Universidad Autónoma de Aguascalientes

Divide et Impera (Segunda entrega)

PDF | 91 | Hace 3 meses | 16 agosto, 2019

Francisco Javier Avelar González

La semana anterior hablamos del concepto y las estrategias sociopolíticas que encierra la frase “divide y vencerás”. Expresamos que, por su naturaleza, se esperaría que las sociedades democráticas contemporáneas se hubieran alejado de una forma de hacer política con tan poca ética como ésa, que además produce habitualmente consecuencias nefastas para la libertad, la cohesión y el bienestar social… Pero, contrario a estas expectativas, encontramos aún hoy día casos en los que las estrategias de engaño e intimidación entre ciudadanos han sido utilizadas con el fin de causar divisiones, que deriven en la pérdida de poder de la ciudadanía en su conjunto (para ganancia de unos cuantos). Para ejemplificar esto, la entrega anterior comentamos el caso de la manipulación de electores británicos en el Brexit. Esta semana continuamos con el tema, recuperando un caso muy similar: las pasadas elecciones presidenciales en Estados Unidos de América.

El 16 de junio de 2015 dio comienzo la campaña del, hasta entonces, empresario y figura de shows televisivos Donald Trump. Su postulación -que al principio parecía una broma de mal gusto- cobró tanta fuerza que en 2016 el Partido Republicano no tuvo más opción que presentarlo como su contendiente oficial para buscar la presidencia estadounidense. Incluso entonces -y hasta el mismo día de la elección, el 9 de noviembre de 2016- aquella candidatura parecía un despropósito por parte de los republicanos. Pero, contra todos los pronósticos, Trump resultó ganador, pasando sobre una Hillary Clinton que varios meses incluso pareció ir en caballo de hacienda. La pregunta que se hicieron especialistas en la materia y comunicadores fue “¿Cómo logró revertir las tendencias el ahora presidente norteamericano, cuando su campaña había estado plagada de discursos aborrecibles por su enorme xenofobia, misoginia e irresponsabilidad en temas vitales, como el referente al cambio climático?”

En un inicio, se trató de explicar el fenómeno aduciendo que la gente estaba cansada del status quo impuesto por corrientes progresistas y que el lema estandarte de campaña (make America great again!) tenía un enorme poder de representación y persuasión. Algo de razón tenían aquellas lecturas; sin embargo, no estaban completas. A finales de 2017 y principios de 2018, comenzó a filtrarse información perturbadora: una empresa de nombre Cambridge Analytica (de la cual hablamos la semana pasada), había recogido a través de Facebook los datos de millones de usuarios norteamericanos, a fin de diseñar estrategias de manipulación psicológica con miras a influir en el voto de los indecisos, en favor de Donald Trump. Una de las piezas fundamentales para revelar lo anterior fue el conjunto de declaraciones de Brittany Kaiser, ex directiva de la empresa mencionada. En abril de 2018, el mismo Mark Zuckerberg aceptó ante el Congreso norteamericano que la empresa con sede en Londres había incurrido en las prácticas que se le imputaban, utilizando la plataforma de su propia red social (cabe mencionar que esto fue con el conocimiento y consentimiento de los propios directivos de Facebook)…

Después de ubicar a los sectores poblacionales indecisos y/o influenciables (a partir del robo de datos mencionado), la estrategia conjunta de Cambridge Analytica y el equipo de campaña de Trump consistió en producir afiches, eslóganes y contenido audiovisual que atemorizara o hiciera sentir ira a grandes sectores poblacionales (sobre todo contra Hillary Clinton y los inmigrantes). Lo anterior se llevó a cabo con el fin de causar una ruptura social (al pensar, por ejemplo, que no todos tenían el mismo derecho de habitar y trabajar en el país norteamericano) y que los electores cooptados adoptaran el discurso insuflado y cuasi-religioso de “amor nacionalista” que les ofrecía el candidato republicano. Huelga decir que la estrategia fue exitosa.

La fortaleza estructural y la potencia de Estados Unidos les ha permitido sobrellevar aquella decisión electoral sin que se evidencien aún sus estragos a nivel macroeconómico; sin embargo, la pérdida del sentimiento de comunidad plural -que distinguía a la mejor versión de este país- se evidencia de manera cada vez más atroz en las declaraciones de los llamados supremacistas, así como en los ataques armados cometidos por y contra ciudadanos del mismo país e inmigrantes (sobre todo latinos). Tan sólo la semana anterior se registraron tres tiroteos, uno de ellos dirigido a abatir al mayor número de personas de ascendencia hispana. Este último sucedió al interior de un Wal Mart de El Paso, Texas, en donde más de 20 personas perdieron la vida (8 de ellas de origen mexicano). Las declaraciones del agresor recuerdan un sinnúmero de discursos xenófobos y acciones inhumanas del propio gobierno norteamericano (encabezado por Trump) en contra de los inmigrantes.

La división, los temores irracionales y los antagonismos entre la ciudadanía norteamericana (en la que también cuento al enorme número de latinos que -con o sin green card- representan una fuerza laboral y cultural determinante para aquel país) si bien son desastrosos en términos sociales, no dejan de representar oportunidades de ventaja política para ciertos grupos, como por ejemplo el del propio presidente…

Los casos comentados la semana pasada y esta ocasión no son excepciones en la historia de los movimientos sociales contemporáneos. Desgraciadamente, tampoco podemos decir que el principio de “divide y vencerás” se ha reducido a campañas electorales. Muy al contrario, desde diversos sectores se han multiplicado las agendas y los discursos que dicen llamar a la unidad y la construcción de un mundo mejor, pero que empujan incesantemente hacia las radicalizaciones, las polarizaciones maniqueas y los totalitarismos que promueven el temor ignorante a la otredad, las generalizaciones simplonas e injustas y los linchamientos sistemáticos a través de medios y redes digitales. Todo esto resulta un contexto propicio para que cobre fuerza el racismo, la xenofobia, la intolerancia y los extremismos ideológicos.

A la máxima que ha dado título a esta columna podríamos sumarle otra, bastante popular, que viene muy ad hoc al tema: “a río revuelto, ganancia de pescadores”. La pregunta importante es entonces ¿quiénes vencen mientras la cohesión social se fractura y la población centra su atención en temerse y vulnerarse a sí misma? ¿Quiénes ganan, por ejemplo, con la postración histórica de casi todo el continente africano, derivado de las permanentes y sangrientas luchas y genocidios entre sus pueblos? ¿Quiénes se benefician al lograr que nuestras ideologías y discursos, sin apenas darnos cuenta, estén mutando sus motivaciones para ir de “el amor a…” por “el odio en contra de…”? Vale la pena hacer una reflexión al respecto, así como hacer un monitoreo personal sincero de nuestras propias luchas, de tal forma que nuestra brújula no deje nunca de apuntar al norte de la libertad, el bienestar, la justicia, la concordia y la cohesión ciudadana.

 

¡Nos vemos la próxima semana!

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