Universidad Autónoma de Aguascalientes

Algunos datos y reflexiones sobre la autonomía universitaria (segunda entrega)

PDF | 102 | Hace 5 meses | 15 noviembre, 2019

Francisco Javier Avelar González

Tal vez los primeros antecedentes del concepto de autonomía universitaria en Latinoamérica se remontan a la penúltima década del siglo XIX, precisamente en nuestro país, cuando el filósofo, escritor, historiador y político Justo Sierra Méndez presentó un proyecto con el ánimo de fundar la Universidad Nacional de México. En dicha propuesta ya se bosquejaba la idea de un instituto de educación superior con rasgos que perfilaban su autonomía. Esta universidad, sin embargo, no fue una realidad sino hasta el 22 de septiembre de 1910, dos meses antes de que estallará la Revolución comandada por Madero, y que habría de llevar al país a un profundo reacomodo estructural durante las siguientes décadas. Así, la configuración de la universidad, su estructura y sus dinámicas se verían afectadas por el movimiento bélico. Es hasta 1929 y en un marco políticamente álgido, que la comunidad universitaria de la máxima casa de estudios del país consigue al fin el reconocimiento oficial de su autonomía (en la entrega de la siguiente semana hablaré con mayor amplitud de las circunstancias en las que la UNAM consiguió este derecho).

Como apunta Renate Marsiske Schulte en “Historia de la autonomía universitaria en América Latina” (dentro del Volumen XXVI de la revista “Perfiles Educativos”), el movimiento bélico y social más importante de México en el siglo XX sería una fuente de inspiración o al menos cimbraría a las sociedades de otros países latinoamericanos, entre ellos Argentina. Para la autora mencionada, de hecho es en la ciudad de Córdoba de dicho país donde surge la primera institución de educación pública reconocida como autónoma; esto en 1918, cuando los estudiantes exigieron al gobierno del presidente Hipólito Yrigoyen ―el primero en Argentina elegido de manera democrática a través del sistema de votación libre y secreta― que en su universidad existiera también una democratización académica; es decir, un co-gobierno universitario autónomo, integrado por profesores, estudiantes y graduados, en donde estas mismas instancias, pero sobre todo los estudiantes, tuvieran la oportunidad real de participar en la elección de los cuerpos directivos de su casa de estudios. Además de ello, pedían libertad de cátedra y de asistencia, así como la implantación de concursos de oposición para elegir a sus catedráticos.

Aunque Marsiske Schulte no hace mención de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, esta última fue fundada como institución autónoma el 15 de octubre de 1917, convirtiéndose así, en sentido estricto, en la primera universidad autónoma de América Latina. Más allá de si la primicia es argentina o mexicana, lo importante es destacar que en ambas naciones la autonomía universitaria no surgió, como en Europa (y más específicamente en Berlín, cuna de este concepto), debido tanto a la influencia del positivismo científico, sino a grandes reformas sociales, fuertemente anudadas a la idea de romper con autoritarismos y dictaduras, para dar paso a la dignificación del pueblo a través del fomento a la igualdad y la participación cívica efectiva en las decisiones de la res pública. Me parece entonces que, en el contexto latinoamericano, los valores de la Revolución Mexicana (y de los posteriores movimientos análogos en otros países del continente) son fundamentales para entender la importancia de la autonomía de sus universidades públicas.

De acuerdo con lo anterior, la autogestión y el autogobierno de las universidades no sólo tiene beneficios en el plano académico, sino también en el ámbito social, porque al poder decidir con libertad sus contenidos educativos, las metodologías de enseñanza-aprendizaje y la distribución de sus recursos, estas instituciones tienen mayores oportunidades de formar profesionistas críticos y capaces, que logren incidir de manera positiva en sus entornos. La autonomía universitaria, así vista, coadyuva a formar una cultura democrática, en la cual sea una ciudadanía bien preparada la que tome decisiones y lleve a cabo acciones benéficas para toda la comunidad.
Continúo la siguiente semana con la tercera y penúltima entrega de esta serie dedicada a la autonomía ¡Nos vemos el viernes próximo!

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