Universidad Autónoma de Aguascalientes

En memoria de don Alfonso: institución y ejemplo

PDF | 191 | Hace 3 meses | 28 octubre, 2022

Francisco Javier Avelar González

Afortunados quienes no, pero creo que prácticamente todos hemos atravesado al menos una vez en nuestra vida por el pasmo o el dolor de una pérdida de tal envergadura que las palabras —esas saetas de luz con las que iluminamos las sombras de lo desconocido— se nos quedan en la aljaba, o al lanzarlas resultan insuficientes o inexactas; quiero decir, hay eventos que nos enmudecen, porque cualquier cosa que digamos no alcanza para expresar lo que sentimos o queremos decir.
Acudimos entonces a las fórmulas cristalizadas de los pésames y las esquelas; al abrazo y el acompañamiento silencioso como salida y refugio de la sensación que nos embarga; a las semblanzas y numeralias para encontrar un remanso al desasosiego en esa labor escultórica de la memoria… Solo algunos cuantos logran, desde las artes, encontrar puntos de inflexión y trascendencia; palpar este sentimiento tan universal —tan conocido y a la vez tan oscuro— para hablar en nombre de toda una comunidad (pienso, por ejemplo, en las “Coplas a la muerte de mi padre”, de Jorge Manrique; “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”, de Jaime Sabines, y “En la muerte de la Marquesa de Mancera”, de Sor Juana Inés de la Cruz).
Atravieso por este pensamiento, por el recuerdo de un puñado de poemas y la metáfora de las palabras como luces que de repente no logran iluminar o se nos deshacen en la boca, con la intención de encontrar un asidero para hablar de un evento que a muchos nos ha cimbrado: el reciente fallecimiento del doctor Alfonso Pérez Romo, persona enormemente querida por la comunidad universitaria y los ciudadanos aguascalentenses, y un ser que, estoy seguro, al preguntarle sobre la vida y la muerte nos hubiese hablado —como, de hecho, en diversas ocasiones lo hizo— desde una profunda reflexión sobre la sacralidad y la mística, las artes y la trascendencia.
Quien en vida fue co-fundador de nuestra casa de estudios, así como de la primera carrera de Medicina en nuestro estado, del Centro de las Artes y la Cultura y del Instituto Cultural de Aguascalientes, dejó este mundo hace unos días, y nos quedamos muchos con una sensación parecida a la orfandad, tan difícil de asimilar como de nombrar. No es para menos: don Alfonso era en sí mismo una institución y —sin temor a exagerar— un ejemplo transparente del humanismo y el amor al conocimiento, y de la enseñanza como una forma de generosidad y de cariño.
Modelo también de la fidelidad a la vocación, nuestro querido maestro nos enseñó que no es trabajo aquel que se realiza desde la convicción de estar haciendo un bien a los demás; mucho menos cuando la labor entraña la búsqueda incesante del saber y de la estética: hasta sus últimos días, todos lo vimos leyendo ávidamente algún libro en su oficina de la Infoteca Universitaria, escribiendo sus impresiones sobre obras pictóricas y escultóricas, organizando un nuevo diplomado o un visionario proyecto
de difusión cultural, o conversando amenamente con estudiantes, docentes y administrativos en los andadores y jardines de la UAA.
Tan solo en 2022, contando él con 98 años de edad, colaboró en el diseño y puesta en marcha del proyecto “Helikón”, consistente en un conjunto de actividades interrelacionadas de enseñanza, vinculación y difusión de las ciencias y las artes (una vez se activen sus cinco líneas de trabajo, Helikón ofrecerá, además de las charlas sabatinas de reflexión crítica que iniciaron en mayo, la publicación de un suplemento con los resultados de cada sesión, cursos de cultura para la ciudadanía -enfocados en la historia, la poesía y las ciencias-, círculos de lectura entre semana y un programa televisivo sobre arte y cultura). Además de sus aportes en gestión y difusión del arte y la cultura, también tuvo significativos gestos materiales; por ejemplo, en 2021 hizo la donación del “Acervo de la Familia Pérez Talamantes” (su biblioteca personal), para el disfrute y aprovechamiento de la sociedad aguascalentense.
Por sus aportes a la lengua y las artes, así como por su enorme lucidez y su vitalidad incontestable, Pérez Romo fue elegido en 2020 como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. A este honor se le suman muchos otros, entre los que destacan una cátedra y una bienal con su nombre, así como un sinnúmero de premios estatales y nacionales por su labor y trayectoria. Como un homenaje póstumo —el primero de muchos que se merece y que tendrá— el Pleno de la Cámara de Diputados federal hizo una pausa en su sesión de este martes para honrarle con un minuto de silencio (que necesario, significativo y elogioso resulta el silencio en estos casos, cuando nos son insuficientes las palabras)…
Con este breve texto, esta mínima remembranza de quien fue amigo y compañero —no solo mío, sino de todos los universitarios— deseo transmitir el respeto y el cariño que compartimos por él, así como el pasmo y la dificultad para asimilar su partida y hablar de ella. Creo que, además de estos humildes esfuerzos por hacer un encomio de su vida, a los universitarios nos queda honrarle siguiendo su ejemplo: abrazando nuestra vocación con el afán de servir y no de servirnos; generando cambios en el mundo a través de proyectos y actividades proactivas y positivas, y no desde descalificaciones e inútiles activismos de sofá; tratando dignamente a cada persona y buscando en todo momento compartir lo poco o mucho que sabemos, así como la alegría de seguir creciendo y trabajando para hacer de este un mundo mejor.
Querido doctor Alfonso: no nos queda más que agradecer todo lo que hiciste por y para nuestra universidad y nuestro terruño, y asegurarte que en la comunidad de la UAA siempre vivirá tu memoria y tu ejemplo. Hasta pronto y muchas, muchas gracias.

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