Universidad Autónoma de Aguascalientes

Algunos datos y reflexiones sobre la autonomía universitaria

PDF | 128 | Hace 5 meses | 8 noviembre, 2019

Francisco Javier Avelar González

El día 22 de este mes, nuestra casa de estudios celebrará 77 años de ser una institución autónoma. Por una infeliz coincidencia justo en el marco de la celebración, hace varios días hubo un amago por vulnerar nuestro derecho constitucional a la autonomía; derecho y responsabilidad que, huelga decir, ha dado muchos y muy buenos frutos a la comunidad universitaria y a la sociedad aguascalentense por entero. Ante tal amenaza, distinguidos personajes de Aguascalientes manifestaron su repudio a cualquier intento por vulnerar la estabilidad y el autogobierno de nuestra benemérita casa de estudios y se sumaron a los exhortos que nuestra comunidad dio a conocer, en defensa de la Universidad.

Hubo algunas voces de la ciudadanía que, aquí y allá, se preguntaron cuál era la gravedad del problema y por qué hacer tanto ruido por el concepto de ‘autonomía’. Estas dudas son respetables, en el sentido de que -de buena lid- piden información para entender el tema y poder expresar una postura sensata al respecto (no se puede defender lo que no se conoce). A esas personas les debemos una explicación amplia, que les permita conocer la historia, la necesidad y los beneficios de que en el país existan instituciones de educación públicas resguardadas de intereses políticos coyunturales, a través de la figura constitucional de la autonomía.

Hace dos años, los viernes 3, 10, 17 y 24 de noviembre de 2017, publiqué cuatro columnas en las que abordaba precisamente este tema. Debido al particular contexto que vivimos hace unos días y a las respetables preguntas de algunos ciudadanos, he decidido presentarles nuevamente dichos mensajes, para que juntos conozcamos y reflexionemos sobre este derecho constitucional, del que gozan diversas instituciones de educación superior en el país. Espero que sea de utilidad y del agrado de todos. Les dejo aquí la primera entrega:

El concepto de autonomía, en el contexto universitario, no surgió como parte de una idea moderna o contemporánea de la universidad, sino que se perfiló como un valor intrínseco de las instituciones de educación pública superior, tan pronto éstas comenzaron a esbozarse como tales en las organizaciones de juristas, filósofos y científicos que compartían sus conocimientos con diversos grupos de jóvenes estudiantes.

Cabe recordar que los primeros antecedentes de la autonomía universitaria datan de la Edad Media, según lo apuntan Armando Pavón Romero y Clara Inés Ramírez (en “La autonomía universitaria, una historia de siglos”): aproximadamente en 1050, diversos grupos de jóvenes se mudaron a Bolonia para recibir clases de grandes juristas que residían en dicho lugar. Esto generó un problema de desigualdad social, pues por ser extranjeros tenían que pagar rentas más altas, recibían malos tratos de los boloñeses y no había ningún marco jurídico que los protegiera. Los jóvenes intentaron llevarse a los maestros fuera de Bolonia, pero para entonces el gobierno ya había entendido la gran derrama económica que implicaba este sistema educativo y había propuesto a los profesores darles un salario fijo, con la condición de que no se mudaran de la ciudad.

Ante esta situación, la única alternativa que les quedó a los estudiantes fue buscar la protección del emperador, quien, al escuchar sus quejas, les garantizó que mientras su situación fuera la de estudiantes estarían protegidos de posibles maltratos del gobierno o de la comunidad boloñesa. Así comenzaron a gozar de lo que hoy podemos considerar como autonomía y protección, para recibir libremente su educación sin que el Estado interviniera en contra de ellos o de sus catedráticos. En cuanto a estos últimos, recordemos que ya era el Estado quien pagaba sus salarios, debido a las grandes ventajas económicas y sociales que representaba contar con un espacio especializado, dedicado a la enseñanza de grandes grupos de jóvenes.

Otro antecedente cercano al anterior se encuentra en París, más o menos en los mismos años; aunque en este caso fueron los catedráticos parisinos quienes se trasladaron a Roma para quejarse ante el Papa (recordemos que la Iglesia tenía un control político y educativo muy importante en aquellos años), arguyendo que el encargado local de otorgar las licencias para impartir clases hacía un uso deshonesto y prepotente de esta prerrogativa. El resultado del encuentro fue que el Papa amonestó al personaje acusado, y permitió a los catedráticos asociarse y tener cierta autonomía en la decisión de los contenidos por impartir y sus metodologías de enseñanza-aprendizaje.

Bolonia y París lograron de esta manera asentar las bases de aquello que a la postre serían dos valores imprescindibles para las universidades públicas modernas (al menos en Occidente): libertad de cátedra y libertad de asociación. Estudiantes y catedráticos quedaban protegidos para poder dedicarse libremente al estudio de las ciencias, la filosofía y las artes. Pero no sería sino hasta el siglo XIX ―como bien apuntan de nueva cuenta Pavón y Ramírez― cuando se concreta un concepto de autonomía universitaria muy cercano al que gozamos actualmente diversas universidades públicas, a lo largo y ancho del mundo. El responsable de esto fue Wilhem von Humboldt, erudito estadista prusiano, hermano mayor de Alexander, el famoso explorador, naturalista, geógrafo, astrónomo y humanista.

La idea de Wilhem fue probablemente resultado, entre otras cosas, del proceso de consolidación y el prestigio que ganó la ciencia y sus métodos los siglos previos, así como del empuje positivista, que precisamente proponía a la ciencia como la generadora de conocimientos auténticos. Con estas bases, que permitían entender al conocimiento como algo no definitivo, sino siempre sujeto a rigurosos procesos de comprobación-refutación y crecimiento, se hizo necesario buscar la forma de que los investigadores-catedráticos y sus pupilos pudieran dedicarse con exclusividad al estudio y al trabajo colaborativo. Esto no sólo implicaba asegurar la libertad de cátedra y de pensamiento (es decir, la autonomía académica), sino también conseguir instalaciones de investigación y educación adecuadas, así como garantizar la certidumbre económica de los universitarios (es decir, se volvía imprescindible el apoyo económico del Estado; pero sin que esto pusiera en riesgo la autonomía académica y la autogestión universitaria). La universidad creada por Wilhem von Humboldt tenía sus soportes ideológicos en lo que ahora he mencionado y por eso se considera que es en Berlín y gracias a este notable personaje donde nace el concepto integral de autonomía universitaria.

¡Nos vemos la próxima semana, con la segunda entrega de este texto!

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