Universidad Autónoma de Aguascalientes

Cambio climático y negacionismo

PDF | 273 | Hace 1 año | 13 agosto, 2021

Francisco Javier Avelar González

El lunes de esta semana, la Organización de las Naciones Unidas presentó un nuevo Informe sobre el Cambio Climático. En él se demuestra la innegable responsabilidad que tiene nuestra especie con respecto al peligroso aumento en la temperatura del orbe los últimos 150 años. Además se advierte que, a juzgar por nuestras dinámicas de producción, de movilidad y de consumo, los siguientes 20 años será posible que esta elevación llegue a ser de 1,5° centígrados. Esto resultaría devastador para los ecosistemas de la Tierra: podrían extinguirse miles de especies animales y vegetales, y la supervivencia de miles de millones de personas se vería comprometida, tanto por la escasez de recursos esenciales, como por la multiplicación de las catástrofes naturales y la aparición de nuevas enfermedades.

Las predicciones de este informe suenan tan apocalípticas y desesperanzadoras, que fácilmente podrían provocar en no pocos (incluyendo, por desgraciada, a muchos líderes del mundo) una reacción instintiva de defensa, muy propia de los seres humanos: la desestimación o la franca negación. “Son exageraciones” -se dirá- “tal vez estemos mal pero no es para tanto”; “el cambio climático es un invento”. También habrá ciudades y naciones que no se pronuncien al respecto, pero cuyas políticas energéticas dejen claro cuál es su postura.
Gracias a diversos estudios sobre la psicología humana, hoy se sabe que ante situaciones negativas de alto impacto emocional, habitualmente ocurre un proceso que comienza con la negación, atraviesa otros estadios y culmina al llegar a la aceptación de aquello que en principio no se quería ver. Este última parte del proceso es en realidad el punto de partida -desde el que se tiene la voluntad, las fuerzas y el conocimiento- para iniciar una transformación personal (o colectiva) de efecto positivo. Justamente por ello, porque se requiere de la aceptación explícita de un problema para poder enfrentarlo, en los grupos de Alcohólicos Anónimos se les pide como primer requisito, a quienes se acercan por primera vez a sus centros, que acepten verbalmente su enfermedad de alcoholismo, porque mientras nieguen que tienen este problema o lo desestimen con eufemismos y explicaciones atenuantes, no podrán iniciar con su recuperación (¿quién se cura de una enfermedad que no tiene?).

Se entiende que cuando el evento traumático es la muerte de un ser querido o un rompimiento amoroso, no se debe forzar la velocidad con que se llega a la aceptación: cada quien lleva un proceso distinto, que requerirá de más o menos tiempo para lograr la sanación. Por otro lado, cuando el evento que nos negamos a ver está directamente relacionado con la salud o la seguridad de otras personas, no nos podemos permitir perder el tiempo. Mucho menos cuando el problema es, más que de orden afectivo, de carácter político (entendiendo aquí la política como el arte de vivir en sociedad; de administrar las cosas públicas). En el caso del duelo por una relación o un ser amado, la lentitud llega a ser incluso necesaria (como necesario es el proceso de cicatrización de la piel cuando ha sufrido una herida). Por su parte, la lentitud para aceptar un problema social relacionado con la administración pública generalmente es una muestra de ineptitud y necedad, que tiene consecuencias de diversa gravedad y que debe de evitarse a toda costa.
Puesto lo anterior sobre el papel se lee hasta obvio; como un apunte innecesario. La racionalidad y el cientificismo que distingue a nuestra época no nos permitiría, ni como administradores públicos ni como ciudadanos, volvernos ciegos ante las evidencias sobre actitudes o situaciones que necesariamente acarrearan efectos nocivos para la población o para el entorno… ¿Quién podría negar la eficacia de las vacunas en pleno siglo XXI? ¿Quién podría ver que una a una las naciones vecinas van cayendo presas de una nuevo patógeno contagioso y pensar que la enfermedad respetará el territorio propio? ¿Quién -frente a las evidencias- tendría cara para decir que no hay preocupantes señales de alerta en el comportamiento de la naturaleza? Si se explica la ironía, deja de ser tal. Pero aquí vale la pena el sacrificio:
En los últimos siete u ocho años, los movimientos antivacunas en Italia y otros países de Europa, impulsados por organizaciones civiles, políticas y ciudadanos (entre los que se contaban incluso médicos, políticos y administradores públicos) provocaron la emergencia de brotes graves de enfermedades otrora controladas, como el Sarampión. El movimiento se replicó en países vanguardistas en temas de ciencia y medicina, como Estados Unidos. Lejos de extinguirse ante las enfermedades y muertes que han ocasionado, estos grupos siguen de pie y ganando adeptos (por cierto, en México hay abyectos colectivos como “Mexicanos por la verdad”, que luchan por convencer a la gente de que no use cubrebocas ni se vacune contra la Covid-19).

A finales de 2019 y principios de 2020, todas las naciones observamos con vergonzosa displicencia la vertiginosa expansión de una enfermedad contagiosa, que semana tras semana iba ganando nuevos territorios en el mundo, provocando hospitalizaciones masivas y muertes inexplicables. Incluso ya con casos confirmados por las autoridades de salubridad en cada país, se decidía no tomar ninguna medida de control y prevención… Conocemos bien la historia porque hoy el mundo entero sigue sufriendo las consecuencias: la aceptación del problema vino, nación tras nación, cuando ya era demasiado tarde (Hoy, mientras volvemos a tocar máximos históricos de contagios de coronavirus, pareciera que volvemos a un negacionismo que podría costarnos muy caro).
En 2017, el gobierno norteamericano, entonces liderado por Donald Trump, se retiró del Acuerdo de París Contra el Cambio Climático, arguyendo que no existía ninguna amenaza medioambiental en este sentido. De forma paralela, decenas de países que signaron el acuerdo, en la práctica han decidido ignorar los compromisos y recomendaciones de este documento…

Se entiende que no es fácil cambiar la estructura o las dinámicas de todo un país, en aras de convertirlo en ecológicamente sustentable o “amigable con el medio ambiente”. Sin embargo, optar por negar el problema o aceptarlo y no hacer nada ya no pueden ser opciones a seguir. Como con el Coronavirus, en el tema del cambio climático hemos tenido la oportunidad de prever las consecuencias que se avecinan si no damos un golpe de timón; ojalá que, como con el Coronavirus, en unos años no terminemos lamentándonos por no haber actuado a tiempo…
A manera de colofón, un dato curioso: desde hace varios años, diversos epidemiólogos habían estado advirtiendo que nuestras dinámicas de invasión, explotación y devastación de las zonas naturales eventualmente provocarían, además de los consabidos problemas ecológicos, la aparición de enfermedades con alto potencial para alcanzar el grado de pandémicas. La Covid-19 es en parte una consecuencia de tales dinámicas. El temor de nuevos virus y epidemias no ha perdido su vigencia. ¡Nos vemos la próxima semana!

Publicaciones recientes