Universidad Autónoma de Aguascalientes

Las comunidades indígenas y la Independencia

PDF | 89 | Hace 3 meses | 27 septiembre, 2019

Francisco Javier Avelar González

El lunes de esta semana reinstauramos nuestra Plaza de las Banderas, en el campus central de nuestra máxima casa de estudios. Durante el evento, realizamos el acto cívico de Honores a la Bandera, en el cual aprovechamos la oportunidad para hacer una reflexión sobre una deuda histórica que tenemos, desde la Independencia, con un sector muy importante, pero marginado, de nuestra nación. Comparto con ustedes el mensaje que expresé en tal evento:

El 16 de septiembre conmemoramos un aniversario más de uno de los sucesos sociales y políticos más importantes de nuestra nación: el inicio de la Guerra de Independencia de México. Este movimiento nos dio la oportunidad de dejar de ser un satélite económico y político de España, para configurar nuestra propia soberanía.

Una de las razones de mayor peso para buscar la ruptura de aquella dependencia con el imperio español -ciertamente impuesta por la fuerza- fue la enorme estratificación social que había proliferado en la época de la Colonia y bajo la cual se habían exacerbado dinámicas injustas y racistas: dependiendo del origen de los progenitores, del color de piel y del lugar de nacimiento, un habitante de este territorio contaba con mayores, menores o casi nulos derechos y, en términos prácticos, tenía mayor o menor grado de dignidad humana.

Por ello, no fue gratuita la insistencia de insurgentes de la talla de Miguel Hidalgo y José María Morelos y Pavón, en abordar el tema de la abolición de la esclavitud y de la división de castas. Concluida la aventura del Primer Imperio fundado por Agustín de Iturbide, la naciente república tenía que volcarse en la consecución de una igualdad real entre todos los americanos, distinguiéndose entre ellos -escribió Morelos en sus “Sentimientos de la Nación”- solamente por sus vicios y virtudes.

La guerra de insurgencia finalmente dio frutos y la independencia fue obtenida. Pero, a pesar de que en el papel esto marcaba una nueva época con respecto a los derechos civiles de todos los nacidos en territorio mexicano, lo cierto es que en los hechos ocurrió un fenómeno que -lejos de erradicarla- alentó la exclusión de los pueblos indígenas de la vida cultural, educativa, política y social del país.

De acuerdo con el lingüista Luis Fernando Lara, durante la época de la Colonia, en nuestro territorio nueve de cada diez personas hablaban al menos una lengua indígena. Incluso diversas órdenes de misioneros realizaban sus labores de evangelización y formación académica utilizando sólo lenguas autóctonas. En cambio, en el periodo posterior a la independencia y el imperio, presionado el nuevo gobierno por conseguir la ansiada unidad e igualdad nacional, impuso el uso del español como lengua franca, desestimando por completo no sólo las otras lenguas, sino las manifestaciones y la participación de los pueblos originarios en la vida del país. Un indicador importante de los resultados de esta estrategia de unificación fue que, en sólo 50 años, la población de nativohablantes de lenguas indígenas se redujo a 30%.

Desde entonces, ni el paso del tiempo, ni los diversos reacomodos internos del país -bélicos y constitucionales- han logrado hacer justicia en este rubro particular. De acuerdo con datos del INEGI, hoy son menos de ocho millones de personas -es decir, menos del 7% de la población- quienes hablan una lengua originaria mexicana, a pesar de que aún hay registro de 70 idiomas vernáculos distintos y 364 variantes dialectales. La situación es aún más grave si contabilizamos el porcentaje de indígenas en puestos de elección popular, o laborando en lugares de mayor responsabilidad dentro de alguno de los poderes de la unión o de alguna institución de la iniciativa privada…

La noche del domingo 15 de septiembre de este año, la tradicional arenga por la conmemoración del grito de Dolores incluyó nuevas proclamas; una de ellas, llamativa y necesaria al mismo tiempo, fue la siguiente: “¡Vivan las comunidades indígenas!” Ante la deuda histórica que tenemos con dichas comunidades, es menester que no dejemos pasar más tiempo para hacerles justicia; no integrándolos a través de un indigenismo colonizante y mal entendido, sino fomentando -como es su derecho- que sean también ellos protagonistas y pilares de la vida nacional.

En lo que a nosotros respecta, en nuestra vida cotidiana podemos empezar por revisar una vez más nuestra manera de pensar, de hablar y actuar, para identificar posibles racismos arraigados. También valdría la pena continuar con la búsqueda de los medios para acercarnos más a nuestras raíces, entendiéndolas como verdaderos núcleos de nuestra configuración identitaria. Busquemos entonces la manera de responder dignamente a la soberanía y la fraternidad por las que lucharon nuestros héroes patrios en la Independencia de México.

Publicaciones recientes