Universidad Autónoma de Aguascalientes

Las palabras también matan

PDF | 51 | Hace 4 semanas | 23 agosto, 2019

Francisco Javier Avelar González

En un pequeño video publicado en redes por la ONU, Adama Dieng, asesor de este organismo en temas de la prevención del genocidio, nos recuerda que los discursos de odio son predecesores directos de los crímenes de odio. Luego de dar ejemplos claros y específicos que dan la razón a su postura -entre los que destaca el genocidio cometido por el nacional socialismo alemán, que dejó un saldo de aproximadamente seis millones de judíos muertos- Dieng nos sacude con una afirmación certera, que en gran medida estamos desestimando o incluso nos negamos a ver:

“Hoy estamos siendo testigos en todo el mundo del aumento del extremismo […] Cuando vemos un incremento en la cantidad de grupos neonazis, de grupos totalitarios […] debemos hacer todo lo posible para abordar los discursos de odio. Recordemos que las palabras matan tanto como las balas.”

Para algunos podría parecer exagerada la última frase: “las palabras matan tanto como las balas”. No es lo mismo -afirman- ofender verbalmente o calumniar alguien, que agredirlo con violencia letal. En el primer caso, la persona conserva su integridad física, lo que le da la oportunidad -de una u otra forma- de seguir adelante; mientras en el segundo, el daño es irreparable e impide toda posibilidad de desarrollo, justicia o redención…

Esta lectura acaba siendo simplista, porque no toma en cuenta hechos fundamentales: primero, que no somos máquinas. Todo ser humano tiene una psique mediante la cual interpreta al mundo, aprende a relacionarse, canaliza sus sensaciones y se da una identidad. El aspecto psicológico es igual de importante que el físico y hay una conexión tan profunda entre ambos, que el estrés emocional o una depresión severa, o cualquier otro estado psicológico alterado produce en el organismo efectos que lo acaban enfermando físicamente, además de impedir un sano desarrollo social y la posibilidad de realización personal. A partir de eventos nocivos de talante verbal, como puede ser la condena pública, la calumnia, el escarnio masivo, el bullying o la continua desacreditación de las palabras y los actos de una persona, se pueden generar experiencias traumáticas que la marquen incluso durante toda su vida.

La segunda cuestión que debemos considerar no es otra que la expresada por Adama Dieng: los crímenes de odio vienen precedidos de discursos de odio. Esto es así porque somos seres preponderantemente discursivos. Para los seres humanos, el mundo no sólo es la realidad externa en sí misma, sino la manera en que la hemos asumido e interactuamos con ella a partir de las narraciones que nos han sido transmitidas e inoculadas por nuestros círculos familiares, académicos y sociales. Esto no quiere decir que vivamos entre alucinaciones (pues además de que interactuamos físicamente con las cosas, muchos discursos -por ejemplo, los que surgen de la investigación científica- son reflejos o lecturas razonablemente adecuadas de la realidad) sino que asumimos nuestro entorno -más aún el referente al de las ideas y las cuestiones sociales- y decidimos cómo será nuestro comportamiento según los discursos que hayamos adoptado como verdaderos, válidos o deseables.

Es en este último campo donde se construyen nuestras ideas e ideologías, con muy diversos resultados. Lo mismo se han podido erigir grandes civilizaciones, democracias y estados de derecho, que llevar a cabo linchamientos, cacerías de brujas, genocidios y destrucciones de ciudades o países enteros. De nueva cuenta: no hay una sola guerra, levantamiento civil o reestructuración social masiva (no importa si positiva o negativa) que no haya partido de la dispersión de una idea determinada, a través de su verbalización oral o escrita. En este sentido, no tiene ni un gramo de exageración decir que las palabras pueden matar tanto como las balas (pero también que pueden dar vida).

Afortunadamente, su condición de signos, de abstracciones intangibles, otorga la oportunidad del análisis, la retroalimentación y el ajuste. De esta forma, es posible corregir un discurso nocivo antes de que desencadene consecuencias físicas importantes o incluso cuando ya están ocurriendo. Arturo Zaldívar, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, daba un ejemplo contemporáneo en el que desde grupos sociales y académicos se ha estado trabajando por su erradicación: el arraigado discurso de corte machista, presente en la cultura mexicana (al igual que en muchas otras sociedades). Decía el ministro de justicia que el problema de las violaciones, los feminicidios y la desigualdad de género en diversas áreas, tenía como base una narrativa donde se habla de la mujer como un ser de menor valía, con menos derechos que un hombre. Por ello, en aras de lograr un verdadero espacio seguro, social y económicamente justo para las mujeres, no podemos tolerar que se sigan propagando los discursos abierta o veladamente sexistas.

Lo mismo podemos decir de narrativas que etiquetan a priori, generalizan, satanizan, ridiculizan o simplifican hasta el absurdo las características o puntos de vista de cualquier persona, género, comunidad o grupo étnico. Hay que entender que la regla aplica para todos: las palabras matan no por quien las dice, sino por lo que dicen; no hay grupo o persona que esté exenta de construir -consciente o inconscientemente- discursos que generen odio en contra de otras personas o grupos. Por ello, es de vital importancia que, además de tener bien afinado el sentido para captar en el ambiente discursos nocivos y ayudar a su corrección, ejercitemos con la misma rigurosidad nuestro sentido de autocrítica, para que no sean nuestras propias palabras -sin quererlo- ejemplos de aquello que estamos criticando en otros… ¡Nos vemos la próxima semana!

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