Universidad Autónoma de Aguascalientes

Octavio Bajonero: artista, filántropo y maestro trashumante

PDF | 173 | Hace 3 meses | 19 julio, 2019

Francisco Javier Avelar González

La tarde de este martes recibimos con sorpresa una noticia de gusto amargo: el maestro Octavio Bajonero Gil, enorme artista del grabado y gran benefactor de Aguascalientes -en especial de nuestra máxima casa de estudios- falleció en la Ciudad de México.

A la serie de preguntas naturales sobre las circunstancias del deceso, siguió el alud de recuerdos en los que este hombre -sus acciones, palabras y obra artística- ocupaba el sitio protagónico. Quiso la (mala) fortuna que lo tratase poco, y más bien en circunstancias preponderantemente institucionales, pero hay seres cuyo hálito y acciones son heraldos que anteceden y expanden su presencia, al punto de que no es necesario verlos en persona para admirarlos. Bajonero Gil era uno de ellos: un artista y filántropo fuera de serie, cuya discreción, afabilidad y generosidad irradiaban una poderosa influencia, capaz de hacer emerger proyectos de notable envergadura que difícilmente hubiesen encontrado viabilidad y concreción en otras circunstancias.

En Aguascalientes tenemos un ejemplo inmejorable de lo anterior: el Museo Nacional de la Muerte -único en su tipo- le debe todo a este hombre. Y no sólo por las casi dos mil piezas que donó a la Universidad Autónoma de Aguascalientes, ni por sus gestiones para encontrar aquí uno de los mejores espacios del país para ser exhibidas (la tierra de otro formidable artista grabador, consagrado a dar vida a la muerte: José Guadalupe Posada); sino por todo el tiempo, los viajes, las vivencias y los costos que implicaron hacer la recolección de tal cantidad de obras provenientes de todo el país. La generosidad del maestro Bajonero también queda patente en esta desinteresada donación y el rechazo previo de las jugosas ofertas que le hicieron por la colección entera (se llegó a hablar de que en Estados Unidos había al menos un coleccionista particular que estaba dispuesto a pagar varios millones de dólares por el conjunto).

El caso del Museo de la Muerte no es el único que da muestra del casi mágico poder de Octavio Bajonero para generar proyectos sólidos y trascendentes con su sola presencia, su motivación, sus ideas y su charla discreta, sencilla, pero profunda y esencial al mismo tiempo. En 1968 conoció a Miguel Álvarez Acosta; durante la entrevista, este último le preguntó al artista sobre el tipo de taller que armaría en caso de tener recursos para ello. La respuesta convenció de tal modo al Lic. Álvarez, que proporcionó el espacio, las máquinas y el dinero necesario para que aquella plática se materializara en un proyecto real. El resultado fue el famoso Taller de Grabado de Santo Domingo, fundado en 1969 y ubicado enfrente de la entonces Escuela Nacional Preparatoria… Además de dirigir ese taller, a lo largo de su vida Bajonero compartió su conocimiento en cursos formales y semiformales en diversas instituciones prestigiosas del país, incluyendo la Escuela de San Carlos y La Esmeralda.

Ávido siempre de movimiento y de generar núcleos de diálogo, de aprendizaje y de expansiones territoriales de la expresión artística, Octavio Bajonero practicó en su vida personal una suerte de nomadismo (él mismo se definía como un ser trashumante); de eclecticismo social e intelectual que le permitió absorber tanto la tradición como la ruptura, lo nacional y lo extranjero. Los temas en sus obras son un fiel reflejo de lo anterior: transita del paisajismo al retrato de causas sociales; de la concreción de la vida cotidiana al onirismo y la configuración de seres míticos; del blanco y negro al color; de plasmar la quietud a hacer lo propio con las danzas heredadas de los pueblos originarios…

De entre todos, hubo un tema que siempre ejerció especial fascinación en el maestro: la muerte. De ahí la razón de su hacer como coleccionista, también su especial vínculo con la obra de Posadas, o su admiración por la obra de José Gorostiza y los Contemporáneos (estoy seguro de que, de entre ellos, su interés crecía con los poemas de Xavier Villaurrutia). El maestro siempre se refirió a la muerte como su amiga, una entidad familiar, terrible y festiva a un mismo tiempo, que, si bien no buscaba para sí, tampoco la temía ni intentaba evadirse de ella. Siempre la comprendió como esencial y necesaria en nuestro ciclo, y en los últimos años la esperó con la serenidad y confianza de quien ha vivido bien y puede partir tranquilo.

El martes, la dama blanca -la eterna e inexorable Catrina- fue al encuentro de su gran amigo. A nosotros, que hoy conmemoramos y extrañamos a nuestro gran benefactor, al hijo adoptado del terruño, su fallecimiento nos produce una inevitable tristeza, pero también una sensación de sosiego; de saber que hemos visto partir a un gran ser humano, a quien -ya que vamos a seguir sus pasos en el tránsito hacia el polvo- valdría la pena imitar en su manera de conducirse, de ser y hacer en el mundo. A manera de homenaje, dejo aquí una estrofa de un poema que él conoció muy bien y paladeó incontables veces; un fragmento de la “Décima Muerte” de Villaurrutia. Descansa en paz, estimado y admirado maestro, Octavio Bajonero Gil…

Si en todas partes estás,
en el agua y en la tierra,
en el aire que me encierra
y en el incendio voraz;
y si a todas partes vas
conmigo en el pensamiento,
en el soplo de mi aliento
y en mi sangre confundida,
¿no serás, Muerte, en mi vida,
agua, fuego, polvo y viento?

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