Universidad Autónoma de Aguascalientes

Mitologías

PDF | 423 | Hace 1 año | 2 julio, 2021

De acuerdo con Roland Barthes, los mitos no son exclusivamente un conjunto de narraciones del pasado en el que diversas civilizaciones, hoy extintas o reconstituidas por completo, sustentaron muchas de sus ideas y justificaron tanto su pertenencia a una región como su manera de vivir. Para el filósofo francés, cada generación fabrica sus propias mitologías: narraciones del mundo y sus interacciones desde las cuales los seres humanos se entienden a sí mismos y buscan actuar en consecuencia. Así, los mitos -antiguos y contemporáneos- no dejan de ser textos guía o “normalizadores”.

Cuando observamos los discursos del pasado o analizamos la manera de vivir en otras épocas, es relativamente fácil observar los fragmentos que no se correspondían con la realidad pero pautaban las relaciones humanas del momento (es decir, sus mitologías): hubo un tiempo en que lo cantado en las epopeyas fue tomado por verdad (Platón llegó a expresar lo peligroso que era educar a los jóvenes a partir de este tipo de textos); hubo un largo periodo también en que se hablaba con naturalidad del “derecho divino a gobernar” que tenían algunas familias. La humanidad creyó en la Tierra Plana (asombrosamente, hay gente que hoy día sigue sosteniendo este mito), en la Generación Espontánea, en el ser humano como referente y centro absoluto del universo (el Sol y los astros, se decía, giraban alrededor de la Tierra); se creyó en la esclavización como derecho y en que había personas que valían más o menos por su color, género o procedencia (en diversas regiones del mundo prevalecen o están latentes algunas de estas creencias). Las sociedades se organizaron, se rigieron y vivieron amparadas en muchas ideas y narrativas que hoy incluso nos avergüenzan, tanto por su falsedad como por las injusticias y errores que desencadenaban. Pero haber ubicado y derrumbado ciertos mitos no significa que no hayamos creado otros y los estemos impulsando.

Para desactivar un mito, es necesario entenderlo como tal. Se trata de señalar una idea altamente promovida y en la que cree un amplio sector de la población, y mostrar que dicha idea parte de una concepción equivocada acerca de la naturaleza de las cosas o de nuestra manera de interpretarlas. El problema es que cuando una persona rige su vida a partir de ideas que ya ha tomado por verdades, le resultará sumamente difícil ponerlas de nuevo sobre la mesa de examinación. La situación se complica más si sus creencias son compartidas y reforzadas por el sesgo confirmatorio de cientos, miles o millones de personas, capaces de desestimar refutaciones provenientes del conocimiento riguroso, probado y consensuado en áreas como la genética, la biología, la física, la astronomía, las matemáticas, la lógica, la argumentación y la lingüística, entre otras.

En nuestra época, hemos consolidado la mítica idea de que hay tantas verdades como interpretaciones y que, por ello, todo es relativo y cada opinión es igualmente válida. El triunfo de esta idea absurda generó un excelente caldo de cultivo para el resurgimiento o

el nacimiento y consolidación de interpretaciones de la realidad claramente erróneas… Habrá quien afirme que, mientras no hagan daño tales ideas, deberíamos practicar la “tolerancia” y “respetarlas”. A ello podemos responder que no hay razón alguna para solapar una mentira o una afirmación falsa; además, no es una falta de respeto decirle a alguien, por ejemplo, que está probada la esfericidad de la Tierra o los beneficios de las vacunas. Por otro lado, toda idea falsa sobre la naturaleza del mundo y nuestras relaciones entraña necesariamente peligros potenciales, que no tendrían por qué ser tolerados o respetados.

Para ejemplificar lo anterior, podemos retomar el caso de quienes -amparados en una mitología conspiracionista- han hecho campañas en contra de las vacunas. Ya en otras columnas hemos hablado de las devastadoras consecuencias que este mito ha generado en diversas regiones del mundo, relacionadas con el rebrote y la propagación de enfermedades contagiosas que se tenían controladas o incluso estaban cerca de ser erradicadas… Otros mitos no vulneran la salud física, pero sí la integridad y la paz de muchos individuos, así como la estabilidad social en general. Podemos pensar para este caso en las numerosas confrontaciones que se han hecho contra el Principio Universal de Presunción de Inocencia, bajo la afirmación implícita o explícita de que (dependiendo del mito) la forma de vestir, la procedencia geográfica, el color de la piel o el género son elementos para determinar quién es digno de fe y quién no; quién es a priori inocente y quién culpable…

Podríamos recordar otro tipo de afirmaciones contemporáneas más o menos en el mismo tenor, pero los ejemplos dados bastan para mostrar que cada cosa que nos contemos sobre el mundo y sobre nosotros mismos puede tener severas repercusiones en nuestra salud, en nuestras interacciones sociales, e incluso en nuestras legislaciones y en la administración pública. Por ello, conviene tener bien abiertos los ojos y detectar las inconsistencias o falsedades de aquello que mitificamos como verdad absoluta.

En este sentido, es preocupante observar que algunas ideas actuales, que desde el estudio metódico y riguroso podrían ser fácilmente entendidas como tergiversaciones de la realidad o franca imaginería colectiva (es decir, como mitos), hoy se están filtrando y tomando fuerza incluso en los discursos y las agendas de instituciones serias. Más grave aún es notar que la reiteración acrítica de dichas ideas comienza a tener consecuencias propias de una sociedad sin derechos humanos (piénsese, por ejemplo, en las acusaciones, los juicios sumarios y los linchamientos sin sustento, así como en la extendida cultura de la cancelación, que ha llegado ya a los círculos académicos de universidades de prestigio en países como Estados Unidos y Canadá).

Es claro que hay una incongruencia importante en nuestro sistema de creencias, cuando la lucha por los Derechos Humanos (de unos) implica un ataque sistemático a los mismos Derechos (de otros). A fin de defender honestamente la dignidad de cada persona, con independencia de su género, etnia, pigmentación, lengua, preferencias y creencias, debemos hacer un compromiso total con la autocrítica; aunque eso implique que se

desmoronen ciertas ideas con las que nos hemos cobijado o que se han convertido en nuestra bandera.

Hagamos un examen interno que nos permita identificar nuestras mitologías e inconsistencias, con la consigna de ser más humanos, solidarios, respetuosos y justos cada día… ¡Nos vemos la próxima semana!

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