Universidad Autónoma de Aguascalientes

La libertad de expresión en tiempos de censura

PDF | 757 | Hace 1 año | 11 junio, 2021

Francisco Javier Avelar González

Desde un abierto empuje hacia la polarización social y un fecundo victimismo (que, de acuerdo con el ensayista Daniele Giglioli, se ha convertido en poderosa herramienta de chantaje y poder político) diversas personas y grupos con influencia mediática han reinstaurado en gran parte de Occidente una cultura del “baneo” o la cancelación, así como de la censura. Paradójicamente, esto ocurre en una época sin precedentes en cuanto a las posibilidades comunicativas y de acceso a la información.

Esta desafortunada mezcla entre la hiper-capacidad comunicativa a gran escala y la “cancelación” de posicionamientos incómodos o no concordantes con algunas sensibilidades, posturas e ideologías, deriva en el fortalecimiento de la posverdad, las noticias falsas y las falacias argumentativas, así como en el empobrecimiento de la pluralidad de opiniones, posturas y líneas de pensamiento científico, económico, artístico y social.

Paralelamente, se desarrolla un peligroso temor comunitario al disenso, lo que, como una especie de enfermedad progresiva que atacara a la capacidad de habla, genera mutismo entre académicos, intelectuales, artistas y comunicadores, quienes prefieren evitar exponerse a linchamientos, insultos e injustos escarnios sociales.

Como puede notarse, lo que se pone en juego es nada menos que uno de los pilares sobre los que se construye cualquier sociedad sana o que aspire a serlo: la libertad de expresión. Esta libertad -consignada en un sinnúmero de constituciones nacionales y acuerdos internacionales, como la misma Declaración Universal de los Derechos Humanos- resulta indispensable para la generación y transmisión de conocimientos, así como para la discusión y aprobación de propuestas que busquen la mejoría del entorno. Dicho en sentido inverso, renegar de la libertad de expresión o condicionarla pauperiza el trabajo académico, al sistema educativo y a la propia estructura legal de las instituciones, comunidades y naciones.

Resulta preocupante entonces que, no sólo los gobiernos de algunos países, sino la misma sociedad civil, incluso a través de profesionistas y estudiantes de nivel superior, decidan abrazar la intolerancia al disenso y la expresión de argumentos, estadísticas o datos que no favorecen la preconcepción del mundo con la que simpatizan. Hay quienes podrían pensar que esto ocurre solamente en países de tercer mundo con incipientes democracias o con sistemas autoritarios; lo cierto es que incluso en comunidades que se consideran adalides de la libertad y la pluralidad, como Estados Unidos, está creciendo con fuerza este posicionamiento dogmático y totalitario: aunque son pocos aún, ya hay estudios y ensayos importantes que ponen en el foco de discusión la creciente cultura de cancelación y censura que está contaminando a las universidades norteamericanas.

Lo terrible de esta cruzada -que originalmente buscaba erradicar expresiones de odio y discriminación normalizadas en la sociedad- es que ahora combate abiertamente a la libertad de expresión, así como al acceso a la cultura y el conocimiento, siempre que aquello que se diga no le favorezca o guste. Ahí el enorme peligro de querer convertir la ciencia, el arte o la misma descripción de la realidad en un asunto que deba pasar primero por el censo moral de la ideología o la fracción política del momento…

El lunes anterior, siete de junio, celebramos en México el Día de la Libertad de Expresión. En el marco de esta conmemoración establecida desde 1951 por el entonces presidente Miguel Alemán Valdés, quisiera que hiciéramos una reflexión conjunta sobre el complejo fenómeno del que estamos siendo partícipes, con respecto a este tema. Comprendamos que, en un mundo plural, por fuerza existirán posicionamientos y lecturas de la realidad no coincidentes; entendamos también que termina siendo una bajeza y un acto de violencia no menor el intentar silenciar -a través de la cancelación y la censura- los datos y argumentos que no son de nuestro agrado.

Más grave aún resulta la competencia hartera que ocurre entre personas e instituciones dentro de Occidente, por arrogarse a toda costa la nomenclatura de víctimas (en cualquier tema o circunstancia) para, desde ahí, hacer de su opinión una suerte de verdad incuestionable, crear salvoconductos que les permitan ejercer violencia psicológica, verbal e incluso física contra los demás y para, finalmente, coartar la libertad de expresión con el afán de someterla a un escrutinio político e ideológico, impropio de la sociedad del conocimiento que decimos ser.

Desde la inteligencia y la madurez cívica, comprendamos que el disenso nos favorece, porque solo en el contrapunteo de ideas y lecturas sobre el mundo y sobre nuestros actos es posible encontrar los fallos de nuestras posturas personales o colectivas. Y sólo sabiendo en qué estamos fallando podemos dar un paso hacia la mejoría intelectual, científica, política y social… Sacudamos de nuestro entorno cualquier tentación a sanjar posturas incómodas mediante la cancelación y afrontemos el reto de la civilidad, desde el diálogo que sólo puede darse ahí donde se respeta la libertad de expresión.

¡Nos vemos la próxima semana!

 

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