Universidad Autónoma de Aguascalientes

La otra revolución: el impulso al sistema educativo en el México posrevolucionario (parte 2)

PDF | 1486 | Hace 2 años | 7 agosto, 2020

Francisco Javier Avelar González

La semana anterior recordábamos el contexto en que fue gestada la Secretaría de Educación Pública. De manera especial, destacamos la idea de José Vasconcelos y un nutrido grupo de intelectuales, educadores y artistas que le apoyaba, con respecto al deber ético que tenían ellos, así como los universitarios y la gente con mayor grado educativo del país, en la empresa de llevar la alfabetización y la cultura a las personas más desfavorecidas (en este caso, sin educación y sin manera de acceder a ella)… Partimos hoy de eso para recuperar la reflexión vasconcelista, aunque ahora desde nuestro contexto.

Cualquiera que haga una comparación de porcentajes de personas alfabetizadas en México, no podrá menos que -en primera instancia- reconocer la plausible labor de todos(as) los educadores, administrativos, investigadores, profesionistas y ciudadanos en general que se han involucrado en este tema. Si en la última etapa del porfiriato el 75% de la población nacional no sabía leer ni escribir, hoy las cifras son diametralmente opuestas. De acuerdo con el INEGI, en 2015 ya sólo 5,5% de los mexicanos mayores de 15 años era analfabeta. Si dentro de este grupo tomamos únicamente a las personas menores de 30 años, el analfabetismo nacional es de 1,3%.

Por otro lado, los mismos datos del INEGI nos permiten saber que la educación promedio de nuestra ciudadanía apenas supera los nueve años: es decir, la cobertura de los niveles de primaria y secundaria. Así como hace poco más de un siglo sólo 25% de la población estaba alfabetizada, hoy apenas un promedio cercano al 20% de los mexicanos de entre 25 y 64 años tiene estudios de licenciatura o equivalentes. Hace un siglo estos datos nos colocarían como una de las naciones más avanzadas en cuestiones educativas; pero hoy más bien denuncian lo contrario. En países como Japón, Reino Unido o Canadá más de 50% de su población en el mismo rango de edad tiene estudios de nivel superior, y el promedio de las naciones integrantes de la OCDE (de la cual México forma parte) es de 40%.

Aunado a lo anterior, debemos considerar que nuestras estadísticas de alfabetización y educación en el nivel básico (primaria y secundaria) parecen no tener un respaldo sustantivo de calidad: a pesar de que estamos cerca de llegar al 100% de alfabetización y también un enorme porcentaje de la población ha pasado nueve años de sus vidas recibiendo educación formal, en los exámenes internacionales y en las encuestas de lectura observamos que, como se dice popularmente: los estudiantes están pasando por las escuelas, pero las escuelas no están pasando por los estudiantes. Un caso penoso es de la prueba PISA: el promedio de nuestros jóvenes alcanza notas tan bajas en su desempeño, que México siempre aparece dentro del rango de países con peor aprovechamiento académico. Tampoco es sorpresivo que los mexicanos alfabetizados se distingan en general por leer muy poco y hacerlo mal.

Los datos mencionados en los tres párrafos precedentes permiten señalar algunos puntos relevantes:

Primero. La cruzada por la educación comandada por José Vasconcelos fue un éxito: desde que comenzó a funcionar la SEP, el país se ha llenado de escuelas. Recibir educación formal dejó de ser el privilegio de unos cuantos e incluso la cantidad de personas con estudios medio-superiores y superiores es abrumadoramente mayor a la que se encuentra en los registros de las primeras décadas del siglo XX (tan sólo el número actual de universitarios matriculados alcanza aproximadamente los cuatro millones).

Segundo. En el camino, las prioridades y los retos han cambiado: nuestro principal problema ya no es de cobertura ni de acceso a la educación básica (salvo en contadas excepciones), sino de calidad. Hemos combatido con buenos resultados el analfabetismo absoluto: prácticamente todos los mexicanos(as) de entre 15 y 30 años saben leer y escribir. Pero estamos lejos de tener un sistema que confronte eficazmente el analfabetismo práctico de millones de personas: el grueso de la población lee poco y mal, y sus conocimientos básicos están por debajo del nivel esperado (si se compara con la preparación que tienen los habitantes de muchos otros países).

Tercero. A nivel superior, tenemos un reto de cobertura educativa similar al problema de alfabetización que Vasconcelos enfrentó hace cien años. Nuestro objetivo tendría que ser, por lo menos, alcanzar el promedio que ostenta la OCDE en este tema: un 40% de la población de entre 25 y 64 años con grado equivalente a licenciatura. Pero, para no caer en inconvenientes equiparables a los que hoy tenemos en los niveles básicos, el aumento en la matrícula nacional de estudiantes universitarios tendría que acompañarse de un férreo control de la calidad educativa (algo que no se ha hecho, a juzgar por la convivencia de universidades pésimas, malas, regulares, buenas y excelentes; todas con la misma validez oficial).

Cuarto. La idea de Vasconcelos sobre la responsabilidad social de los universitarios y de la gente con mayor preparación no ha perdido vigencia; es algo en lo que las comunidades universitarias tenemos que reflexionar con mayor ahínco (y con mayor capacidad de acción real). Para algunas personas, los institutos de educación superior son una suerte de lugares elitistas, ajenos e indiferentes a las necesidades del entorno. Es imposible no darse cuenta de la diferencia de reclamos y preocupaciones manifiestadas por algunos grupos durante la pandemia, dentro y fuera de las instituciones educativas: de las certezas laborales y económicas, por un lado, a la absoluta indefensión y vulnerabilidad, por otro; de la molestia por perder alguna comodidad o privilegio, a la congoja de no saber cómo conseguir trabajo o dinero para pagar las deudas, la renta y el sustento del siguiente mes…

No hace falta dar ejemplos más específicos ni señalar a ningún grupo en particular; pero sí advertir que hoy el país se encuentra en una crisis de dimensiones mayúsculas, tanto en cuestiones económicas, como sanitarias, educativas y sociales. Siempre hemos dicho que la educación es una de las herramientas más importantes para que una sociedad pueda enfrentar sus problemas y salir adelante con éxito. En ese entendido, hoy la responsabilidad y el deber ético de los estudiantes y docentes -sobre todo de quienes tenemos educación superior o trabajamos en una universidad- es mucho más grande que en épocas de tranquilidad, estabilidad o bonanza. Movernos sólo cuando sentimos que algún privilegio personal se ve limitado o ajustado no es propio de la civilidad, ética y educación de un universitario.

México está inmerso en una crisis enorme (aunque aún no la alcancemos a percibir del todo); necesita que nuestra inteligencia y nuestros bríos se enfoquen no en sacar ventaja y proteger prebendas, sino en brindar ayuda a los demás, aunque eso implique sacrificios personales. Hagamos un activismo proactivo. Respondamos a lo que la historia, el país y nuestra sociedad nos demanda.

¡Nos vemos la próxima semana!

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