Universidad Autónoma de Aguascalientes

Revolución y educación (Segunda entrega)

PDF | 102 | Hace 10 meses | 30 noviembre, 2018

Francisco Javier Avelar González

La semana anterior, con motivo del 108 aniversario de la Revolución Mexicana, recordamos los aciertos que este movimiento propició en el rubro de la educación. Para ello, hicimos una comparativa diacrónica centrada en datos relacionados con el número de escuelas, estudiantes y el porcentaje de alfabetización en México. Mencionamos también que un beneficio colateral de haber brindado educación al mayor número de personas posible, fue el impulso a formas de pensar críticas con respecto a los temas de la administración pública. Este cambio fue notable, por ejemplo, en el proceso de construcción de instituciones públicas autónomas. A su vez, lo anterior abrió la puerta al ejercicio democrático y la alternancia del poder…

Los notables avances en materia educativa, conseguidos a partir de la Revolución, lograron también que muchas de sus metas fueran ampliamente rebasadas desde hace tiempo. Por ello, desde la lectura de nuestro contexto -distinto al de hace 100, 50 o 30 años- las prioridades, estrategias y programas educativos nacionales requieren replanteamientos, actualizaciones y ajustes incluso estructurales.

Un ejemplo sencillo para ilustrar lo anterior puede ser el siguiente: al término de la Revolución, uno de los mayores problemas del país era que contaba con una población mayoritariamente analfabeta o con muy poca instrucción formal. Hoy, con niveles de alfabetización global cercanos al 90% (93.6 en personas con 15 o más años; 87.5 en las de 14 o menos), la situación es diametralmente distinta. Si -digamos- en 1920 el presupuesto para educación se hubiera destinado en su mayoría a la construcción y fortalecimiento de universidades, estaríamos hablando de un error de interpretación con respecto al contexto y las necesidades poblacionales. En cambio ahora, el impulso a la educación superior se revela como una necesidad prioritaria, no sólo porque México ya tiene un alto porcentaje de jóvenes que han finalizado con éxito su instrucción básica, secundaria y de nivel medio; sino también porque aproximadamente el 84% de la población adulta del país no cuenta con un título universitario y sólo el 1% ha logrado culminar su formación académica con una maestría o un doctorado (de acuerdo con datos proporcionados por la OCDE en 2017).

A la lectura de los datos anteriores debemos sumar el contexto global: debido a los avances tecnológicos en materia de comunicaciones y transportes, la economía o sistema productivo de cada país (y con ello su desarrollo general) está forzado a dialogar y competir con los de las demás naciones. Por tanto, si México (o cualquier otro país) desea conseguir los mejores acuerdos de intercambio comercial y mejores condiciones para su desarrollo interno, debe por fuerza generar productos y servicios de mayor calidad y a un costo competitivo. Para lograr esto, se tiene que invertir en ciencia, tecnología e innovación, pero sobre todo en la formación profesional de sus habitantes. En este sentido, por ejemplo, restar recursos a las instituciones de educación superior derivaría en el debilitamiento de nuestra competitividad a nivel global, cuestión que a su vez nos obligaría a continuar siendo una nación preponderantemente importadora, frágil y peligrosamente dependiente sólo de lo que nuestro suelo y nuestros mares pudieran brindar (hidrocarburos y otras materias primas, por ejemplo).

El fortalecimiento de las instituciones educativas públicas de nivel superior debe ser entonces una de las prioridades actuales de nuestra república. Pero éste no es el único rubro que requiere atención. En los niveles básicos e intermedios también es necesario pensar en ajustes, desde una perspectiva cualitativa, con el fin de lograr que nuestro país ascienda posiciones en pruebas como la del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA). Hasta ahora, los bajos resultados en exámenes de este tipo reflejan una menor preparación de los estudiantes mexicanos con respecto a los de otras naciones, lo que a su vez se traduce en una menor competitividad, creatividad y capacidad para la investigación, innovación y resolución de problemas. En el plano internacional, es claro que esto nos coloca en una situación de desventaja…

Los ejemplos anteriores son sólo dos muestras generales de dónde podríamos enfocar nuestros esfuerzos en lo referente al sector educativo, a partir de la lectura del contexto actual. Como sugerí la semana pasada, conmemorar la Revolución no sólo debe ser un ejercicio retrospectivo, sino de análisis con respecto a nuestra situación y nuestras perspectivas, de tal forma que generemos condiciones para continuar un desarrollo económico y social benéfico para toda la población. De esta manera, además, honramos y mantenemos vigente el espíritu del movimiento bélico que, hace más de cien años, abrió las puertas para la transformación y la modernidad de nuestro país… Nos vemos la próxima semana.

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