Universidad Autónoma de Aguascalientes

Desplazados y refugiados: la terrible cotidianidad de casi cien millones de personas

PDF | 374 | Hace 1 año | 25 junio, 2021

Francisco Javier Avelar González

De acuerdo con datos de la ONU, cada minuto 24 personas abandonan sus casas e incluso a sus familias, huyendo de guerras, persecuciones y violencia de carácter no doméstico. Actualmente, el número de desplazados en el orbe supera los 79 millones. Para hacernos un retrato de lo que esto significa, más allá de la frialdad de los números, hagamos el ejercicio de imaginar que las poblaciones enteras de Canadá y de Argentina juntas se vieran obligadas a huir repentinamente de sus respectivos países. Tal vez desde la fortuna de nuestro contexto cotidiano, sólo podríamos pensar en un éxodo de tal calibre recordando escenarios apocalípticos que hemos visto en películas hollywoodenses.

Más allá de la ficción, nos puede resultar inconcebible que un número comparable a 55 veces la población del estado de Aguascalientes hoy se encuentre en un exilio forzado, en el que impera la inestabilidad, así como la insuficiencia de condiciones para una vida digna… Con todo lo aberrante, angustiosa y casi surrealista que pueda parecernos esta imagen, se trata de una “normalidad” paralela, que está ocurriendo ahora mismo, en muchas ciudades y países. Es preocupante que, o bien no tengamos la suficiente conciencia de que este grave atropello es la cotidianidad que enfrentan tantas personas, o bien que lo sepamos, pero hayamos perdido en conjunto la capacidad de conmovernos y sentir la necesidad de tomar cartas en el asunto.

En el primer hipotético caso (es decir: que ni siquiera tuviéramos información de esta realidad y/o que hasta el día de hoy supiéramos de la magnitud del fenómeno), tendrían que preocuparnos las decisiones editoriales de los medios masivos de comunicación y los algoritmos de las redes sociales que, hasta cierto punto, están intentando “protegernos” de aquello que pudiera resultar incómodo para la tranquilidad de nuestras conciencias. Está probado que la capacidad de las tecnologías de comunicación es de tal envergadura que bastan segundos para enterarnos sobre lo que sucede en cualquier parte del orbe y, sin embargo, lo que llega hasta nosotros puede estarse filtrando y editando, de tal forma que tenemos una exposición informativa infinitamente mayor en lo referente a los memes de moda, las prohibiciones de China al Bitcoin, los resultados de la Fórmula 1 o la Eurocopa y los chismes más recientes de las Kardashian, que de los problemas medulares de la humanidad…

En este marco, la banalización de las redes y de muchos medios sería uno de los principales componentes que estarían facilitando el aletargamiento ético y humanista que vivimos. Problema este último que creemos subsanar con “campañas de sofá” o “quedabien” en redes, que suelen consistir en acciones inocuas y de dudoso beneficio para las víctimas y personas vulneradas.

La otra posibilidad desde la que explicaríamos que el conflicto de los desplazados en el mundo no aparezca en nuestro radar, es que se nos ha formado una costra de indiferencia con respecto a la recepción de malas noticias o de hechos que nos hacen sentir angustia, indignación o tristeza. En este caso, el problema no estaría centrado en la falta de información, sino más bien en los mecanismos que hemos generado para evitar sensaciones de preocupación, impotencia y malestar.

Creo que se trata de una entendible -aunque no deseable- estrategia de protección personal. Entendible porque resulta sumamente agotador para nuestro organismo vivir segregando todo el tiempo sustancias que nos produzcan angustia, temor, indignación o inseguridad. Además, estamos “programados” para integrar, automatizar y normalizar las situaciones y la información a la que nos exponemos de manera constante (ésa es una de las razones por las que hoy sentimos mucho menos temor de exponernos a la Covid-19, que los primeros días de confinamiento, cuando lo contagios y las muertes apenas se contaban por centenas). Si a lo dicho le sumamos la sensación de que, de cualquier forma, no está en nuestras posibilidades dar solución a los grandes problemas sociales (y menos a los que quedan alejados de nuestro contexto inmediato), resulta esperable que terminemos por alzar los hombros y seguir adelante con nuestras vidas.

Entre las dos posibilidades sobre nuestro desconocimiento y/o indiferencia con respecto al problema de los desplazados en el mundo, podríamos pensar en que se está dando una combinación en la que por un lado la exposición mediática de este grave problema es cada vez menor y, por otro, ha crecido nuestra capacidad para aceptar e invisibilizar este tipo de injusticias. “¿Y qué se podría hacer, de todas formas?”

Aunque parezcan insuficientes en sí mismas, sí pueden tomarse decisiones y medidas que, tarde o temprano, generen mejorías. Lo primero y más importante es tener la valentía y la perseverancia individual para no quitar el dedo del renglón, aun en contra de nuestra naturaleza, que tiende al olvido y la automatización: los cambios en las leyes y las dinámicas de las sociedades suelen fraguarse desde y por la presión firme y persistente de sus ciudadanías. La decisión consciente de no olvidar, ni normalizar, ni pasar por alto aquello que encontremos indigno o reprobable, promueve una cultura de cero tolerancia a la injusticia; cultura de la que se nutrirán los ciudadanos, especialmente los jóvenes, en cuyas manos quedará la conducción de las naciones.

Además del esfuerzo constante para que temas preocupantes como éste ocupen siempre un lugar prioritario en los espacios de información, la discusión y la agenda pública, podemos realizar otras acciones concretas que beneficien a poblaciones vulneradas. En el caso del fenómeno que hemos abordado hoy, podemos participar activamente ayudando a desplazados y refugiados, a través de la realización de trabajo de campo, o de donaciones a organismos enfocados en la atención de este grave problema.

A las personas que gusten hacer una donación, ya sea única o sistemática, les dejo el siguiente enlace: https://dona.acnur.org/latam/es/general Y a quienes sientan dentro de sí la necesidad de dedicar por completo al menos una etapa de su vida en la transformación del mundo a través de estas iniciativas, los invito a consultar el siguiente enlace, donde hay información sobre vacantes y posibilidades de servicio social y pasantías, como parte del equipo de la Agencia de la ONU para los Refugiados: https://www.acnur.org/es/oportunidades-de-trabajo.html

Aunque a veces no nos parezca así, siempre estará en nuestras manos colaborar para producir los cambios sociales que deseamos. No quitemos el dedo de renglón y no dejemos de trabajar por construir un mejor mundo, desde nuestras respectivas trincheras.

¡Nos vemos la próxima semana!

 

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