Universidad Autónoma de Aguascalientes

Honremos nuestra democracia

PDF | 127 | Hace 4 meses | 3 junio, 2022

Francisco Javier Avelar González

De acuerdo con su etimología, “Democracia” proviene del griego ‘demos’, que significa pueblo, y ‘kratos’, que quiere decir poder. Desde nuestros primeros pasos de formación académica, se nos enseña como parte del arsenal de conceptos cívicos que la democracia consiste, a muy grandes rasgos, en el “gobierno del pueblo”. Somos nosotros —nos dicen— quienes escogemos a las personas y/o los grupos políticos que queremos que asuman el privilegio de representarnos y tomar decisiones legislativas y administrativas en nombre del bien común. Un poco más tarde aprenderemos que hay distintas formas de ejercer la democracia y que la nuestra es de tipo representativa (justamente porque son algunas personas elegidas por nosotros las que habrán de hablar y decidir en nuestro nombre, incluso aunque no estemos de acuerdo con la totalidad de sus propuestas y decisiones).

Ignoro si en las últimas décadas, desde los distintos niveles de educación en nuestro país se haya estado impulsando de forma sistemática una concientización de mucho mayor envergadura sobre el significado profundo de la vida democrática (más allá de esa comprensión estándar que nos inculcaron a todos), o si el despertar ciudadano que se ha venido dando desde finales de los 80 y principios de los 90 del siglo pasado, haya tenido que ver más con otras causas (que, de cualquier forma, estarían relacionadas con el incremento paulatino de personas con educación media superior y superior). Lo cierto es que, hasta hace no muchos años, el grueso de la población parecía entender que todo se resumía a asistir a una casilla un domingo cada tres años en promedio, para marcar alguna de las opciones disponibles en una boleta foliada, mancharse el pulgar de la mano derecha de tinta indeleble y volver a casa a esperar el anuncio de que había ganado el grupo hegemónico; luego olvidarse del tema hasta que, en el siguiente ciclo o periodo de elecciones, tocara repetir esa extraña peregrinación dominical. Sé que suena duro decirlo con tanta crudeza, pero eso era lo que nos tocó vivir hace algunas décadas; como también es cierto que el país ha cambiado mucho en cuanto al poder del voto ciudadano, y a eso vamos en las siguientes líneas:

A partir del surgimiento y la consolidación de un instituto autónomo y ciudadano que fungiera como observador y árbitro durante los procesos electorales (el IFE, que luego pasó a ser el INE), la democracia en el país comenzó a cobrar sentido pleno: de a poco, la alternancia en municipios, estados y, finalmente, en la presidencia, tuvo su lugar. En las históricas elecciones del año 2000, la población mexicana se dio cuenta de que sí era posible darle juego u oportunidad a diversas propuestas y partidos políticos; que comenzaba a estar en nuestras manos la posibilidad de premiar o castigar a los partidos a través de nuestro voto en las urnas. Desde entonces a la fecha, hemos tenido en la república mexicana municipios y gobiernos estatales dirigidos por el PRI, el PAN, el PRD, el PVEM, Morena y Movimiento Ciudadano; en el poder legislativo hemos elegido representantes de todos los colores e incluso han logrado acceder a un curul candidatos independientes (tal fue el caso de Pedro Kumamoto, en Jalisco); en cuanto a la presidencia, hemos tenido representantes de tres partidos políticos distintos en los últimos tres sexenios. Todo esto indica que, aunque es perfectible, el sistema de arbitraje en las contiendas electorales nos ha funcionado bien —comparemos lo que sucedía en las elecciones hace cuatro o cinco décadas—, y que la participación ciudadana y, con ello, la democracia, son una realidad constante y sonante en nuestro país.

También es verdad que poco a poco el involucramiento de la ciudadanía en los aconteceres políticos ha ido aumentando de manera positiva, de tal forma que se empieza a comprender a cabalidad que ejercer el voto en las jornadas electorales es imprescindible, mas no suficiente si queremos el fortalecimiento progresivo de nuestra nación y la reducción o eliminación de los graves problemas que nos aquejan. Se empieza a entender que, elijamos a quien elijamos, una vez el partido ganador asume el poder, nos corresponde exigir que haga un buen trabajo; nos corresponde ejercer presión —siempre desde el civismo y la legalidad— para que cada uno de nuestros gobernantes y legisladores se conduzca con ética y siempre en pro del bien común. Después de todo, cada uno de los partidos se debe a todas las personas que integramos la ciudadanía y, por ello, están sujetos a nuestro escrutinio.

Este domingo quienes habitamos el estado de Aguascalientes tenemos un compromiso medular con la democracia. Nuestra responsabilidad es ir a las urnas a ejercer este enorme derecho que también es una obligación cívica. No importa por quién votemos, sino hacerlo desde la responsabilidad, la información y la libertad (sin ceder a chantajes o a coacciones: condicionar un apoyo gubernamental a cambio de tu voto es un delito que debe denunciarse). Si no deseas votar por ninguna de las opciones políticas propuestas, existe la posibilidad de que acudas a las urnas y des a conocer esta posición mediante la figura de anulación del voto. Lo que no es válido ni justificable es quedarse en casa y no asistir a los comicios, porque ello debilita el sistema democrático y no da ningún mensaje sobre el rumbo que queremos que tome nuestra entidad.

Por todo lo dicho, los invito hoy a que el domingo salgamos a votar y que seamos un estado con participación ejemplar en el país. De la misma forma, hago aquí un exhorto para que sigamos viviendo la democracia todos los días, más allá de las jornadas electorales. Seamos ciudadanos informados, críticos y exigentes. Solo de esa manera podremos continuar creciendo como nación y empujando a la clase política para que nos escuche y eleve continuamente la calidad de sus propuestas y sus acciones. Honremos nuestra democracia.

¡Nos vemos la próxima semana!

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