Universidad Autónoma de Aguascalientes

Internet: herramienta indispensable y necesario derecho de nuestras generaciones

PDF | 837 | Hace 1 año | 25 septiembre, 2020

Francisco Javier Avelar González

Aunque en los años noventa del siglo pasado la Internet comenzó a popularizarse a gran escala -sobre todo entre los países más desarrollados- no fue sino hasta hace una década que se posicionó como una suerte de cimiento o superestructura desde donde habrían de desarrollarse las sociedades contemporáneas y habrán de consolidarse las venideras. La valía de esta red -a la par en trascendencia e impacto que inventos como la rueda o las vacunas- se finca, principalmente, en tres razones:

1) Su inagotable potencial para contener cantidades inimaginables de información, ocupando una ínfima fracción del espacio físico con que cuentan los internautas. Piénsese, por ejemplo, en que los treinta tomos de la última edición de la Enciclopedia Británica -para los que se necesitaría un librero completo de muy buen tamaño- hoy pueden consultarse gracias a Internet, a través de un dispositivo tan pequeño como un teléfono móvil, que cabe en el bolsillo lateral de casi cualquier pantalón.

2) La vertiginosa velocidad con la que se puede tener acceso a toda la información que haya sido subida a la red; es decir, la capacidad de esta estructura para comunicar al mundo en segundos, sin importar la distancia geográfica que exista entre quienes quieren entablar contacto. Hace siglos, el envío de un libro desde México hasta algún país asiático hubiera demorado meses, e incluso en la actualidad, usando el servicio privado más costoso y eficiente que exista, el traslado completo tomaría al menos dos o tres días (considerando también que el material tendría que pasar por una revisión en aduanas). Hoy, para trasladar ese mismo libro en formato digital, sólo se requieren unos segundos. Esta capacidad de intercambio informativo es una de las razones por las que actualmente –de acuerdo con Otto Granados Roldán- el conocimiento humano se duplica cada año, cuando hasta 1900 este crecimiento en el saber tardaba un siglo en darse, y después de la Segunda Guerra Mundial el promedio era de 25 años.

3) Su ínfimo costo, comparado con los indiscutibles beneficios que ofrece: ¿Cuánto espacio y dinero hubiera costado tener una enciclopedia más o menos decente en casa? ¿Cuánto tener acceso diariamente a tres o cuatro periódicos nacionales e internacionales, por todo un año? ¿Cuánto hubiéramos tenido que pagar por el envío de una carta o un libro al otro lado del mundo? ¿Cuántos recursos hubiésemos necesitado para tomar un diplomado de -por ejemplo- traducción, con un connotado especialista del tema que se encuentra en Inglaterra o España? Hoy Internet nos permite tener acceso a enciclopedias, consultar diariamente periódicos y revistas nacionales e internacionales, enviar documentos digitales y tomar cursos a distancia, por un costo abismalmente inferior y, además, con una flexibilidad y facilidad logística nunca vista en la historia de la humanidad.

Estas tres características -enorme capacidad de almacenamiento de datos, hiper-velocidad comunicativa y bajo costo- han propiciado que el mundo contemporáneo comience a girar en torno a la Internet, a tal grado que incluso los nuevos edificios, casas y hasta aparatos electrodomésticos están hechos para poder conectarse a esta red y recibir órdenes a distancia o comunicarse con sus usuarios. Y aunque por lo pronto esto último nos puede parecer casi anecdótico en los países con menos desarrollo -como hace una década lo era contar con un celular o una televisión “inteligente”- lo cierto es que la Internet es hoy día un invento indispensable para todos: bastaría que se apagaran a la vez los servidores de todo el mundo para generar un caos financiero y comunicativo devastador (no habría forma, por ejemplo, de acceder a nuestros ahorros, de hacer una transferencia de dinero o de utilizar una tarjeta de crédito; tampoco de intercambiar documentos y noticias con personas e instituciones de otros lugares del mundo, con la inmediatez a la que ya nos hemos acostumbrado).

Más allá del “Internet de las cosas” o de la actual organización de la Banca, esta red ha permitido la consolidación de un espacio social alternativo con un peso tal en el mundo, que ha sido decisivo en la consagración y el derrumbamiento de figuras públicas, o incluso en los resultados de elecciones presidenciales de diversos países… Por todo lo dicho, desde inicios de esta década la comunidad internacional comenzó a plantear la inclusión del acceso a Internet dentro de las garantías sociales o derechos de las personas. En 2011, la ONU, la Organización de Estados Americanos (OEA), la Comisión Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos (CADHP) y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) emitieron una declaración conjunta en donde expresaron que:

“Los Estados tienen la obligación de promover el acceso universal a Internet para garantizar el disfrute efectivo del derecho a la libertad de expresión. El acceso a Internet también es necesario para asegurar el respeto de otros derechos, como el derecho a la educación, la atención de la salud y el trabajo, el derecho de reunión y asociación, y el derecho a elecciones libres”.
Asimismo, en México, la Reforma en Telecomunicaciones promulgada en 2013 logró que en la Constitución se reconociera como un derecho para todos los mexicanos… Y así como nuestro país, cada vez son más las naciones que modifican sus leyes o se manifiestan en este mismo sentido. A pesar de ello, se calcula que el 40% de la población mundial no cuenta con las condiciones para acceder a esta red; es decir: 3,120 millones de personas con una clara y preocupante desventaja para su desarrollo económico, educativo, cultural y social.

Si el dato sonaba grave a finales de 2019 y en años precedentes (en los que, por cierto, había cientos de millones menos de internautas que ahora), hoy la situación es mucho más alarmante: el confinamiento prolongado al que nos hemos sometido para intentar controlar la pandemia de COVID-19 nos ha obligado también a adaptar un sinnúmero de actividades laborales, académicas, deportivas y culturales; adaptación que, en la mayoría de los casos, ha consistido en la migración de contenidos e interacciones del entorno físico a entornos virtuales, a través del uso de Internet. Quienes no cuentan con las posibilidades económicas o de infraestructura para permanecer conectados a esta red, han visto repentina y drásticamente disminuida sus oportunidades de interacción con el resto de la sociedad. Y eso, por claras razones, aumenta sus ya de por sí precarias y vulnerables condiciones de vida…

La siguiente semana continuaremos reflexionando sobre este tema, sobre su importancia en el sector educativo y sobre las posibles acciones que podemos realizar para ayudar a que la “World Wide Web” sea un bien que el mayor número de personas pueda aprovechar. ¡Hasta entonces!

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