Universidad Autónoma de Aguascalientes

La polarización severa y las democracias divididas

PDF | 717 | Hace 2 años | 10 abril, 2020

Francisco Javier Avelar González

Por una recomendación de Mauricio Meschoulam publicada en su columna del 29 de febrero en El Universal, me acerqué a un libro recientemente editado en Estados Unidos, que toca un fenómeno cardinal en diversas sociedades autodenominadas democráticas y que, a decir de los autores, pone en riesgo este sistema de gobierno en el que dichas sociedades han cifrado sus esperanzas de construir un entorno más justo, equitativo y plural: “la polarización severa”.

El libro del que hablo se intitula “Democracies divided” y fue editado por Thomas Carothers y Andrew O’donohue. En él se reúnen investigaciones de nueve autores que observan el fenómeno actual de la polarización política en igual número de países (en América, Asia, África y Europa). En sentido estricto, el tema no es precisamente novedoso: como hemos argumentado en alguna ocasión en este espacio, la historia cuenta con no pocos ejemplos paradigmáticos (y terribles) de polarización exacerbada. Lo que sí es novedoso -y además preocupante- es que se trate de un fenómeno que ha resurgido con enorme fuerza, de manera casi simultánea en diversos puntos del orbe, en el seno de sistemas democráticos y con protagonistas y motivos contextuales distintos.

Los autores del libro entienden por “polarización severa” o “perniciosa” el proceso mediante el cual la natural multiplicidad de divergencias en una sociedad es reinterpretada y trivializada para ser resumida en una visión binaria, tajante e irreconciliable, visible en etiquetas como las siguientes: izquierda vs derecha, progresistas vs conservadores, pro-x vs anti-x, etcétera.

Uno de los efectos más graves de este tipo de etiquetado reduccionista es que las personas pierden la capacidad (o al menos la voluntad) para definirse en tanto individuos (complejos, multifacéticos, únicos; con la posibilidad de construirse una opinión propia que tome las ideas y los argumentos válidos que se le presenten, sin importar su procedencia) en aras de asumirse como parte de una colectividad en muchos sentidos cerrada y uniforme.

Al anclar su identidad en la pertenencia a un colectivo (sobre todo cuando éste es ideológico o político), las personas se ven empujadas a defender con mucha mayor vehemencia los postulados de éste, dado que se vuelven el asidero en el que fundan su ser y se dan sentido. Evidentemente, cualquier entidad que ponga en entredicho o confronte aquellos postulados (así sea con argumentos válidos, estadísticas, estudios científicos o datos duros), será vista como un peligro que hay que atacar y desactivar desde su raíz, generalmente (y así se cierra el círculo) mediante el mismo procedimiento de etiquetado estereotípico y reduccionista que “justifique” la renuencia al diálogo (en las redes sociales es frecuente leer sentencias como las siguientes -que aquí cito solamente con fines ejemplificativos-: “eres un chayotero”, “un peñabot”, “un chairo”, “un fifi”, “un mocho”, “un comunista”, etc.).

Carothers y O’donohue toman un trabajo de Jennifer McCoy y Murat Somer como referencia para fincar tres características fundamentales del concepto de “polarización severa o perniciosa”, pensando en contextos donde sea posible abarcar las dinámicas políticas y sociales de todo un país:

1. Debe tratarse de un fenómeno masivo, en el que estén involucrados tanto los grupos de élite como los que no pertenecen a dicho estrato. Además, debe alcanzar dimensiones afectivas; así, a personas que se identifiquen como de grupos contrarios les será cada vez más difícil relacionarse entre sí (incluso aunque se trate de familiares y parejas). En los países que están sufriendo este tipo de polarización, se han documentado casos de matrimonios que se han separado y de familias con serios conflictos internos, debido a diferencias ideológicas o de adscripción política.

2. Debe estructurarse alrededor de una división binaria, que permita hablar de “nosotros(as)” contra “ellos(as)”. En una sociedad plural, ajena a una “polarización perniciosa”, la no coincidencia y la otredad serían vistas como naturales: la concreción de una posibilidad de ser y decidir dentro de una multiplicidad de ideas y maneras de vivir. Al reducir las opciones a sólo dos, indefectiblemente se cae en un maniqueísmo que interpretara la visión y las decisiones del colectivo propio como correctas y benéficas, y las del grupo adverso (real o imaginario) como incorrectas y dañinas. Es importante notar que es justo esta escisión binaria y maniquea la que permite encasillar a las personas como parte de un colectivo (ya no como individuos) y, por ende, rechazarlas o aceptarlas a priori. A su vez, esto cierra la puerta a una discusión constructiva donde sean los argumentos, las estadísticas y los datos probados los que conduzcan el diálogo. Pertrechadas en estereotipos, prejuicios y falacias ad hominem, las personas polarizadas se permiten ignorar y atacar al otro por quien es (lo que representa) y no por lo que pueda decir o hacer.

3. Debe sostenerse en el tiempo, incluso cuando los líderes o detonadores iniciales de la polarización desaparezcan de la escena pública. Un caso de sobra conocido para Latinoamérica -y mencionado en el libro- es el de Venezuela. De la mano de Hugo Chávez, quien ganó los comicios presidenciales de dicho país en 1998, en la república bolivariana comenzó a gestarse un movimiento social e ideológico hoy conocido como chavismo. Debido a éste, la población venezolana cayó en una profunda división binaria: los que estaban a favor de los postulados de Chávez y los que estaban en contra. Durante el cuarto periodo presidencial consecutivo, el oriundo de Sabaneta (Barinas) falleció debido a un cáncer colorrectal. Pero su muerte no disolvió la división social, sino que ésta última le ha trascendido hasta la fecha.

Por cuestiones de espacio, dejo hasta aquí la reflexión y prosigo con su cierre la semana entrante. ¡Nos vemos el próximo viernes!

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