Universidad Autónoma de Aguascalientes

Apuntes para dimensionar la grave crisis sanitaria actual (segunda parte)

PDF | 281 | Hace 1 año | 27 noviembre, 2020

Francisco Javier Avelar González

Hace quince días hicimos un pequeño ejercicio comparativo en términos históricos para dimensionar los efectos de la pandemia actual, así como para medir, indirectamente, los avances que hemos logrado como especie en temas de salubridad y conocimiento médico, farmacéutico y epidemiológico. En aquel texto alcanzamos a ver que, de una u otra forma, las medidas de distanciamiento físico, uso de cubrebocas y confinamiento que hemos llevado a cabo durante el año en curso nos han permitido ralentizar -en la medida de lo posible- la dispersión del Sars-Cov-2. De igual manera, aunque aún no existe un tratamiento específico probado para que un enfermo de Covid-19 se recupere, la atención médica y la farmacéutica de nuestros días está ayudando a muchos contagiados sintomáticos en su proceso de recuperación. Estas afirmaciones encuentran sustento indirecto justamente de la comparación de los efectos que han logrado las más grandes pandemias de nuestra historia.

Recordemos que, tomando como referente el total de la población mundial de cada época, mientras la Gripe Española acabó con entre el 2.5 y el 5% de la población mundial (de 50 a 100 millones de personas) y la Peste Negra prácticamente redujo a la mitad la población europea (entre 75 y 200 millones de muertes), la Covid-19, hasta hace cuatro días, contabilizaba un millón 400 mil fallecimientos, que se traducen aproximadamente al .02% de la población mundial actual.

Con la enorme densidad demográfica que tenemos (somos 7,825 millones de habitantes) y la facilidad con la que el nuevo coronavirus se dispersa, los datos que tenemos pueden sugerir que las medidas de seguridad, la organización de las sociedades contemporáneas, así como los diversos sistemas sanitarios en el mundo han mejorado con respecto a hace 100 y 700 años (épocas en las que ocurrieron la Gripe Española y la Peste Negra, respectivamente).

Aún con tales mejorías, anotemos que hay un componente socioeconómico importante que deberíamos considerar, si quisiéramos ser más precisos en la medición de nuestros avances en control y erradicación de enfermedades: en los países en desarrollo, quienes acuden a un servicio médico privado de calidad tienen, por lo general, mucho más probabilidades de salir bien librados de cualquier enfermedad grave que quienes acuden al sistema de salud pública; de igual forma, mientras más desarrollado sea el país, su sistema de salud pública será de mejor eficacia.

Vivimos un en una época de abrumadoras desigualdades, de tal forma que no todos los países o regiones se enfrentan a los problemas sanitarios con las herramientas, tecnologías, medicinas y tratamientos más novedosos, sino con lo que les alcanza, de acuerdo a sus recursos económicos. En este sentido, el porcentaje de letalidad de éste o cualquier otro virus aumentará o disminuirá en función del poder económico de cada región. Si bien esto no es algo necesariamente novedoso, la conjunción del vertiginoso avance del conocimiento científico y tecnológico, con los desorbitantes precios que algunos pueden pagar por el usufructo de dicho conocimiento ha agravado la situación, pues hace que muchas de las bondades de la medicina contemporánea sean inasequibles para gran parte de la humanidad. El hecho es tan ignominioso como preocupante, y valdría la pena volver a él en algún texto posterior…

Volviendo a nuestro ejercicio comparativo, el enfrentamiento a otras graves crisis sanitarias a lo largo de la historia también nos ha enseñado que, desde el conocimiento científico y la disciplina comunitaria es posible controlar, e incluso erradicar, enfermedades infecciosas. Por siglos, padecimientos como el Tétanos, la Poliomielitis, el Sarampión, la Rubeola, la Viruela, la Meningitis y la Tosferina, entre muchos otros, azotaron cíclicamente a la humanidad. A través del descubrimiento de las vacunas, así como de campañas masivas de concientización y vacunación, estas enfermedades dejaron de representar una de las principales causas de mortandad anual. En algunos casos, prácticamente se logró su erradicación (lo cual no es poco decir).

