Universidad Autónoma de Aguascalientes

Buscar la paz en nuestros tiempos

PDF | 389 | Hace 11 meses | 24 septiembre, 2021

Francisco Javier Avelar González

Hace 31 años, la Asamblea General de la ONU designó el 21 de septiembre como Día Internacional de la Paz. Ni antes de dicha resolución, ni durante estas tres décadas hemos logrado la paz global por, al menos, un año completo. Ya se trate de conflictos entre ciudadanos de una misma región, o ya entre ciudades y países distintos, no ha habido un momento en nuestra historia reciente (y tal vez en toda nuestra historia) que transcurra sin guerras o levantamientos armados.

De entre los conflictos contemporáneos, el de mayor antigüedad podría estar ocurriendo en Juzestán (en Irán): desde 1922 se tiene registro de constantes enfrentamientos armados en esta región. En el otro extremo, en los últimos cinco años se han iniciado 12 guerras. Las más recientes de las que se tenga registro son el movimiento de insurgencia de Orlu, en Nigeria, y la insurgencia en el norte de Chad (ambas iniciadas este año). En total, se sabe de al menos 60 conflictos bélicos regionales e internacionales que siguen activos; entre ellos, y muy vergonzosamente, se contabiliza el caso de la violencia desatada por el crimen organizado en nuestro país; caso que cada año cobra decenas de miles de vidas, tanto de integrantes de los grupos criminales y elementos de seguridad del estado, como de autodefensas y civiles inocentes.

A pesar de lo anterior, hay que reconocer la gran estabilidad que hemos logrado en la mayor parte del mundo durante las últimas décadas. Es cierto que se trata de una estabilidad sostenida por los alfileres de la diplomacia internacional, la fortaleza de los sistemas democráticos de muchas de las grandes potencias y el miedo conjunto a una “guerra nuclear”. Ya sea por esto, o porque algo hemos aprendido sobre las ventajas económicas y sociales de vivir sin guerra, tal vez estemos viviendo uno de los momentos con menos enfrentamientos letales masivos del que tengamos registro.

Esta calma sostenida ha significado en Occidente el avance firme en la consecución histórica de derechos para grupos minoritarios o vulnerables, así como en la concientización sobre los atropellos que durante mucho tiempo se cometieron contra ellos. Es visible y fácilmente documentable el aumento de la participación de las mujeres en la vida política, académica, mediática, deportiva y artística en América y Europa en las últimas décadas. También es notable el positivo cambio de paradigmas que está ocurriendo con respecto a las personas con preferencias sexuales diversas, así como a la visibilización y reconocimiento de los pueblos originarios.

En distintas esferas sociales, la certeza colectiva de sus integrantes de que viven en un entorno estable, con buena organización social, amplia -o creciente- oferta educativa, servicios básicos y derechos fundamentales asegurados, es lo que paradójicamente ha permitido el surgimiento de una hipertrofia en la sensibilidad de muchas personas y en la concentración de las energías y polarizaciones en temas imposibles de pensar en un contexto distinto. En estas esferas, es cada vez más común que surjan airadas discusiones sobre el impacto emocional y organizacional de modificar la morfología de la lengua (las flexiones en sustantivos, adjetivos y pronombres, por ejemplo), sobre la conveniencia de ejercer una especie de justicia social a partir de la cancelación de canciones, películas y libros, o sobre qué rasgos inherentes a una persona deben ser considerados, a fin de colocarla adecuadamente dentro de una cada vez más compleja tabla de víctimas y victimarios (sobre todo en países tendientes al puritanismo y con una mejor calidad general de vida, como Estados Unidos).

El clima de tensión que se está produciendo a raíz de discusiones como las ahora referidas, así como a partir de las pugnas ideológicas que prevalecen entre la ciudadanía, empuja a replantearnos el alcance que debería tener nuestro concepto de paz, al que solemos asociar -por lo menos al pensar en una sociedad- con la ausencia de conflictos armados.

En su segunda y quinta acepciones, la Real Academia Española define la paz como una relación de armonía entre las personas y como el estado de quien no está perturbado por ningún conflicto ni inquietud… Apegándonos a estas definiciones, parece que no estamos encontrando la paz, incluso aunque vivamos en espacios relativamente seguros y pacíficos (en comparación con otros momentos de la historia, y con las zonas de guerra o las regiones que actualmente no cuentan con condiciones de seguridad, dentro y fuera del país). A juzgar por las encendidas interacciones verbales que se suscitan normalmente en las redes sociales, como por el estratosférico número de personas que presentan en su vida cotidiana síntomas de depresión, miedo al otro y ansiedad, podemos decir que se ha descompuesto nuestra brújula para encontrar el bienestar individual y colectivo.

Es difícil determinar todas las razones por las que en regiones, ciudades o países relativamente seguros y equitativos (o con un claro y fructífero compromiso por avanzar hacia esa dirección) se presentan cuadros cada vez más preocupantes de insatisfacción personal, ansiedad, angustia y crispación social. La dificultad estriba en que son múltiples los factores que están incidiendo de manera simultánea en los individuos. Por ejemplo, tendríamos que considerar las secuelas del confinamiento masivo por la pandemia, los excesos y estragos de nuestro sistema económico, la falta de oportunidades o de condiciones de trabajo suficientemente dignas para un amplio sector poblacional, la presión que se ejerce a través de medios masivos y redes sociales, al bombardear a la ciudadanía con historias de vidas lujosas a las que resulta imposible emular, etcétera. Sin embargo, podemos hacer el esfuerzo de identificar, punto por punto, qué cosas nos están haciendo daño como sociedad y cómo están vulnerando nuestra paz interior.

Uno de esos puntos radica en la manera como decidimos abrazar y defender ciertas ideas o creencias. Cada día, consciente o inconscientemente, podemos tomar la decisión de buscar un diálogo constructivo con aquel que no piensa como uno, o bien podemos decidir lo contrario: aferrarnos a muerte a nuestras ideas individuales o grupales como si fuesen verdades absolutas, y emprender una guerra verbal o de acoso contra quien no piensa como nosotros o, incluso peor, contra quien hemos identificado como enemigo, ya sea por su sexo, su color, su procedencia o sus preferencias (si somos lo suficientemente sensatos, caeremos en cuenta de que el odio y la discriminación no son unidireccionales, ni tienen patente de uso exclusivo: pueden ejercerse por cualquier persona en contra de cualquier otra, independientemente de sus rasgos, posturas y proveniencias).

En aras de buscar un camino hacia la paz interior, la reconciliación y la solidaridad real entre todos (en lugar de una empatía sectaria), nos toca a cada uno de nosotros hacer un genuino esfuerzo por bajar la guardia e intentar un diálogo constructivo con los demás. Sólo desde la intención de dialogar y de construir un mundo mejor juntos, podremos encontrar genuinas vías hacia la paz individual y colectiva. A pesar de lo polarizados y radicalizados que están algunos sectores de la sociedad, aún podemos corregir el rumbo y tendernos puentes de solidaridad, empatía e intercomprensión… ¡Nos vemos la próxima semana!

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