Universidad Autónoma de Aguascalientes

Por una prensa libre y un país bien informado

PDF | 96 | Hace 4 meses | 26 julio, 2019

Francisco Javier Avelar González

Dada la gran importancia de la libertad de expresión en la agenda de toda sociedad que quiera crecer en la civilidad, la justicia y el conocimiento, en 1951 Miguel Alemán Valdés -entonces presidente de la República- decretó que hubiera un día especial al año para reflexionar sobre ella y celebrarla. La fecha seleccionada fue el siete de junio. Como no fue sino hasta 1993 que la ONU declaró el 3 de mayo como Día Internacional de la Libertad de Prensa, los comunicólogos de nuestro país adoptaron la primera efeméride como la fecha preponderante para conmemorar su labor.

Para nadie es secreto que a partir de 2006-2007, cuando dio inicio la llamada “Guerra contra el narco”, la violencia letal en distintos lugares de nuestra nación comenzó a escalar de manera preocupante. Eventualmente, los ataques alcanzaron a sectores de la población civil; entre ellos, al dedicado a producir y publicar información noticiosa: comentaristas, reporteros, editores de revistas o periódicos y comunicólogos enfocados a la cobertura de temas polémicos (generalmente asociados a la lucha contra el narcotráfico). Así, de un sexenio a otro se duplicó la cantidad de periodistas asesinados por la realización de su trabajo: entre 2000 y 2006 fueron 22 los asesinatos registrados; mientras que de 2006 a 20012 se elevaron a 48. El problema se mantuvo en el sexenio 2012-2018, en el que fueron asesinados 47 comunicadores.

Entre diciembre de 2018 y lo que llevamos de 2019 los números han continuado al alza, incluso con una tendencia ligeramente mayor a la de años anteriores: el colectivo “Artículo 19” y la asociación internacional de Poetas, Ensayistas y Novelistas (PEN International) tienen registro de 10 periodistas que perdieron la vida en México debido a ataques por razones relacionadas con el cumplimiento de sus labores profesionales. En suma, desde diciembre de 2000 hasta la fecha, 127 comunicólogos han sido asesinados en nuestro país (117 hombres y 10 mujeres), lo cual nos convierte en una de las naciones más peligrosas para ejercer el periodismo.

El tema no es menor, puesto que los comunicólogos suelen ser la punta de lanza y también los primeros termómetros sobre el respeto y el ejercicio pleno de la libertad de expresión. De igual forma, al ser estos profesionistas los principales encargados de proveer noticias a la ciudadanía, maniatarlos mediante el uso de la violencia (sea ésta física o psicológica) tiene repercusiones directas en el derecho universal de las personas a acceder a la información y el conocimiento. De hecho, éste es justo el objetivo último de atacar a la prensa: impedir que la población esté informada y pueda actuar en consecuencia. Se sabe que una sociedad desinformada e ignorante es una sociedad a la que se le puede manipular con facilidad, pero también que está desprotegida ante una gran diversidad de amenazas externas y tiene más probabilidades de verse orillada a interactuar en condiciones inseguras, violentas, injustas y poco dignas.

Hace una o dos semanas trascendió en los medios nacionales que un periodista y un escritor de renombre recibieron sendas amenazas por el contenido de sus columnas editoriales, en las que suelen expresar ideas y opiniones de corte político. Tal vez lo que más llamó la atención de este asunto fue la inusual alteración de lo prototípicamente esperado con respecto a los objetivos habituales: una de las amenazas no llevaba por destinatario a un comunicólogo, sino a un académico enfocado principalmente a la crítica literaria (me refiero a Guillermo Sheridan, conocido por diversos libros, entre los que destacan sus estudios sobre Octavio Paz y el grupo de Los Contemporáneos).

Ninguna vida vale menos que otra. Si el caso ha disparado nuevas alarmas es porque lo ocurrido puede representar un ensanchamiento o una profundización potencial de los ataques a la libertad de expresión: amenazar al mundo académico, aunque sea de forma indirecta, equivale a vulnerar el espacio donde se forma integralmente a las personas y se genera conocimiento. El hecho también puede ser indicio de una exacerbación y una ampliación temática de la intolerancia, pues se ha pasado del terreno informativo de la lucha contra el narco, al de las ideas y opiniones relacionadas con la administración de la “res pública”.

Como ciudadanos no podemos permitir que pase esto, ni mucho menos ser partícipes de ello replicándolo en nuestras interacciones cotidianas: no podemos dejarnos insuflar por la ira y las pasiones ideológicas (políticas, religiosas, sociales o de cualquier otro tipo), al grado de obnubilarnos en la búsqueda del conocimiento y la mejoría generalizada de nuestra sociedad, prefiriendo la imposición y la defensa a rajatabla de creencias personales, como si de dogmas se tratase.

Nos corresponde defender de manera irrestricta la libertad de expresión de todas las personas, especialmente de aquellas cuyo trabajo es precisamente informarnos sobre los acontecimientos ocurridos en nuestro país. Debemos defender a nuestros comunicadores ante toda agresión, amenaza o intento de coacción (velada o abierta), entendiendo que su labor es indispensable para el equilibrio y el sano desarrollo de este organismo que llamamos sociedad.

Recordemos que nuestro compromiso debe ser con la justicia, los derechos y el bienestar comunitario, más allá de filias y fobias personales. A veces estaremos equivocados en nuestra manera de percibir diversas problemáticas de nuestro entorno; por ello, cuando los datos duros y los argumentos válidos no nos convaliden, lejos de optar por la polarización, la radicalización de posturas y la violencia, nos tocará ajustar con humildad nuestros pensamientos y discursos. De la misma forma, cuando la razón esté de nuestro lado y obtengamos del interlocutor(a) una respuesta violenta, nuestra labor debe ser continuar apegados a la línea del diálogo y la argumentación respetuosa. Si perdemos los fundamentos del respeto al otro y de la libertad de expresión, también ponemos en riesgo otros pilares de nuestra sociedad, como la educación, la democracia, la paz y la justicia. Evitemos entonces provocar y caer en provocaciones y busquemos, con humanismo, críticas sustentadas y con civilidad, la manera de contribuir al bienestar de nuestro entorno. ¡Nos vemos la próxima semana!

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