Por ejemplo, hay registros de brotes de Sarampión desde hace 14 siglos y, de acuerdo con datos de la OMS, “antes de que la vacuna se introdujera en 1963 y se generalizara su uso, cada 2-3 años se registraban importantes epidemias […] que llegaban a causar cerca de dos millones de muertes al año”. El esfuerzo en las campañas de vacunación impulsadas por organismos internacionales y gobiernos trajo muy buenos frutos: entre el 2000 y el 2017 se redujo en 80% la tasa de letalidad de este virus. Desgraciadamente, al amparo de la cultura de la posverdad y el desconocimiento de la ciencia a favor de ideologías negacionistas, muchas personas dejaron de vacunar a sus hijos (sobre todo en regiones de Europa y Norteamérica). Esta situación ha provocado que, con respecto a 2016, en 2019 aumentaron en 50% las muertes por Sarampión. De igual forma, en países como el nuestro, donde desde 1996 (¡hace 24 años!) habíamos logrado erradicar esta enfermedad, desde el año pasado se comenzaron a registrar nuevos casos. Podemos extraer un par de apuntes de este particular ejemplo:

Primero, con el Sarampión nos enfrentamos a una enfermedad contagiosa que cobraba la vida de millones de personas cada año y nos tardamos más de mil años en tener los conocimientos necesarios para fabricar una vacuna efectiva. En el otro extremo, nos enfrentamos hoy a un nuevo virus y, a un año de la primera muerte oficial registrada por Covid-19, ya tenemos un puñado de vacunas que están siendo probadas en humanos, para verificar su seguridad y su eficacia. Esto no quiere decir que ya tengamos un producto que nos inmunice o que existirá una opción factible entre este y el siguiente año; pero sí quiere decir que, con la velocidad, recursos y conocimientos que se está trabajando, hay muchas posibilidades de que, en cuestión de algunos meses o un puñado de años, tengamos entre nosotros la vacuna lograda con mayor celeridad en nuestra historia.

Por otro lado, el caso del Sarampión nos muestra que de nada sirve tener un fármaco inmunizador efectivo, si el extraño oscurantismo intelectual contemporáneo nos lleva a generar fabulaciones tales que nos neguemos a vacunarnos… En gran parte, es nuestro negacionismo y nuestra irresponsabilidad social lo que provoca que un problema controlable de salud pública se escape de nuestras manos, o que no logremos limitar y extinguir diversas enfermedades. Aún ahora, incluso sabiendo que sólo en México hay más de cien mil muertes oficiales por Covid-19 (y además conociendo ya a varias personas que han enfermado), muchos se siguen negando a usar cubrebocas; siguen haciendo fiestas y acudiendo a lugares con alta concentración de personas. Además, empiezan ya a circular aquí y allá mensajes en redes donde se afirma que las vacunas para esta enfermedad (¡que aún no existen!) forman parte de una estrategia gubernamental para controlarnos… Con esa manera de pensar, ¿de qué nos sirve haber avanzado tanto en conocimientos y tecnología?

Tal vez el mayor virus al que nos estemos enfrentando en nuestra era sea ese pensamiento retrógrado, visible en diversas situaciones: el encumbramiento de la posverdad y la consolidación de ideologías que desestiman los hechos y el conocimiento científico validado, y elevan a nivel de dogmas los sentimientos, las apreciaciones sesgadas y las opiniones personales…

El tema da para mucho más, pero el espacio semanal se ha agotado. Por lo pronto, dejamos en este punto la reflexión y ya volveremos a ella en otras ocasiones. Por favor, seamos responsables con las medidas sanitarias y de seguridad. Todos somos responsables en el trabajo por la erradicación de la Covid-19. ¡Nos vemos la próxima semana!

Publicaciones recientes