Universidad Autónoma de Aguascalientes

Puentes, muros o trincheras… ¿Cómo conceptualizamos las discusiones?

PDF | 123 | Hace 3 meses | 22 octubre, 2021

En 1980, los lingüistas George Lakoff y Mark Johnson publicaron un ensayo de semántica, que a la postre se convertiría en un clásico sobre los mecanismos de la cognición humana. En esta obra -nombrada muy atinadamente “Metaphors We Live By”- los estudiosos del lenguaje sostenían que las personas concebimos el mundo, lo interpretamos y nos relacionamos con él, mediante un sistema mental de generación de metáforas. De acuerdo con ellos, todo lo que hacemos, decimos y pensamos está atravesado por dicho sistema (esta oración puede ser un buen ejemplo: he afirmado que algo tan abstracto como un sistema de pensamiento tiene la capacidad de “atravesar” ideas, palabras y acciones).

Dentro de los modelos que mencionan como esquemas metafóricos consolidados entre nosotros, me llama la atención uno en particular, que podría enunciarse de la siguiente manera: “una discusión es una guerra”. Gracias a este esquema, no solo generamos frases sobre defensa y ataque al referirnos al intercambio de ideas de un tema donde haya posturas divergentes, sino que además adecuamos negativamente nuestra actitud, empatía y disposición hacia nuestro interlocutor, como si se tratara de un adversario o, en el peor de los casos, un enemigo…

A juzgar por el lastimoso (y metafórico) campo de batalla en que se han convertido nuestras redes sociales y diversos espacios académicos, huelga decir que la observación de los lingüistas norteamericanos no estaba falta de razón. Pero lo que me llama la atención y por lo que he recogido este planteamiento sobre la manera en que abordamos gran parte de nuestras interacciones verbales, es la naturalidad con la que hemos absorbido e integrado a nuestras relaciones cotidianas la idea de guerrear o de vivir a través del confrontamiento. Llama la atención aunque, paradójicamente, no debería sorprendernos mucho: no sólo nuestra literatura y artes en general, sino nuestro desarrollo de tecnologías, las religiones y las configuraciones geopolíticas actuales abrevaron y se configuraron en gran medida de y desde conflictos bélicos o, al menos, de interacciones altamente violentas (piénsese en La Iliada, en la cámaras digitales, en casi todo el Antiguo Testamento y en nuestra actual frontera con Estados Unidos, como ejemplos respectivos de cada uno de los tópicos mencionados).

La lucha por la sobrevivencia y, posteriormente, por un mejor posicionamiento con respecto a nuestros semejantes ha sido, sin duda, uno de nuestros motores más antiguos; uno que afortunadamente ha ido mutando con el desarrollo y perfeccionamiento de las sociedades estructuradas y organizadas: de la disputa corporal en la que se ponía en juego la vida misma, pasamos a privilegiar las competencias deportivas (que podrían verse aquí como escaramuzas o metáforas de esas guerras, pero con protección de nuestra dignidad e integridad física: lo único que queda es el “espíritu de competencia”); del uso de la fuerza bruta para posicionarnos como líderes de la tribu, pasamos a sistemas políticos tan sofisticados como las democracias; de la imposición de las ideas por las armas, pasamos al cultivo del esgrima argumentativo (esa otra guerra hecha no de cuchillos y proyectiles físicos, sino de palabras y razonamientos)…

Todo lo anterior supone una transformación con respecto al pasado, que nos ha permitido mejorar notablemente las condiciones de vida en general: sin negar las evidentes brechas, desequilibrios e injusticias que existen con respecto a la repartición y usufructo de servicios y recursos, lo cierto es que la esperanza de vida, la oferta alimenticia, la seguridad, los servicios de salud, traslado y comunicación, y las oportunidades educativas que hoy tiene un ciudadano promedio de una ingente cantidad de países, serían inimaginables hace algunos siglos. De hecho, podríamos decir que precisamente los grandes avances que se han logrado en las sociedades mejor organizadas son también los que vuelven más evidentes (e intolerables) las desigualdades contemporáneas.

Digresiones aparte, el traslado de los enfrentamientos bélicos a las guerras verbales resulta deseable ahí donde -desgraciadamente- se siguen viviendo disputas militares, y por supuesto es preferible que los ciudadanos tengan altercados en redes digitales en lugar de agresiones físicas… Pero eso no significa que está bien usar nuestras palabras para lastimar: un mal, aunque sea menor, sigue siendo un mal; además, es relativamente fácil pasar de las palabras a los hechos (no es gratuita la especial atención que suelen dar los países al reclutamiento y la preparación de cuerpos policiacos y castrenses). Finalmente, y también como parte del traslado de nuestras formas cotidianas de violencia, hemos desarrollado una mayor sensibilidad psicológica y social a los ataques verbales: creo que a estas alturas es posible afirmar que el daño psicológico, económico y social que le podemos causar a alguien con el solo uso malintencionado de nuestra voz y de las redes, es equiparable en gravedad al daño que le hubiéramos hecho causándole un mal físico irreversible.

Cabe recordar que, a la par de nuestro espíritu competitivo y nuestras milenarias inclinaciones belicosas, los seres humanos hemos desarrollado un instinto paralelo o contrapuesto (según se quiera ver) muy acorde a nuestra naturaleza gregaria: la cooperación. Desde el trabajo conjunto, el diálogo y la educación (esta última, paradigma de la generosidad y el instinto cooperativo) hemos consolidado cada una de nuestras sociedades y le hemos sacado el mayor provecho posible a los mejores descubrimientos, inventos y razonamientos individuales. Desde la cooperación (y por extensión el diálogo cooperativo) hemos logrado también encontrar puntos de común acuerdo, disolver conflictos o mantener a raya amenazas significativas (como la activación de nuevas guerras entre las grandes potencias).

Desde la cooperación se alcanza una paz, una justicia y una equidad más reales que desde el encomio. Dicho lo anterior, recordemos entonces que hay otros esquemas metafóricos posibles para conceptualizar una discusión, además del de la guerra: una discusión es un intercambio de ideas; una búsqueda conjunta de la razón; es tender puentes y generar conocimientos a partir de las palabras. Discutir, si lo queremos, puede ser un diálogo fraterno; una forma de cooperación… De nosotros depende que nuestro contacto verbal con los demás sea una experiencia constructiva, o todo lo contrario. Elijamos bien. ¡Nos vemos la próxima semana!

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