Universidad Autónoma de Aguascalientes

Identidad y violencia: un apunte en el marco del Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo

PDF | 353 | Hace 8 meses | 21 mayo, 2021

Francisco Javier Avelar González

Territorio y economía suelen figurar como las principales razones por las que -lamentablemente- una comunidad o país tiene un enfrentamiento bélico con otro. Hay innumerables ejemplos para sustentar esta afirmación, entre los que podríamos recordar -por sus dimensiones y fama histórica- el caso de los macedonios bajo el liderazgo de Alejandro Magno, el de los romanos y su monumental expansión ocurrida entre el 300 A.C y el 300 D.C., y el de la España Imperial, la cual llegó a ser tan vasta que Felipe II afirmaba que en su reino nunca se ponía el sol… Al margen de estos casos paradigmáticos, cualquier país -incluido el nuestro- tiene su historia de invasiones, así como de defensas del espacio y las riquezas que reclama como propias.

Si abrimos un poco más el enfoque, observaremos que la lucha por el dominio de un lugar no es exclusiva de nuestra especie. Sin disculpar el derramamiento de sangre en el caso de los seres humanos, podemos decir con fines descriptivos que el uso de la violencia es un recurso al que casi cualquier ser de este planeta recurrirá, cuando sienta que no le queda otra opción para la defensa o la consecución de una zona de seguridad individual o comunitaria. Esto parece ser parte de la naturaleza.

Lo que sin dudas resulta exclusivo de nuestra especie es el ejercicio de la violencia motivada por razones ideológicas, de género, raciales y religiosas. No son pocas las guerras, los linchamientos, las masacres y los éxodos que se han desencadenado por la pretensión, por parte de una comunidad, de hacer que el resto de las personas sea, piense, hable y actúe de una manera determinada. Desde tiempos inmemoriales y hasta la fecha, encontramos ejemplos de grupos persiguiendo, hostigando y violentando de muchas formas a gente de pigmentación, procedencia, género, religión o pensamiento distinto.

Quienes así se desenvuelven -sean de la postura política, ideológica o religiosa que sea- están convencidos de poseer la verdad absoluta (lo que sea que eso signifique), ser intelectual y moralmente superiores, y estar actuando en defensa de un bien mayor. En gran medida, esta forma de enajenación se desencadena por una previa renuncia a la individualidad, en aras de fundirse en una identidad colectiva. Lo grave es que, al renunciar a la individualidad y el pensamiento propio para dejarlo en manos de la voluntad y las consignas grupales, se mina la capacidad de raciocinio y libre albedrío, se adoptan como dogmas las premisas del colectivo y se cae, tarde o temprano, en una postura radical (esencialmente violenta, injusta y sorda), que funciona como una muralla ante cualquier cuestionamiento externo.

El empequeñecimiento o la disolución del ser individual para acoplarse a una identidad colectiva, compromete a las personas a defender las ideas y acciones de su grupo a costa de lo que sea. Incluso aunque se sospeche (o en el fuero interno se comprenda) que hay puntos donde se parte de falacias, injusticias y errores en la apreciación de los hechos y en el juicio hacia las demás personas, se siente la obligación de cerrar filas “para no hacerle juego a los adversarios”, o para no debilitar las posiciones ganadas por el grupo al que uno pertenece. Esta defensa a ultranza se funda en la sensación de que un resquebrajamiento del colectivo pondría en riesgo los pilares identitarios de cada uno de sus integrantes.

Otra consecuencia visible de esta alienación es que también se tiende a diluir o negar la individualidad de quien se considere enemigo: ya no es Juan Pérez o María López, sino sólo un representante de la etnia, género, color, pensamiento o religión que se esté combatiendo… Y, si se le niega a alguien su esencia como persona, no sólo es fácil desechar sus argumentos sin escucharlos, sino que también resulta relativamente sencillo tratarle con desprecio y agresividad (psicológica, verbal y física).

Por desgracia, estamos atravesando una época de muy poco diálogo real, pero de muchas confrontaciones entre colectividades (sobre todo políticas, étnicas e ideológicas); una época en que la sensatez y la mesura son tomadas por tibieza y se exige de cada persona una suerte de renuncia a su individualidad, para abrazar posturas grupales cada vez más rígidas, polarizadas y sordas hacia la otredad. Resulta alarmante que, desde ese tipo de posicionamientos, algunos dicen que buscan generar condiciones de paz, reivindicación, justicia social, equidad, respeto y hermandad…
Hoy, que se celebra el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo, valdría la pena realizar un ejercicio de reflexión sobre la manera como percibimos a las personas que no comulgan con nuestras ideas, gustos y preferencias, o que no pertenecen a nuestra comunidad, género, religión o ideología.

Si cada uno de nosotros actúa de buena fe y a la luz de la razón, encontraremos oportunidades para la construcción de identidades sanas e independientes. Así, sin el enorme peso de haber comprometido nuestro pensamiento con causas que parecieran pedir lealtades ciegas, podremos construir mejores puentes para el encuentro y el diálogo con los otros. Desde la comprensión de las razones y las necesidades de los demás, podremos establecer -con relativa sencillez- condiciones adecuadas para vivir en espacios de respeto mutuo, pluralidad, empatía y hermandad, alejados de sectarismos y prejuicios.

No está de más caer en cuenta de que el sano intercambio de ideas, conocimientos y costumbres produce riqueza, bienestar y cultura; mientras que las guerras y, en general, el ejercicio de la cerrazón, la sordera selectiva y la violencia colectiva, suelen generar desconfianza, destrucción y un significativo empobrecimiento humanitario y cultural. Apostemos entonces por la apertura al diálogo, la educación, la pluralidad y la intercomprensión…

¡Nos vemos la próxima semana!

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