Universidad Autónoma de Aguascalientes

Algunos problemas de Internet y su uso inadecuado

PDF | 424 | Hace 1 año | 16 octubre, 2020

Francisco Javier Avelar González

En las dos entregas anteriores de esta columna, hemos hablado sobre la Internet como herramienta fundamental del mundo contemporáneo. Notamos que la tendencia internacional es considerar a esta red como un derecho social emergente e hicimos énfasis en la urgencia de que el mayor número de personas posible tenga acceso a la web y a dispositivos digitales adecuados (celulares, tabletas, computadoras), a fin de que no aumenten las brechas de desigualdad en el planeta.
Un buen ejemplo con relación a lo esbozado en el párrafo anterior lo encontramos en el sector educativo: gracias a Internet ni la emergencia sanitaria, ni el confinamiento y el cierre físico de las escuelas han impedido que éstas continúen con sus programas formativos. Por ello mismo, para muchos estudiantes, su aprovechamiento e incluso la continuidad de sus estudios depende en gran medida de que consigan las herramientas para conectarse a las plataformas académicas virtuales.

Convengamos en que no sin razón hemos encumbrado a la web, como un invento casi de primera necesidad, o al menos de un impacto equiparable al de la rueda o las vacunas. Sin embargo, quedarnos con esa única impresión sería, por lo menos, pecar de ingenuos, pues estaríamos apreciando un fenómeno complejo desde una sola de sus aristas…. Quisiera dedicar la siguientes dos o tres entregas de esta columna, a hacer una exploración somera sobre algunos de los daños que pueden causarnos diversos espacios de Internet, si accedemos a ellos con descuido o haciendo caso omiso de sus riesgos.

No se intenta aquí restar los innegables beneficios que nos da esta red de redes, sino señalar que tiene un enorme potencial para ser utilizada de formas muy nocivas, que afectan -directa e indirectamente- nuestra salud física y mental. Para empezar, consideremos que justo por su capacidad de transmitir toda clase de información y conectar personas de forma inmediata -sin importar la distancia existente entre ellas- esta red es aprovechada todos los días con fines criminales, como el narcotráfico, el terrorismo, la realización de fraudes, el robo de datos, la trata de personas, etcétera.

Es probable que tales casos, aunque comunes, nos suenen bastante alejados de nosotros; después de todo, podríamos decir que hasta las ruedas sirven indirectamente a asociaciones y fines criminales. Para no relativizar y banalizar a tal grado los peligros de Internet de los que tenemos que ser conscientes, conviene enfocarnos en una arista que a muchos podría parecer un tanto inocua, aunque observemos y sintamos diariamente sus efectos. Me refiero al funcionamiento de las redes sociales: Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat y otras semejantes.

De acuerdo con diversos expertos en materia de adicciones -como la Dra. Anna Lembke de la Universidad de Stanford- el diseño de estos espacios de socialización está enfocado en la súper explotación de nuestra necesidad innata de pertenencia. Esta necesidad se da por la liberación de dopamina en el cerebro que ocurre cuando tenemos interacciones agradables o exitosas con otras personas (recordemos que la dopamina causa una sensación de placer o bienestar general). Se trata de un mecanismo interno que ha desarrollado nuestra especie para empujarnos a la reproducción y a establecer formas de vida gregarias.

En el caso de las redes sociales, una de sus múltiples estrategias para mantenernos el mayor tiempo posible conectados, consiste en la inclusión de estímulos positivos a nuestras publicaciones. Por ejemplo, cada vez que nos damos cuenta de que en Instagram, Twitter o Facebook alguien nos “da un like”, un “me encanta”, “me importa”, “un fav” o alguna otra reacción que implique que empatiza con nosotros o que le agradamos, nuestro cerebro libera dopamina; lo mismo sucede con cada interacción dentro de estas redes donde se genere la sensación de que estamos siendo valorados. Como si fuésemos una suerte de conejillos de indias condicionados por un estímulo, las redes sociales nos empujan a desarrollar la necesidad adictiva de permanecer conectados, buscando intercambiar muestras de aprobación o compañía de los demás, y el subsecuente premio químico que nos brindará nuestro cuerpo (la dosis de dopamina) cada vez que lo logremos.

Hasta aquí, si bien nos enfrentamos a un relativamente novedoso tipo de adicción, a muchos podría parecerles que no es algo que deba preocuparnos tanto como el consumo excesivo de alcohol, tabaco u otras drogas. Después de todo, se podrá decir que, aunque perder tres o cuatro horas diarias en este tipo de páginas no es digno de encomio, tampoco se está introduciendo ninguna sustancia extraña al cuerpo o cometiendo algún crimen. Se trata sólo de una práctica de socialización exacerbada a través de una herramienta digital.

Sin embargo, como sucede con otros productos adictivos, el organismo de quien se ha enganchado con las redes sociales comenzará a generar resistencia a sus efectos, de tal forma que cada vez necesite más tiempo interactuando y un mayor número de novedades, “seguidores” y reacciones positivas de los contactos que integran su red. Esto podría ser un indicador de que la necesidad de aceptación ha desarrollado una suerte de hipertrofia. Previendo -o propiciando- este efecto, algunas redes sociales crearon herramientas especializadas en la satisfacción de esta necesidad; por ejemplo, aquellas que permiten mejorar dramáticamente el aspecto del rostro en las fotografías que los usuarios se toman y comparten: los famosos filtros.

El resultado de lo anterior es que las personas generan una imagen distorsionada de sí mismas y de las demás. Construyen un mundo alternativo con poca o nula correspondencia con la realidad, en el que suele competirse por mostrar una vida relajada, lujosa, divertida, exitosa o (cuando conviene otro tipo de empatía colectiva) sufriente y víctima de las adversidades o “del sistema”.

Además del desgaste emocional que implica la permanente gestión de la imagen propia en redes, para conseguir el interés y reconocimiento de un sinnúmero de apenas conocidos y desconocidos, puede resultar frustrante percibir que las cuentas de otros tienen más seguidores, interacciones y aceptación o, aún peor, confrontar el hecho de que en el mundo físico uno no tiene el rostro sin imperfecciones y la vida tan interesante, agradable o rodeada de amistades que se esfuerza por presentar en el mundo virtual.

El fenómeno descrito en los párrafos precedentes, así como -desde otro polo- la proliferación de cierto tipo de noticias falsas y la pululante violencia y cultura del linchamiento en estas redes, están provocando en conjunto efectos de desasosiego, soledad, ansiedad, temor, irritabilidad, radicalización y depresión en los usuarios. No parece casual que en los últimos años se registre un incremento en el número de personas con enfermedades mentales relacionadas con la depresión y la sensación de soledad, o que incluso comiencen a aparecer nuevos tipos de problemas mentales, como el Trastorno Dismórfico Corporal bautizado como “Dismorfia de Snapchat”… De todo esto hablaremos la siguiente semana. ¡Hasta entonces!

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