Universidad Autónoma de Aguascalientes

Alienaciones ideológicas (última entrega)

PDF | 164 | Hace 3 meses | 26 agosto, 2022

Francisco Javier Avelar González

A finales de 2018 vio la luz un documental de Daniel J. Clark intitulado Behind the Curve (en México se difundió con el título de Tan plana como un encefalograma). Este trabajo audiovisual documenta los esfuerzos de terraplanistas anglosajones por formar comunidad y —sobre todo— por ofrecer argumentos y pruebas que les permitan mostrar que nuestro planeta es plano. Contrario a lo que muchos podrían suponer, la cinta está lejos de ofrecer un retrato burlón de un puñado de “loquitos” diciendo sinsenditos; en cambio, nos permite ver a personas funcionales, formulando cuestionamientos y argumentos por los cuales creen firmemente en la imposibilidad de que la Tierra sea una masa esferoide.

En general, cuando hablamos de las personas que integran estas comunidades o cuando pensamos en conspiracionistas, antivacunas, fundamentalistas u otro tipo de gente ideologizada en temas sociales e incluso propios de ciencias como la física, la genética y la biología, imaginamos que se trata de seres sin criterio, sin estudios o con una inteligencia inferior a la del promedio. Pero, como hemos comentado en los textos anteriores de esta serie, no pocos representantes de dichos movimientos suelen tener estudios superiores, gran capacidad imaginativa y una inteligencia aceptable (algunos hasta trabajan en centros educativos de nivel superior). Hacer énfasis en esto es importante para entender y atender las causas del problema; uno en donde el poco intelecto de las personas no es necesariamente una variable nuclear, como sí lo pueden ser las deficiencias en los sistemas de formación integral y en las estructuras sociales, cuya displicencia ha permitido el engrosamiento de las filas de alienados incomprendidos, resentidos y radicalizados, que traslapan los conceptos de creencias, hipótesis y hechos.

No abonaremos más en esto, puesto que ya hemos hablado del tema en las tres entregas anteriores. Sin embargo, habíamos prometido como cierre de este puñado de textos la narración de un ejemplo real que mostrara la incapacidad de un alienado por cambiar de idea, a pesar de contar con evidencias para desistir en la defensa de su error. El ejemplo que ofrecemos aquí para saldar ese pendiente quedó registrado en el documental mencionado líneas arriba. En una parte de este, nos presentan a un grupo que se hace llamar “GlobeBusters”, dedicado a buscar evidencias rigurosas de la planitud de la Tierra. Mostrando creatividad y un entendimiento destacable de su campo de investigación, los GlobeBusters comentan en una de las entrevistas que ya saben cómo nos van a mostrar que no están equivocados. Su idea es comprar un giroscopio láser —el más preciso que se haya hecho hasta ahora, con un precio cercano a los 20 mil dólares— y colocarlo en una ubicación fija. Si la Tierra es esférica y gira con la velocidad que nos han contado en las escuelas, cada hora el giroscopio tendrá un desvío de 15° (solo así podrían completarse los 360° que se supone que gira el planeta

en un plazo de 24 horas). Si en cambio vivimos sobre un disco plano, el giroscopio no registrará ningún tipo de desviación.

Pasado un rato en el documental, nos enteramos de que sí pudieron comprar el aparato y realizar el experimento, con resultados pasmosos para ellos: cada hora el giroscopio registraba una desviación de 15°. Imposibilitados para aceptar los hechos, arguyeron que, en realidad, lo que podría estar girando era la bóveda que nos rodea. Así, diseñaron una suerte de cajas de vacío para el giroscopio, de tal forma que ninguna onda o fuerza extraña les hiciera trampa; los resultados, sin embargo, volvieron a ser los mismos: una desviación de 15° cada hora. Por supuesto, no quedaron convencidos: algún error que no podían ver perjudicaba a su experimento.

Diseñaron otro: irían al Lago Victoria por la noche y, en una distancia de seis kilómetros, colocarían tres puntos de control paralelos al lago. En cada punto levantarían una tabla. Metros antes del primer puesto de control, se colocaría una persona con un láser que apuntaría hacia la primera tabla, a una altura de cinco metros. La tabla tendría un orificio a dicha altura para dejar pasar la luz del láser. En el segundo punto de control, la siguiente tabla también tendría una abertura a los cinco metros de altura. En cambio, en el tercer y último punto, habría un observador registrando si el láser transitaba a la misma altura original (lo que comprobaría la planitud de la Tierra) o si en realidad no podía verse la luz sino hasta elevar la tabla o al observador a una altura de siete metros (según sus acertados cálculos, esos dos metros de déficit para el observador del último punto corresponderían a la inclinación de ese fragmento del planeta, en caso de que su curvatura fuera tal como para pensar en su esfericidad). Una vez más y para su pasmo, al realizar el experimento, el último observador solo era capaz de registrar la luz del láser si elevaba su videocámara a una altura exacta de siete metros… El documental termina justo cuando están registrando en vivo los resultados de este experimento.

Aunque no sabemos si lo que vieron les resultó una revelación que los hiciera arrepentirse de su apostasía, a juzgar por su renuencia a ver la realidad en el experimento del giroscopio, pensamos que aquí tampoco pudieron aceptar que estaban equivocados en su percepción de la forma del planeta. Como podemos apreciar, el problema de un alienado podría pasar más por una cuestión de ego, de identidad tribal y de una fallida canalización de sus capacidades por parte de las instituciones formativas de su entorno (el sistema educativo, la estructura social, los gobiernos…).

De nada sirve tener una destacada capacidad intelectual cuando hemos sido infectados por el virus de algún mito, idea, temor o ideología que nos ciega, nos radicaliza y nos segrega, y, sobre todo, cuando no sabemos distinguir los deseos, sentimientos, miedos y creencias, de los hechos. Sin esto último, de nada servirá que los “giroscopios” estadísticos, económicos, sociales, biológicos, físicos o genéticos nos muestren que nuestra ideología está montada sobre tierras movedizas, medias verdades o estructuras sin cimientos: siempre creeremos en la existencia de pactos y confabulaciones invisibles fraguándose sobre nosotros; siempre seremos las víctimas o los perjudicados

y engañados por el “cientificismo”, los monstruos del “conocimiento occidental” o los terribles integrantes de la comunidad de (ponga aquí el sexo, color, procedencia, religión o grupo que guste). Y si esto sucede así entre personas que aún están dispuestas a leer, generar experimentos o al menos bucear en los temas de su interés, imaginemos lo expuestas y verdaderamente vulnerables que quedan ante las mitologías contemporáneas las personas que ya solo se nutren de lo que ofrecen las redes sociales y lo sitios y grupos dedicados a difundir las mentiras de nuestro tiempo…

A manera de cierre: Karl Sagan temía —auguraba casi— el levantamiento de una sociedad donde sus integrantes tuvieran serias deficiencias en su capacidad de pensamiento crítico, fueran incapaces de distinguir sus sensaciones y creencias de los hechos y el conocimiento, y confiaran más en toda clase de charlatanería y saber “alternativo” que en el conocimiento validado desde metodologías rigurosas y teorías falsables y replicadas. Para el astrónomo y físico neoyorkino, cuando esa sociedad hiciera aparición, estaríamos entrando a una nueva era de superstición y oscuridad. Me da curiosidad morbosa saber si para Sagan su temor se ha hecho realidad o todavía estamos a solo un paso… ¡Nos vemos la próxima semana!

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