra época hay una fuerte competencia por la fabricación de víctimas imaginarias o por la cooptación de víctimas reales para su uso (y explotación) con fines políticos: tanto desde la derecha como desde la izquierda, podremos encontrar importantes ejemplos de líderes, ideólogos e individuos diversos intentando imponer su agenda, así como ganar atención, cátedras, espacios, publicaciones, presupuestos o votos -dependiendo del caso-, al asumirse como representantes y defensores de grupos vulnerados o presentándose ellos mismos como víctimas de algo o alguien más.

Esta lucha en el plano discursivo por la apropiación del lugar que corresponde a las víctimas, confirma la fuerza del victimismo como dispositivo mitológico y nos deja entrever al mismo tiempo la tergiversación y explotación del mismo concepto de víctima, el cual se toma prestado, se vacía de su sentido original y se rellena con una carga semántica casi antagónica a tal sentido: ya no hay sufrimiento, humillación, debilidad, vergüenza, sumisión, negación de la palabra, tristeza, vulnerabilidad, etc., sino poder, prestigio, reconocimiento, imposición de la voz propia en el espacio público e inmunidad ante la crítica o el cuestionamiento.

Por lo general, esta “resemantización” del concepto no alcanza a tocar a las víctimas reales: por ejemplo, los 79 millones de desplazados e inmigrantes forzados en el mundo continúan padeciendo terribles vejaciones, así como falta de visibilidad y presencia en la agenda pública; lo mismo podemos decir de las centenas de millones de personas que sufren en silencio de una suerte de esclavitud fáctica, o de las miles de millones de personas invisibles, que no tienen acceso a uno o más servicios básicos y que viven en condiciones infrahumanas…

El victimismo contemporáneo resulta perverso no sólo porque empuja a la infantilización incluso de sectores con alto nivel de educación y una cómoda posición socioeconómica, seduciéndolos con la idea de que es redituable identificarse ante los demás como seres sufrientes y eternos menores de edad (con muy poca o nula responsabilidad sobre sus propias decisiones, pero con una fuerte necesidad de cuidados por parte de terceros, quienes siempre serán los culpables de lo que les pase); sino porque coopta el legítimo espacio de visibilización de las personas verdaderamente vulneradas, desviando la atención, los esfuerzos y los recursos que estaban, están o podrían estar destinados a su atención.

Llegados a este punto, es posible preguntarnos cómo distinguir a una persona vulnerada de una que intenta sacar ganancias del río revuelto y de las confusiones que estamos atravesando con respecto a cómo podemos construir una mejor sociedad, con menos desigualdades, violencias e injusticias. Para intentar dar una respuesta, aunque sea de forma indirecta, vale la pena revisar tres pilares del victimismo, de acuerdo con el análisis de Giglioli:

  1. “La pugna por el primado del sufrimiento”. En esta lucha se magnifican los términos para hablar de la violencia recibida así como los adjetivos lastimosos de autorreferencia, con el fin de mostrar que a uno, o a la comunidad o grupo propio le ha ido peor que a los demás y que, por lo tanto, merece más atención, recursos, espacios y prebendas… Esta magnificación de términos para hablar de cualquier tipo de violencia trae consigo consecuencias: una es que se acaba poniendo todo en el mismo costal y se pierde así el sentido de gradualidad cuando se desea entender la gravedad de cada hecho violento. Este borramiento de perspectiva termina por abaratar el concepto mismo de violencia y sus derivados; así, desde el victimismo, todo acaba por ser altamente ofensivo, hiriente en extremo e insoportable… La importancia de no perder la jerarquización al analizar hechos violentos, radica en que sólo desde la comprensión de la gravedad de cada caso se puede decidir el tipo de sanción o de acción social más pertinente, sin acabar por hacer del remedio algo más ultrajante que el agravio original que se deseaba castigar o resarcir. Por supuesto, el concepto de gradualidad no debe implicar nunca, bajo ninguna circunstancia, la invisibilización, minimización, ni mucho menos la justificación de forma alguna de violencia.
  1. La “heredad” o el hurto de un sufrimiento que no nos corresponde. Al respecto, el escritor italiano expresa que: “la posición de la víctima [imaginaria] se vuelve más chantajista a medida que desaparecen sus titulares efectivos. Generalmente son los descendientes de los muertos o de los sobrevivientes quienes se arrogan un reconocimiento que sus antepasados nunca habrían soñado con demandar. Un reconocimiento obtenido a través de una prestación lógicamente imposible, aunque retóricamente eficaz. ¿Cómo se puede heredar un dolor?” [hasta aquí la cita] En este punto es pertinente distanciarnos del pensamiento de Giglioli, porque lo cierto es que sí se puede heredar un dolor. Por ejemplo, si una comunidad fue desplazada de sus tierras hace una, dos o más generaciones y aún hoy vive en un sistema de errancia y pobreza, es claro que se ha heredado un agravio que se sigue padeciendo… El problema no es la heredad, sino la usurpación del dolor ajeno. Esta usurpación es operada por quienes, sin padecer la injusticia y sufrimiento que sí padecieron las víctimas reales, se dicen agraviados y reclaman beneficios económicos, políticos, mediáticos y sociales.
  1. La exigencia de impunidad e incensurabilidad. Desde esta exigencia, quien se adjudica el lugar de una víctima blinda su discurso y sus acciones ante cualquier crítica y, en un aterrador giro de tuerca, se convierte en inquisidor y violentador de todo argumento o dato que no le favorezca. Con sumo tino, Giglioli apunta que: “aparte de que la víctima real es incensurable sólo respecto a lo que ha padecido y de que el salvoconducto no se extiende a sus actuaciones pasadas y futuras, con mucha menos razón tiene derecho a ese salvoconducto quien no es víctima”.

Aunque las cosas no son blanco y negro, y en las interacciones de cada día los contextos particulares pueden dificultar nuestra manera de interpretar lo que vemos, tener en cuenta estos tres pilares como una suerte de pruebas de verificación podría permitirnos vislumbrar cuando el mecanismo victimista se ha puesto (o lo hemos puesto) en marcha. Reitero: las cosas no son tan sencillas, pero la herramienta puede ser útil para, por lo menos, hacer un esfuerzo por mensurar y poner en su justa dimensión cada probable hecho de injusticia, inequidad o violencia al que nos podamos enfrentar, ya como afectados, ya como testigos.

Desactivar la maquinaria mitológica del victimismo representaría dar un paso de suma utilidad en nuestro camino hacia la construcción de una mejor sociedad, responsable y madura; esto porque nos permitiría identificar cabalmente a las personas y los temas sociales que requieren mayor atención, así como frenar los impulsos de quienes -consciente o inconscientemente- han encontrado una rentable forma de vida en la exigencia de sumisión absoluta hacia sus ideas y agendas, a través de la autoinfantilización o de la usurpación de víctimas y grupos vulnerables… ¡Nos vemos la próxima semana!

 

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