Universidad Autónoma de Aguascalientes

Por una empatía racional

PDF | 506 | Hace 2 años | 6 marzo, 2020

Francisco Javier Avelar González

En diversos medios, personajes políticos, educadores, columnistas y personas con acceso a espacios comunicativos de difusión masiva hemos hecho referencia a la necesidad de una sociedad más empática. Tal vez el caso paradigmático en los últimos años sea Barack Obama, quien, como candidato y como presidente de los Estados Unidos de América, enarboló esta idea (me atrevería a decir que fue uno de los núcleos discursivos de toda su administración).

A lo largo de tres años, en esta columna hemos mencionado aquel término más de una vez (o su raíz conceptual: empatía), pero siempre -y esto es importante- dentro de expresiones que incluyen otros conceptos, como ‘pensamiento crítico’ y ‘justicia’. El énfasis en la importancia de esta aclaración no es gratuito: encumbrar la empatía sin tomar en cuenta el pensamiento crítico o una disertación racional, honesta y sensata sobre la realidad que estamos interpretando y sintiendo, puede llegar a ser igual o más corrosivo que no sentir ninguna clase de empatía en absoluto. Ahondemos en esto:

A muy grandes rasgos, por ‘empatía’ entendemos comúnmente, tanto la “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”, como el “sentimiento de identificación con algo o alguien”. Sin ser lingüistas, nuestra percepción como nativo-hablantes del español nos permite afirmar que hay un grado mayor de compromiso con la otredad cuando se empatiza con ésta, que cuando solamente se siente simpatía. La compenetración, siendo tan grande que llega al grado de la ‘identificación’ (derivada de ‘identidad’: conjunto de características que diferencian a una persona o colectivo de los demás) compromete. A riesgo de traición y/o de pérdida de sentido, uno no puede renunciar a su identidad (o ignorarla), ni a aquello con lo que se identifica.

Justamente por lo anterior; es decir, por su enorme carga emocional y su inevitable trasfondo ontológico o identitario, el encumbramiento de la empatía pura, sin el equilibrio de la racionalidad, la lógica y la búsqueda efectiva de justicia, puede derivar en un comportamiento irracional, sectario, dogmático y violento.

Dicho así, en el campo de la mera abstracción, pudiera parecer exagerado. Aterricemos entonces con un par de ejemplos. Supongamos que en algún país de Europa -Francia, digamos- ocurre un atentado contra un semanario político. Pensemos que dicha revista da cuenta de esto en una nota, identificando plenamente a sus agresores como extranjeros y musulmanes. El llamado a la empatía por las víctimas del atentado es, por supuesto, válido (y también necesario). Los hechos indignan y, respondiendo justo a ese pathos, los franceses se sienten conmocionados por el acto terrorista y los terribles daños (algunos irreparables y especialmente sensibles, como el fallecimiento de redactores y editores del semanario). En conjunto, la gente pide la captura y el castigo de los responsables; exige al gobierno mejores estrategias de seguridad e inteligencia preventiva policiaca; hace un llamado a la no violencia.

Hasta aquí, sería absurdo hacer una crítica de la reacción masiva -a la que ninguno de nosotros en su sano juicio intentaría no sumarse-: toda Francia es ese periódico; todos son -por empatía- víctimas del terrorismo… Pero las cosas se complican para quienes no logran acompañar su empatía con la racionalidad, la objetividad y la inteligencia: al identificarse plenamente con las víctimas, sin distingos y ya sin ninguna consideración o freno crítico de por medio, los empatizantes a ultranza se ven obligados a dividir el mundo entre aquellos con los que se identifican (las víctimas, los buenos) y su contraparte (los extranjeros-musulmanes, los malos). El resultado de ello es que el miedo y el odio contra lo que no identifican como parte de los suyos no agota su descargo en la figura de los perpetradores del atentado, sino que los trasciende, hasta llegar al extremo de afirmar que todos los migrantes musulmanes o -más simple aún: todos los migrantes venidos de oriente- son malos y son enemigos.

Pensemos ahora en otro caso: en un país más cercano -Estados Unidos de América, digamos- su presidente se presenta en público con una familia prototípica de ese país, que fue atacada por una pandilla centroamericana. Habla del caso y busca la empatía por esta familia. La sensación de identidad de su auditorio y de gran parte de la población, le permite dar un salto para redireccionar los sentimientos de impotencia y solidaridad para con las víctimas. Puede hablarse ahora de lo peligrosos que son los migrantes; de lo necesario que es deportar y construir muros; de los “bad hombres”… Lo que podía haber servido para la desarticulación de bandas criminales, para el refuerzo de la seguridad y -sobre todo- para la búsqueda de un cambio de paradigmas, de tal forma que se redujeran las vulnerabilidades económicas, educativas y sociales que empujan a ciertos sectores sociales a caer en actividades delictivas, se usa en cambio para la polarización y el endurecimiento del maniqueísmo y el racismo…

La empatía que no se conecta con el pensamiento crítico o la inteligencia es incapaz de salir del terreno de lo puramente subjetivo. Se pierde así la perspectiva para entender, primero, que los agresores en hechos particulares no representan -ni por asomo- a toda una población, religión, país o género; segundo, que una empatía maniquea tarde o temprano no encontrará otra salida para el descargo de sus emociones que la implementación de actitudes y medidas injustas a gran escala: xenofobia, homofobia, misoginia, misandria, separatismos, deportaciones masivas, leyes de censura, persecuciones, etcétera (incluso se puede llegar recurrentemente a guerras y genocidios: la historia es testigo de ello). Finalmente -y es tal vez lo más grave-, al perder una perspectiva panorámica de la situación, se es incapaz de atender los problemas de fondo; las raíces, pues, de muchos actos criminales.

Si bien no debemos pedir que se exonere o se deje sin castigo a quienes coartan los derechos humanos y violentan a otras personas, tampoco debemos de ejercer una empatía selectiva y visceral: sirve para muy poco y los efectos negativos pueden ser graves. Si en lugar de ello practicamos una empatía más abierta, siempre vigilada por una mirada crítica, racional, que busque la verdad y las causas profundas de los problemas sociales que nos aquejan, dejaríamos de ver en el otro a un enemigo, y podríamos diseñar mejores estrategias para lograr la paz, la justicia, la equidad y la cohesión social.

¡Nos vemos la próxima semana!

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