Universidad Autónoma de Aguascalientes

PACIENCIA

PDF | 487 | Hace 2 años | 3 julio, 2020

Francisco Javier Avelar González

En una reflexión sobre su labor creativa, Auguste Rodin -el preclaro escultor francés- expresó que la paciencia era también una forma de acción. A esta monumental y paradójica verdad, agregaría aquí que, tanto en las artes y las ciencias, como en la política o incluso en temas como el padecimiento de una enfermedad, la paciencia es un valor indispensable que obsequia la dulzura de sus frutos a las personas que la respetan y cultivan. En cambio, su antípoda -la impaciencia- tiene la costumbre de generar problemas ahí donde no había tales (o agravar los que ya existían), además de provocar sentimientos de ansiedad, frustración e ira.

Acuciados por la impaciencia podemos echar a perder una investigación, una obra, un proyecto o una negociación que habíamos estado preparando con ahínco; podemos perder la confianza, el respeto o la amistad de los demás y podemos, en fin, dejar que se nos escapen oportunidades de mejoría personal, laboral o profesional. Las mejores obras, proyectos y posiciones se construyen con paciencia, mucha paciencia, porque requieren -además de voluntad y tenacidad- de un holgado espacio temporal para concretarse de la mejor manera posible: Miguel Ángel tardó cuatro años en pintar los asombrosos frescos que hoy adornan la bóveda de la Capilla Sixtina; José Gorostiza se llevó 14 años en redactar “Muerte sin fin”, un poema de sólo 700 versos pero que, por su impresionante calidad, puede considerarse sin ninguna duda el mejor texto poético escrito en México (y tal vez incluso en Iberoamérica) durante el siglo XX; Notre Dame, la imponente catedral parisina, sumó más de 180 años en su periodo de construcción…

Es verdad: no siempre podemos darnos el lujo de utilizar generosas cantidades de tiempo para realizar un trabajo o alcanzar la solución de un problema. Un abogado que intenta sacar a un inocente de la cárcel sabe que las semanas, meses o años que se tome en ganar el caso, son semanas, meses y años que un ser humano estará injustamente privado de su libertad. Sin embargo, incluso con esta presión en contra, no puede darse el lujo de perder la paciencia al esperar audiencias, dictámenes o resultados. La urgencia de inmediatez puede ser mala consejera…

Ahora estamos viviendo, en el área de la química farmacéutica, otro ejemplo claro de una “carrera contra el tiempo”, en donde es difícil apelar a la paciencia. Desde finales del año pasado e inicios de éste, comenzó a esparcirse en el mundo un nuevo virus contagioso y de letalidad nada despreciable, para el que no teníamos cura probada ni, mucho menos, vacuna. La velocidad de esparcimiento del virus en todo el planeta -que no es más que un reflejo de la globalización en las relaciones humanas- nos ha puesto en alerta máxima y ha cambiado drásticamente (al menos de forma temporal) las relaciones sociales y económicas en todos los países. Para la comunidad científica es claro que la única manera de ganarle la batalla a este virus no es conformándonos con medidas de confinamiento y distanciamiento físico social, sino encontrando una vacuna y un tratamiento o fármaco que combatan con efectividad este virus. El problema es que formular medicinas, pero sobre todo vacunas eficaces y seguras, podría considerarse un paradigma en el muestrario de obras que necesitan tiempo (varios años), tenacidad y paciencia.

Con más de diez millones de contagios y más de medio millón de muertes en apenas un semestre, el tiempo es algo de lo que ciertamente no disponemos en abundancia: tenemos que encontrar la manera de acelerar lo más posible nuestros procesos para lograr una vacuna y un tratamiento, sin sacrificar eficiencia y seguridad. Tal vez es en esto último (no sacrificar eficiencia y seguridad) donde estemos llamados a cultivar nuestra paciencia; porque acelerar los procedimientos sin tener cuidado podría darnos resultados contraproducentes; y no debemos olvidar que aquí lo que está en juego es la salud y la vida de millones de personas.

En la compleja situación que vivimos, otro rubro donde la paciencia jugaba un papel nuclear era en el respeto a las medidas de confinamiento. Hablo de algo pasado porque es claro que después de aproximadamente tres meses encerrados en casa, una gran cantidad de ciudadanos terminó por desesperarse. La impaciencia comenzó a ganarnos cuando aún no lográbamos contener la difusión del virus y, ahora, cuando el número de contagios y de muertes por COVID-19 se eleva a pasos agigantados en nuestra nación, hemos terminado por ceder y romper ya casi de forma completa el aislamiento. Hace tres meses hubiéramos considerado impensable salir en estas condiciones de inseguridad para nuestra salud; pero ahora, con la acumulación de hastío y la impostergable necesidad en muchas personas de generar recursos económicos para su manutención, parece imposible seguir enfrentando al virus desde el confinamiento.

Creo que, aunque romper con este esfuerzo comunitario nacional no era en absoluto deseable, no podemos criticar a nadie que se haya visto obligado a salir de casa: cada persona tiene necesidades y contextos particulares y sería injusto juzgar a todos de un plumazo y por igual. Ahora bien, ante esta nueva normalidad, altamente peligrosa para todos, creo que aún podemos hacer acopio de paciencia. Una paciencia, como decía Rodin, transfigurada en una forma de acción: seamos solidarios siguiendo activamente todas las medidas de sanidad determinadas por especialistas de México y el mundo: usemos cubrebocas o caretas, desinfectemos constantemente nuestras manos con jabón y gel antibacterial, no saludemos de beso ni de mano, estornudemos contra nuestro propio antebrazo, fortalezcamos nuestro sistema inmunológico, etc.

Para muchos puede ser cansado acostumbrarse a seguir estas normas, pero son la única defensa que nos queda por el momento. Entendamos que, en el mejor y más vertiginoso de los casos en la historia de la química farmacéutica, faltan al menos entre seis meses y un año para tener una vacuna aprobada. Debemos ser pacientes, y parte de esa paciencia se traduce a la responsabilidad y solidaridad social que mostremos en la suma de cuidados que llevemos a cabo todos los días, sin excepción, en aras de protegernos y proteger a los demás.

¡Nos vemos la próxima semana!

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