Universidad Autónoma de Aguascalientes

¿Qué nos enseña hoy el mito de la Hércules y la Hidra de Lerna?

PDF | 3796 | Hace 1 año | 27 agosto, 2021

Francisco Javier Avelar González

La Hidra de Lerna era una bestia de aliento venenoso, que tenía la rara y terrible característica de ser multicéfala y, además, de regenerar dos cabezas por cada una que le cercenaran. Cuentan las narraciones mitológicas que fue encargada a Hércules la tarea de acabar con este portento. Aunque era fuerte y hábil, el héroe no pudo solo con la encomienda y se valió de la ayuda de Yolao (su sobrino), quien iba cauterizando con telas ardiendo los cuellos decapitados, para evitar el brote de nuevas cabezas. Sólo de esta forma lograron vencer a la bestia…

Pensar en la Covid-19 me ha hecho recordar aquel mito griego, porque desde la aparición de la enfermedad, se presentó como algo mucho más complejo que un problema de salud. Su origen -aunque hasta cierto punto sigue siendo nebuloso- apunta como causa de fondo a nuestra sistemática depredación de la naturaleza y la invasión de espacios otrora reservados a la fauna y la flora silvestres. Podemos decir, siguiendo esta lógica, que la Covid-19 se gestó dentro de una problemática medioambiental y de salubridad que no fue atendida oportuna y adecuadamente, a partir de lo cual eclosionó para posicionarse como la más peligrosa emergencia sanitaria de nuestra generación (hasta el momento), pero también como algo mucho más grave que eso… Si ya en su misma gestación esta enfermedad daba visos de ser no una amenaza monotemática sino una hidra, su rápida evolución y los problemas colaterales que ha traído su combate confirmaron su monstruosa naturaleza.

Al mostrar una capacidad combinada de alta transmisión y significativas tasas de gravedad, secuelas permanentes y letalidad, y al no tener nosotros ningún medicamento específico y eficaz, ni vacuna, ni -para ser francos- conocimiento suficiente sobre el virus que nos estaba atacando, nos vimos obligados a recurrir al histórico “botón de emergencia máxima” de la humanidad: nos encerramos en nuestros hogares a cal y canto de manera indefinida. A menos que quisiéramos ver diezmada nuestra población mundial, esta resolución extrema, implementada a finales de marzo de 2020 y que se prolongaría prácticamente la totalidad del año, era la única carta que podíamos jugar, en aras de ganar tiempo para hacer lo que mejor sabemos hacer como especie: entender el entorno o un fenómeno determinado y adaptarnos a él o vencerlo en su propio campo de juego…

La inmovilidad como estrategia de supervivencia y como intento de cortarle la cabeza al monstruo que enfrentábamos, le permitió a éste desarrollar algunas cabezas extra: crisis económica generalizada, abandono escolar, incremento de problemas psicológicos y de violencia intrafamiliar, multiplicación exacerbada del desempleo y la pobreza y aumento por millones de personas en situación de hambruna. Paradójicamente, como nos tembló la mano al momento de llevar a cabo de forma rigurosa nuestra estrategia de distanciamiento social, el SARS-CoV-2 se encontró con una buena ventana de oportunidad para desarrollar mejores versiones de sí mismo o -continuando con la metáfora- más cabezas.
Así, en menos de dos años, tenemos frente a nosotros una majestuosa hidra que no ha dejado de amenazar la salud física de toda la población; pero también la salud mental, económica, educativa y social en general.

De la misma forma que Hércules, la farmacéutica o la medicina contemporánea es incapaz de controlar, sin ayuda, los problemas que hoy estamos enfrentando, porque estos han desbordado desde hace tiempo el campo de la salud. Por eso, es necesario el establecimiento de medidas conjuntas y coordinadas de alcance internacional, que trasciendan los temas de salud física y comprendan también el cuidado del medio ambiente, el desarrollo económico, la educación y la atención a temas de sanidad psicológica y equilibrio entre los integrantes de la sociedad. Desgraciadamente, no se está haciendo lo suficiente en algunas de las áreas mencionadas (o no ha quedado claro cuáles son las estrategias que se deben seguir) lo que implica el riesgo de apuntalar una de las más complejas crisis de la historia contemporánea.

Uno de los puntos que tendría que estar encendiendo ahora mismo las alertas es, por ejemplo, el catastrófico aumento de las familias que han caído en situación de pobreza y de pobreza extrema en el último año. De acuerdo con el registro del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, el planeta pasará de tener 150 millones de personas en una situación de extrema escasez de alimentos, a contar con 270 millones dentro de esta problemática para cuando termine el año (¡un aumento del 80%!). De estos, 41 millones estarán en situación de hambruna; es decir: este año pueden morir diez veces más personas por inanición que por Covid-19 (y si el tema del Coronavirus nos está haciendo mover cielo, mar y tierra, es incomprensible e imperdonable que la atrocidad de este otro problema, exacerbado por la pandemia, no esté siendo atendido de manera proporcional). En el mismo tenor, debemos considerar que los países con peores condiciones de vida son también los que menos vacunas han recibido, cuestión que los convierte en espacios donde el virus se puede reproducir y transmitir masivamente, además de mutar en nuevas variantes que pueden ser más contagiosas, letales y resistentes a las vacunas actuales.

Otro de los focos rojos sigue siendo la contaminación y la depredación de los recursos naturales, que no está disminuyendo de manera sustancial y que -lo hemos mencionado en otras ocasiones- permitirá el surgimiento de nuevas enfermedades infecciosas, así como la generación de nuevas crisis económicas, alimentarias y de salubridad a gran escala…
Hay que mencionar el contexto social en el que está ocurriendo todo lo anterior: uno altamente galvanizado en el que la distorsión y radicalización de diversas narrativas está abriendo la distancia entre posturas y personas, promoviendo posiciones victimistas y polarizaciones que, lejos de acabar con inequidades, lograr empatías y el urgente apoyo a las poblaciones vulnerables, empuja a que nos olvidemos de estas últimas, por estar enfrascados en guerras de sofá y linchamientos virtuales.

¿Nos encontramos en un punto de tránsito en el apuntalamiento hacia una mejor sociedad o, en cambio, en el inicio de una nueva forma de descomposición social? Las aguas están demasiado revueltas como para saberlo con certeza. Lo que sí es posible observar con meridiana claridad es que las víctimas que deberíamos estar atendiendo ahora mismo (por ejemplo, los 41 millones de seres humanos que podrían morir de hambre este mismo año, o los millones sin acceso a agua potable, servicios básicos, un techo o educación, por hablar de los casos más extremos) no figuran realmente en nuestras agendas comunes de lucha, ocupadas casi por completo en atacar o defender posiciones ideológicas y en despedazar en las redes a quien no comparte el pensamiento de la tribu a la que pertenecemos…

Cuesta decirlo, pero la Covid-19 es apenas una de las graves manifestaciones de un problema aún más alarmante, complejo y multifactorial, cuyo origen no es un murciélago ni una (fantasiosa) conspiración china, sino la suma de muchos errores que estamos cometiendo como sociedad. En este sentido, controlar la propagación y las mutaciones del SARS-CoV-2 no representa el final de la situación que estamos viviendo, sino apenas un primer paso. Mientras no comprendamos esto, las cabezas de la hidra seguirán multiplicándose. ¡Nos vemos la próxima semana!

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