Universidad Autónoma de Aguascalientes

Revolución tecnológica y transformaciones cognitivas

PDF | 68 | Hace 3 meses | 12 julio, 2019

Francisco Javier Avelar González

Los niños, adolescentes y jóvenes de hoy están creciendo inmersos en una realidad digital absolutamente distinta a la que conocimos los adultos cuando pasamos por esas etapas de vida. El abrumador ensanchamiento del entorno virtual ha modificado también las maneras de conocer el mundo y de relacionarse con él, sobre todo -insisto- entre las nuevas generaciones.

Por ejemplo, la memoria orgánica (capacidad del cerebro para almacenar datos y recuperarlos cuando le sean de utilidad) parece estar reduciendo de manera significativa su capacidad en algunas áreas y cediendo funciones a la memoria extendida -e infinitamente más poderosa- de los “gadgets” y las “nubes”. Ya se trate del número telefónico de familiares, amigos y colegas, de un compromiso hecho para dentro de unas semanas o incluso de importantes datos históricos, geográficos, jurídicos y políticos del país, todo puede ser cifrado y almacenado en archivos digitales, recuperables a través de un celular, una tableta o una computadora. En este sentido, resulta natural que a los sistemas cognitivos de los adolescentes y jóvenes de hoy les sea de mayor utilidad usar su energía en “entrenarse” para buscar cualquier información en entornos digitales, que en aprender y actualizar constantemente el casi infinito universo de datos que tienen a su alcance (y que cada día crece de manera exponencial).

En principio, esto no tiene por qué ser negativo: es cierto, el mundo digital y sus posibilidades tienden a disminuir la memoria de las personas; pero a cambio -al menos en teoría- pueden propiciar la mejora en habilidades de búsqueda, selección y uso de cualquier clase de información, de acuerdo con las necesidades del momento (habilidades que, por cierto, requieren de un entrenamiento adecuado). Siguiendo las indicaciones al pie de la letra, un buen tutorial de Youtube sería suficiente para que un neófito en la materia pudiera empastar un libro, preparar una sopa o montar un huerto en casa. También, teniendo una capacidad de abstracción afinada y un criterio inteligente de búsqueda, contraste e integración de datos, una persona podría generar nuevas reflexiones, teorías e incluso inventos. Un caso ejemplar de esto es el de Jack Andraka, estudiante norteamericano de secundaria que, con apenas 15 años, desarrolló una prueba rápida e increíblemente económica para detectar cáncer de páncreas (proyecto que en 2012 le valió el Premio Gordon E. Moore, de la Feria Internacional de Ciencia y Tecnología Intel. De acuerdo con las declaraciones de Andraka, su idea surgió a partir de la lectura de artículos de libre acceso en internet).

En teoría, entonces, las pérdidas cognitivas que están generando entre los jóvenes las nuevas tecnologías de información y comunicación podrían ser bien compensadas por el desarrollo de otras capacidades y habilidades menos pasivas, y cuyo correlato en la lectura y transformación del mundo puede ser de mucho mayor amplitud. Sin embargo, estos cambios también tienen sus bemoles. Uno de ellos -no menor- es la proliferación de contenidos chatarra en la red. Esto -lo han mencionado incluso autores de la talla de Umberto Eco- sucede por falta de candados y criterios para la publicación de contenidos en plataformas digitales; es decir, la famosa democratización de las redes: todo el mundo puede, si lo desea, publicar prácticamente lo que quiera, acerca del tema que guste, sepa o no de él.

El problema de fondo no es la apertura digital en sí misma, sino la falta de preparación entre los internautas para usar dispositivos y redes con fines de aprendizaje, así como para discriminar información y razonamientos útiles o verdaderos, de aquellos que no lo son. A dicha hoguera le insufla su oxígeno el empuje y la creciente adopción de una sentencia absurda, disfrazada de humanismo e inclusión: “todas las opiniones y creencias tienen el mismo valor; cada persona puede tener su propia verdad y todas deben respetarse y colocarse en el mismo nivel”. Además de las falencias lógicas de esta manera de pensar, visible cuando se aplica a casos concretos (la Tierra no puede ser plana y esferoide al mismo tiempo, por ejemplo), su defensa propaga la desinformación, la ignorancia y -eventualmente- la radicalización de posturas ideológicas.

Cabe preguntarnos qué o quién es responsable de las problemáticas mencionadas. La complejidad de la respuesta no permitiría un desarrollo en los párrafos subsecuentes, pero sí afirmar que, ciertamente, la tecnología no es culpable de nada: ésta es sólo una herramienta, cuyos beneficios o perjuicios dependen del uso que sepamos darle. De la misma forma, es posible afirmar que uno de los principales promotores de un cambio positivo debe ser el sistema de educación -al menos en lo concerniente a las nuevas generaciones-. Por su esencia, históricamente los centros educativos han sido (y son) los encargados institucionales de potenciar al máximo las capacidades de los niños, adolescentes y jóvenes, para que estos -justo al culminar su formación- puedan relacionarse con el mundo y con las demás personas de la mejor manera posible.

Si -hasta hace no mucho- los sistemas y programas educativos priorizaban el ejercicio de la memoria, algo así ya no tiene cabida en las nuevas dinámicas de enseñanza-aprendizaje (aunque, por desgracia, algunos profesores continúan pidiendo a sus alumnos que aprendan libros de memoria, sin importar que los estudiantes no tengan una comprensión adecuada de aquello que repiten textualmente en los exámenes). Salvo en el caso de una limitada cantidad de conocimientos base (cuyo rango se amplía mientras mayor sea el nivel académico formal), resulta mucho más importante desarrollar en los niños y jóvenes una serie de habilidades relacionadas con buscar y discernir información de manera crítica y proactiva, imaginar y emprender proyectos personales en los que integren las teorías puestas a su alcance, y profundizar de manera personal en las temáticas vistas en clase. En el caso concreto del uso de Internet, la educación tendría que dar un sitio especial a la provisión de técnicas de rastreo y selección de fuentes confiables y desestimación de las que no lo son. Asimismo, en los ambientes donde las condiciones socioeconómicas lo permiten, resulta necesario integrar el uso de aplicaciones para celulares y tabletas, con fines educativos. Esto permitiría que los jóvenes se acostumbraran a utilizar sus dispositivos móviles como herramientas de suma utilidad para el entrenamiento de sus capacidades intelectuales, en lugar de sólo como distractores en los que pueden procrastinar por horas.

Es cierto que los programas y estrategias de educación están cambiando; aunque en algunos casos no con la celeridad y el rigor necesarios. La extendida falta de criterio en la selección informativa, la radicalización de ciertas narrativas ideológicas (que además buscan imponerse a través de la coacción, las amenazas y el golpeteo mediático), el fortalecimiento de la “posverdad” como concepto de uso cotidiano y la subutilización de dispositivos tecnológicos como fuentes de aprendizaje reflejan, indirectamente, que las nuevas generaciones no están siendo preparadas de la mejor manera posible para afrontar esta nueva época, cuyos signos son la saturación informativa y una revolución tecnológica sin precedentes. Quienes nos dedicamos al campo de la educación estamos obligados a redoblar esfuerzos… ¡Nos vemos la próxima semana!

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