Universidad Autónoma de Aguascalientes

Día Internacional de la Justicia Social

PDF | 389 | Hace 2 años | 19 febrero, 2021

Francisco Javier Avelar González

En la columna anterior afirmamos que uno de los diversos factores que dificultaban alcanzar la fraternidad entre los pueblos y entre personas pertenecientes a una misma comunidad, estaba relacionado con el desequilibrio en la distribución de las riquezas naturales y el crecimiento de las brechas de desigualdad. Por ello, alcanzar la concordia y la hermandad, o al menos reducir en alguna medida las polarizaciones crecientes en el orbe y mejorar las oportunidades de millones de personas, depende de hacer algo con respecto a las inequidades y desequilibrios entre los más privilegiados y los más desfavorecidos… Dado que mañana se conmemora el Día Internacional de la Justicia Social, resulta pertinente ampliar un poco la reflexión sobre el tema, a partir de la presentación de algunos datos preocupantes:

De acuerdo con datos de la ONU, en 2019 más de 212 millones de personas se encontraban desempleadas (11 millones más que en los años inmediatamente anteriores), y el 60% de los trabajadores carecía de trabajo formal. En el mismo tenor, la OXFAM ha informado en sus últimos reportes anuales que más del 80% de la riqueza generada en el orbe la acapara el 1% de personas más ricas, en claro detrimento de las demás (el 19 de octubre de 2018, en este mismo espacio, hablamos sobre esta atroz acumulación, en un contexto donde 800 millones de personas se mantienen con apenas 1,25 dólares al día).

Los ya de por sí alarmantes datos anteriores se han intensificado a raíz de la pandemia de COVID-19, las medidas de confinamiento y la suspensión temporal de actividades por parte de innumerables comercios y empresas. Aunque inicialmente el desplome temporal de los mercados bursátiles, la depreciación de diversas monedas, el tambaleo de grandes corporativos y el lamentable fallecimiento de personas con altos recursos, nos dio la impresión de que ante el nuevo coronavirus todos estábamos expuestos de la misma forma, lo cierto es que en apenas unos meses las circunstancias reflejaron otra realidad: para los milmillonarios, la enorme crisis no fue tan grave, e incluso para algunos se convirtió en una gran oportunidad de mejorar sus posiciones y sus dividendos.

En “El virus de la desigualdad” -informe publicado hace unas semanas-, la OXFAM analiza el comportamiento de los grandes capitales y muestra que las mil mayores fortunas del mundo, que perdieron el 30% de su capital en marzo de 2020, ya lo habían recuperado en su totalidad para diciembre del mismo año. Del otro lado, se pronostica que las personas en mayor situación de pobreza se recuperarán en un lapso aproximado de diez años. Aunado a esto, se estima que “el número total de personas en situación de pobreza podría haber incrementado entre 200 y 500 millones en 2020”…

Numerosos analistas, consultados en la realización del informe aquí citado, coincide en que no se puede continuar con leyes y medidas estructurales que facilitan la desigualdad. Entre las propuestas de cambio, incluso provenientes de organismos como el Fondo Monetario Internacional, destaca la implementación de un sistema tributario progresivo y un impuesto a la riqueza que permita generar seguros por desempleo, así como mejorar los servicios, apoyos e incentivos para la población general (en especial para los sectores con más vulnerabilidades). De acuerdo con la OXFAM “un impuesto sobre los beneficios excesivos obtenidos por las grandes empresas durante la pandemia de coronavirus podría generar 104 000 millones de dólares, una cantidad suficiente para financiar prestaciones por desempleo para todos los trabajadores, así como para proporcionar apoyo económico a todos los niños y personas mayores de los países más pobres.”

Si las naciones no toman conciencia de los enormes estragos económicos y personales que está dejando la pandemia para cientos de millones de familias en el mundo, ni dan un golpe de timón desde su capacidad legislativa a fin de corregir el rumbo, las ya de por sí profundas desigualdades terminarán por ser insostenibles. No parece prudente continuar por un camino de indiferencia ante esta situación, cuando la historia nos ha mostrado repetidas veces que la injusticia estructural o sistemática lacera la paz y el bienestar social y, tarde o temprano, eso termina orillando a la sociedad a buscar el cambio a través de formas violentas. A nadie conviene un mundo tan desigual como el que ahora vivimos, ni mucho menos uno como el que se está fraguando.

En el marco del Día Internacional de la Justicia Social, debemos pedir a nuestros gobernantes y legisladores que reflexionen y tomen decisiones ajenas a cálculos políticos y electorales, o de beneficio estrictamente personal. Además, quienes trabajamos en instituciones educativas debemos concentrarnos en brindar una formación integral a las nuevas generaciones, desde la cual germinen valores como la ética, la solidaridad y la responsabilidad social. Una formación que rompa paradigmas erráticos y enfatice en que el objetivo de crecer profesionalmente es poder servir a los demás; no buscar la acumulación desproporcionada de recursos, ni alimentar la atroz dinámica del consumismo, que está generando tantas injusticias, desigualdad y severos daños al planeta.

¡Nos vemos la próxima semana!

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