Universidad Autónoma de Aguascalientes

La utopía del desarrollo sustentable (primera entrega)

PDF | 51 | Hace 2 meses | 7 junio, 2019

Francisco Javier Avelar González

Hace algunos años, escribí un texto en el que exponía algunos de los problemas medioambientales a los que nos estamos enfrentando, en gran medida provocados por los sistemas político-económicos de producción y distribución de la riqueza que actualmente nos rigen. Debido a que la situación ha empeorado y no parecemos entender a cabalidad la gravedad de ésta, me gustaría colaborar con un trabajo de concientización, a través de la publicación de una serie de textos que señalen esta problemática. En esta ocasión presento el ensayo mencionado, con las adaptaciones correspondientes a nuestro contexto actual. Por cuestiones de espacio, divido el texto en dos entregas. A continuación, presento la primera:

En 1954, Arturo J. Pani, con su habitual capacidad de observación y la fina escritura que le caracterizaba, hizo una bella descripción de nuestra ciudad:

En cuanto a mi pueblo… Aguascalientes, repito, era entonces un pueblo grande. Ciudad tranquila, con el encanto de sus huertas que un clima benigno y agua en abundancia hacían hermosas y productivas. Bellos jardines; frondosos árboles. El río, muy cercano a la ciudad, bordeado de álamos blancos; modesta vena líquida en el estiaje, que copiosas y frecuentes avenidas en la estación de lluvias suelen convertir en impetuosa y arrolladora corriente. En una zona de viejos chopos brotan las aguas termales de las que la ciudad y el Estado toman su nombre.

El Estado de Aguascalientes ha sufrido transformaciones profundas en los últimos sesenta años. Es ahora muy diferente el modo de vida, la estructura social, las costumbres, el paisaje… A la mayoría de los habitantes de nuestra ciudad, las remembranzas de Arturo J. Pani les resultan absolutamente ajenas. Las huertas, los bellos jardines, los manantiales, el río, la abundancia de agua y el clima benigno son meros recuerdos de la infancia de nuestros padres y abuelos.
Pertenezco a una generación que no conoció ese río, ni ese Aguascalientes. Mis recuerdos de la infancia tan sólo registran una cloaca a cielo abierto en las proximidades de mi vecindario, donde los álamos blancos cedieron su sitio a ingentes montañas de basura. Los manantiales de aguas termales han dejado de brotar desde hace mucho tiempo, debido a la sobreexplotación de nuestros mantos acuíferos, superior al 100% en las últimas cinco décadas; lo cual ha generado abatimientos del nivel freático superiores a los dos metros anuales.
Hace sesenta años, la población total del estado no alcanzaba los 200 mil habitantes. Desde entonces, se ha sextuplicado, superando ya desde hace un tiempo el millón de aguascalentenses (de acuerdo con el INEGI, en 2015 ya éramos un millón 312 mil habitantes). Este acelerado crecimiento demográfico ha generado una enorme presión sobre los recursos y el equilibrio natural. La demanda creciente de satisfactores por una sociedad en rápido desarrollo conduce, casi inevitablemente, a la depredación y contaminación del entorno.
El agua, compuesto indispensable para la vida, materia prima esencial para todas las actividades productivas y factor fundamental para la salud pública, es el recurso vital más escaso en nuestro Estado. El abasto de agua a los diferentes sectores usuarios, en cantidad y calidad suficientes, constituye el problema más serio que Aguascalientes deberá enfrentar en el corto plazo, a fin de garantizar su desarrollo.
No obstante que la problemática del agua representa el principal riesgo para la sustentabilidad de nuestro Estado, la contaminación del aire y el suelo, la desertificación, la pérdida de hábitats y de especies son también severos problemas ambientales en la región. A fin de enfrentarlos, se requiere el concurso de toda la sociedad. Es indispensable la visión, el liderazgo y el compromiso conjunto del gobierno y la iniciativa privada; la conciencia y la acción consecuente de los ciudadanos, tanto en el ámbito individual como colectivo; además de aportaciones relevantes en la educación y el desarrollo científico y tecnológico por parte de las instituciones educativas y el sector académico.
El desarrollo sustentable, entendido como la satisfacción integral de las necesidades de la sociedad, manteniendo un equilibrio con el entorno natural y sus recursos, es -sin duda- el mayor desafío de nuestro tiempo. Para enfrentarlo eficazmente, se requieren profundas transformaciones en la economía, los sistemas de producción, la cultura, la estructura social y la educación; además de grandes avances científicos y tecnológicos. El fracaso, que se antoja probable, significaría la ruina de nuestra especie. Una breve reseña de las principales consecuencias globales del desarrollo no sustentable permite contextualizar esta afirmación:
En forma directa o indirecta, la humanidad se apropia actualmente de más del 35% de la producción primaria de toda la superficie terrestre, explotando de manera intensiva más del 40% de la superficie de todas las masas continentales. Tan sólo en 2017, las actividades humanas emitieron a la atmósfera más de 37,000 millones de toneladas de dióxido de carbono. De acuerdo con especialistas del Instituto de Investigación Grantham sobre el Cambio Climático y datos del Observatorio Mauna Loa, la concentración de CO2 es la más alta de la historia reciente del planeta. La última vez que la Tierra tuvo este nivel de concentraciones de dióxido de carbono fue hace tres millones de años (y, como señalan en el Instituto Grantham, en aquella época el nivel del mar era 20 metros más alto y la temperatura global 2° más elevada que ahora). A fin de estabilizar los niveles atmosféricos de CO2 en los riesgosos valores actuales, se requeriría reducir de inmediato al -por lo menos- 50% las emisiones globales de carbono. De acuerdo con el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), lograr semejante meta implicaría “adoptar un nuevo modelo de civilización”. Pero, contrario a ello, la dinámica de la economía mundial continúa incrementando las emisiones de carbono y de otros gases responsables del efecto invernadero a un ritmo vertiginoso, con efectos graves para la naturaleza…

Corto aquí esta columna semanal, y continúo con la segunda parte del texto la próxima semana. Hasta entonces.

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