Universidad Autónoma de Aguascalientes

¿Están fracasando los sistemas educativos de Occidente?

PDF | 387 | Hace 11 meses | 17 septiembre, 2021

Francisco Javier Avelar González

Hace cinco años, la Federación Nacional de los Colegios de Médicos Cirujanos y Odontólogos de Italia tomó la decisión de imponer sanciones a los médicos que recomendaban a la población no vacunar a sus hijos. Entre los castigos, se preveía incluso la revocación de sus licencias profesionales. En ese momento, las medidas punitivas buscaban desesperadamente hacer frente a los movimientos antivacunas, gracias a los cuales se habían disparado los contagios de enfermedades como el sarampión, otrora virtualmente erradicada en aquel país. Para 2017, el número de contagiados de esta enfermedad ascendía a cinco mil personas en Italia y más de 21 mil en Europa. Meses después, habría importantes brotes de esta enfermedad en países del continente americano.

Con la vacuna contra el Coronavirus la historia parece repetirse. De nueva cuenta, las autoridades italianas han decidido suspender al personal del sector salud que se ha negado a vacunarse contra el SARS-CoV-2, por ponerse en riesgo a ellos mismos y a la población en general. Italia no es el único país donde gente con estudios de nivel superior ha abrazado -con una mezcla de credulidad, ignorancia y paranoia- una postura abiertamente en contra de la vacunación contra la Covid-19. En Francia, por ejemplo, a inicios del año un porcentaje muy elevado de sus ciudadanos se mostraba renuente a aplicarse la vacuna, mientras que páginas conspiracionistas en Facebook -donde abordaban específicamente este tema- lograban alcanzar hasta cuatro millones de seguidores (cerca del 7% de toda la población de Francia). Por su parte, Estados Unidos y algunos países de América Latina también se destacaron porque incluso sus mismos dirigentes llegaron a desestimar, en su momento, tanto la enfermedad como las recomendaciones de la OMS para reducir el número de contagios.

La postura con respecto al tema de las vacunas es solamente una de las caras visibles de un mal mucho más profundo y cuyas expresiones están emergiendo con profusión, a través de los conspiracionismos, las radicalizaciones ideológicas y la posverdad… Desde hace dos semanas, hemos abordado el tema del enorme distanciamiento entre las ciencias y la población, y sugerimos que es precisamente esta falta de comunicación una de las mayores causas de la sobre-relativización y la equiparación impune entre hechos y creencias, entre tesis fundamentadas y opiniones sin sustento, y entre la búsqueda genuina del conocimiento y la lucha por imponer narrativas doctrinarias sobre el entorno y las relaciones interpersonales.

Millones de personas que promueven este culto a la subjetividad, el relativismo absoluto y los radicalismos cuentan con título técnico o universitario (en los países de la OCDE, el promedio de la población de 25 a 64 años con estudios superiores es de 38%) y decenas de millones más tienen al menos 10 años de educación formal (tan sólo en México, que no es una de las naciones con mejor nivel educativo, el promedio es de 9.7 años de educación académica por adulto). Esto muestra que el divorcio entre las ciencias y la población o, más específicamente, entre el pensamiento común de la ciudadanía y el pensamiento generado por los métodos científicos, no se debe a la falta de estudios.

A la luz de lo anterior, cabe cuestionarse seriamente sobre la calidad, la rigurosidad y los objetivos del sistema educativo en Occidente. Y cabe también preguntarnos si dicho sistema no está fracasando, cuando ciudadanos con tantos años de formación académica a cuestas (porque incluso un promedio de diez años ya es considerable) resultan objetivamente incompetentes al momento de distinguir entre deseo y realidad, entre dogma y dato duro, o entre la expresión de sensaciones absolutamente personales y la expresión de afirmaciones respaldadas por un riguroso trabajo de investigación, razonamiento lógico o experimentación.

Este fracaso no deviene de la incapacidad intrínseca de nuestras instituciones de transmitir a los estudiantes todo el conocimiento generado en el mundo, porque ésta es una labor humanamente imposible: es tal la velocidad y exponencialidad con la que se multiplica el conocimiento en nuestros días, que no habría persona a la que le alcanzara la vida para ponerse al corriente de todo lo que sabemos en conjunto. El fracaso radica más bien en la incapacidad de generar y ejercitar en los estudiantes un pensamiento crítico, reflexivo, riguroso, lógico y analítico; en haber dejado de lado el camino del razonamiento como forma de llegar al conocimiento y en haber permitido que muchos de sus egresados ignoren parcial o totalmente las bases, los métodos y los procesos utilizados por las ciencias y la filosofía (métodos y procesos que, entre otras cosas, nos han permitido aumentar nuestra esperanza de vida, mejorar vertiginosamente nuestras oportunidades de comunicación y desplazamiento, o establecer notables documentos y normativas enfocadas al establecimiento y la defensa de los derechos humanos).

Al privilegiar en nuestros centros educativos la memorización vacía y la repetición autómata de datos, fórmulas, leyes, consignas y efemérides, abdicamos en la enseñanza del pensamiento racional y el cuestionamiento, mientras ofrecemos simultáneamente casi nulas oportunidades de mostrar a los estudiantes por qué los postulados y los métodos de las ciencias son hasta ahora las vías más fiables que tenemos para poder conocer (o al menos aproximarnos a) la realidad objetiva… Al fallar en esta tarea, hemos creado las condiciones para el surgimiento del raro y paradójico espectáculo del que hoy somos testigos: vivimos en un momento sin parangón en la historia de las ciencias y el desarrollo tecnológico, mientras amplios sectores de la sociedad son incapaces de distinguir las diferencias entre un dogma, una opinión y una afirmación debidamente fundamentada.

Dar un golpe de timón en este tema, en aras de generar una sociedad que erradique de su cotidianidad las fake news, los dogmas ideológicos y la posverdad, requeriría de un serio replanteamiento de nuestras dinámicas de enseñanza aprendizaje, desde la educación básica hasta los niveles superiores. Desgraciadamente, cada vez es mayor el número de centros educativos que bregan en una dirección contraria a la aquí sugerida: por ejemplo, en las universidades anglosajonas es cada vez más común saber de casos de acoso, cancelación y separación de catedráticos(as), cuyas “graves faltas” fueron promover el análisis profundo y la argumentación en temas que hoy se ven como tabúes, incorrecciones políticas o campos minados… Es claro que cuando, lejos de promover la búsqueda de la verdad o del conocimiento disponible en cada tema, se ejercen métodos de coerción para evitar que se desmonten falacias o se hieran susceptibilidades, lo que se obtiene es la generación de temor, silencio y un nocivo alejamiento de la razón y el conocimiento. ¿Qué le espera a la sociedad de seguir este camino?

Las instituciones educativas debemos recordar que nuestro compromiso es con el desarrollo de las habilidades cognitivas de nuestros estudiantes, de tal manera que podamos construir en conjunto conocimientos objetivos con respecto a la realidad que nos circunda. Nos debemos a la búsqueda permanente de la verdad (aunque pueda resultar imposible llegar a algo tan contundente como ello, el objetivo es seguir intentando), y no a la validación de modas políticas, ideológicas o discursivas. De la búsqueda honesta del conocimiento y el apego a la mayor objetividad posible, es más factible obtener sociedades sanas, respetuosas, democráticas y equitativas, que si en cambio optamos por dar gusto a las creencias y las coyunturas políticas de cada momento… ¡Nos vemos la próxima semana! 

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