Universidad Autónoma de Aguascalientes

Responsabilidad y retos de las instituciones educativas frente a la intolerancia

PDF | 727 | Hace 2 años | 21 febrero, 2020

Francisco Javier Avelar González

En las dos entregas anteriores de esta columna, hemos hablado sobre el tema de la tolerancia. Desgraciadamente, en el texto previo a éste, logramos sin esfuerzo alguno extraer un ejemplo real, reciente y doloroso del grado al que han llegado las radicalizaciones e intolerancia en México: el ataque físico y verbal a integrantes de la Marcha por la Paz. Para dar continuidad a lo que hemos venido comentado, falta hablar, aunque sea brevemente, de uno de los esfuerzos estructurales que -más allá de las reflexiones individuales- deben llevarse a cabo en el país para contener y erradicar las innegables actitudes violentas que ha adoptado nuestra sociedad, así como la polarización cuando se abordan diversos temas políticos y sociales de sensibilidad considerable.

Cuando hablamos de “esfuerzos estructurales”, nos referimos a una suerte de reingeniería social impulsada y consolidada desde las instituciones (baluartes fundamentales de las sociedades contemporáneas). ¿Y qué instituciones más idóneas para ser punta de lanza en estas tareas que las encargadas de la educación? Un consenso general para definir esta palabra nos permite aceptar que la educación no es sólo la transmisión de conocimientos de una persona a otra; sino también (y tal vez sobre todo) “la formación destinada a desarrollar la capacidad intelectual, moral y afectiva de las personas, de acuerdo con la cultura y las normas de convivencia de la sociedad a la que pertenecen”.

Parece tan obvia la afirmación, que podemos dejarla pasar sin identificar la idea de trasfondo: la cultura y las normas de convivencia se transmiten a través de la educación; no son intrínsecas a cada ser humano. Si extendemos un poco más el razonamiento, caeremos en cuenta también de que esa cultura y esas normas no sólo son transmitidas, sino generadas en la educación misma (ya sea en ambientes informales y semiformales, o en formales e institucionalizados). Con lo aquí dicho, no negamos en absoluto el papel fundamental que tiene la herencia genética en diversas predisposiciones que manifiesta cada persona; decimos en cambio que la formación en valores y cultura tiene mucho más que ver con una construcción discursiva interpersonal. Aclaremos esto:

Aunque contar con ciertas aptitudes o una personalidad determinada tiene siempre una relación (mayo o menor, pero la tiene) con factores hormonales y genéticos, los juicios sobre las preferencias de los demás, o sobre las personas mismas por su etnia, sexo, creencias o afiliaciones políticas, no son fruto de ninguna predisposición natural; son en cambio la repetición de discursos aprendidos, que escuchamos de otras personas a lo largo de nuestra etapa de formación.

Estos discursos, repetidos una y otra vez para que la sociedad se empape de ellos, siempre tienen bases y justificaciones teóricas y argumentativas (que no por vestirse de intelectualidad escapan de la posibilidad de caer en falacias o absurdos: como decir que una “raza” es superior a las demás). Entonces: los prejuicios, estereotipos e ideas semejantes que tenemos -y que a veces cuesta tanto trabajo desterrar de nuestro pensamiento- por lo general provienen del periodo formativo (desde la infancia hasta nuestra etapa de juventud y preparación universitaria), y pudimos escucharlos tanto en casa como en la escuela.

En el mismo sentido, no pocos discursos de intolerancia contemporáneos -en temas políticos y sociales- son versiones adaptadas, ampliadas o radicalizadas de hipótesis y teorías que surgieron, se difundieron y se siguen propagando en y desde ámbitos académicos. La sola existencia de posicionamientos radicalizados, fobias y odios mal disfrazados hacia “la otredad” -presente en un cada vez mayor número de jóvenes con educación media y superior, e incluso con estudios de posgrado- debe ser una llamada de atención importante para las instituciones educativas. Éstas deben preguntarse urgentemente qué mensajes no están dando, o están dando mal y se prestan a la tergiversación, de tal forma que, lejos de conseguir acercar a las personas a la paz y la cohesión social, parecen colaborar en el ensanchamiento de las barreras comunicativas.

Aunado a lo anterior, deben preguntarse si tienen problemáticas en la transmisión de metodologías de estudio e interpretación de la realidad, generando como consecuencia que sus estudiantes estén confundiendo términos: postura crítica con necedad, verdad con ideología y posverdad, hechos con sentimientos y sensaciones personales, conciencia social con intolerancia, argumentación con ataques personales y actitud propositiva con superioridad moral y esnobismo…

No podemos darnos el lujo de formar profesionistas que desprecien, opriman y linchen mediática y socialmente a quienes tienen otra formación, viven en contextos y realidades diferentes, o disienten en su interpretación de los acontecimientos sociales. En lugar de eso, necesitamos formar personas que no se vean como enemigos, sino como constructores de ciudadanía, a través del diálogo argumentativo, el trabajo conjunto, la intercomprensión y la concordia; que entiendan además que el mundo no se divide en buenos contra malos, ni puede interpretarse a partir de prejuicios, ideologías y falacias, a despecho de estadísticas, datos científicos y argumentaciones lógicas.

Una de las tareas principales de los institutos educativos consiste en lograr una formación transversal en pensamiento crítico y argumentación, que no deje de lado el civismo, la ética y el humanismo. Nos corresponde a los docentes de hoy reflexionar nuevamente sobre el enorme poder de influencia de nuestra vocación y la no menos grande responsabilidad que este poder implica. Independientemente de nuestras creencias personales y nuestro deseo de que los demás piensen como nosotros, nuestra labor es formar personas críticas, cívicas y plurales; no gente violenta, alienada e intolerante.

¡Nos vemos la próxima semana!

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