Universidad Autónoma de Aguascalientes

Sobre el esclavismo contemporáneo

PDF | 778 | Hace 1 año | 28 agosto, 2020

Francisco Javier Avelar González

El domingo anterior conmemoramos el “Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición”. De acuerdo con la UNESCO, esta fecha fue considerada porque un 23 de agosto, pero de 1791, los habitantes de Santo Domingo lograron liberarse de la esclavitud a la que eran sometidos y recuperar su soberanía personal y de grupo (la cual incluyó la restitución del nombre original de sus tierras: Haití). Sin duda, este suceso merece ser conmemorado y puede funcionar como ejemplo -entre muchos posibles- de la abominable injusticia social del esclavismo y de su erradicación. Sin embargo, considerarlo como el paradigma para hablar de la esclavitud y -más aún- de su abolición, podría ser un tanto inconveniente o inexacto si se toman en cuenta dos puntos de importancia no menor:

Primero, centrar la atención de un tema global tan complejo en un hecho histórico particular tan acotado, puede tener como consecuencia no deseada el desdibujamiento o la “invisibilización” del sinnúmero de casos de esclavitud -de igual o mayor envergadura- que han ocurrido por milenios en el mundo. Para no regresar hasta las épocas de la Grecia clásica, Roma, o el antiguo Imperio de Egipto (por nombrar tres ejemplos), podemos recordar que todavía a mediados del siglo XIX la esclavitud era común en países democráticos y liberales de la talla de Estados Unidos.
En segundo lugar, es un tanto impreciso hablar del recuerdo de la esclavitud y su abolición, fijando su efeméride en un hecho ocurrido en el siglo XVIII, cuando esta injusticia continuó siendo legal muchos años después en diversos países y, peor aún, cuando actualmente todavía se contabilizan millones de esclavos en el orbe.
Lo anterior no niega que, en términos legales, la abolición ocurrió desde hace muchas décadas o incluso siglos (al menos en Occidente). Por ejemplo, en Francia sucedió en 1794 -aunque sería restituida por Napoleón y finalmente erradicada en 1848-; en Estados Unidos la abolición oficial data de 1865; en México, personajes como Miguel Hidalgo, José María Morelos y Pavón, Guadalupe Victoria y Vicente Guerrero produjeron desde los albores del siglo XIX bandos y documentos -algunos con carácter oficial y ya desde el gobierno de la nación independiente- que buscaban abolir la esclavitud. Esta postura adquiriría plena solidez al hacerse explícita en el artículo segundo de la Constitución de 1857, que decía: “En la República todos nacen libres. Los esclavos que pisen el territorio nacional recobran por sólo ese hecho su libertad y tienen derecho a la protección de las leyes”.
Aunque en las leyes y las actas constitucionales de las naciones, así como en la misma Declaración Universal de los Derechos Humanos, la esclavitud está prohibida y condenada, lo cierto es que en la práctica continúa existiendo con relativa impunidad, bajo formas como la trata de blancas o la prostitución forzada, el tráfico de personas con fines laborales o bélicos (por ejemplo para trabajo en minas, en maquilas y en hogares, o para ser soldados, transportistas y vigilantes de grupos criminales), los matrimonios obligados y otro tipo de terribles abusos contra la libertad de mujeres, hombres e infantes.
De acuerdo con el Índice Global de Esclavitud, más de 40 millones de personas en el mundo son víctimas de algún tipo de esclavitud moderna. De ellas, aproximadamente 70% son de sexo femenino. Estos datos sólo dan cuenta de los casos más evidentes de esta cruenta e inhumana forma de servidumbre; pero si midiéramos las condiciones sociales, económicas y laborales de cientos de millones de personas libres en todo el planeta, tendríamos que reconocer que su libertad tiene enormes similitudes con la de los jornaleros que trabajaban en los latifundios del porfiriato: ganan menos de lo suficiente para vivir dignamente, por lo que están condenados al endeudamiento permanente e, incluso así, a vivir en condiciones precarias (y en muchos casos infrahumanas). Así, en un sentido práctico y sin exagerar, bien podríamos catalogar lo anterior como una nueva -aunque más sutil o sofisticada- forma de esclavismo.

Con base en lo dicho, parece que nos hemos adelantado en la conmemoración del “recuerdo de la trata de esclavos y la abolición de la esclavitud”: los acuerdos internacionales, las declaraciones de derechos humanos y las leyes con respecto a este tema aún están lejos de reflejar la realidad que queremos y, con más de 40 millones de esclavos absolutos y cientos de millones viviendo en una esclavitud práctica, estamos obligados a aceptar que no se ha abolido este problema y que no es un fenómeno viejo ni finiquitado.

En algunos casos, la responsabilidad de erradicar este problema reside mayormente en el Estado, pues sólo su fuerza y su conjunto de instituciones sería capaz de hacer frente a los grupos de trata, secuestradores, narcotraficantes, etc., que han hecho de la privación de la libertad de personas un negocio. En otros casos, corresponde a cada uno de nosotros replantearnos nuestra manera de vivir y preguntarnos si como patrones (en el hogar o en una empresa) o como consumidores, estamos convalidando dinámicas que precarizan el trabajo de los demás, sometiéndolos a una pobreza y un endeudamiento permanentes. Pensemos pues en este tema, pero no con una mirada conmemorativa; sino con una visión crítica, conscientes de que la esclavitud es un problema actual en el que, de una u otra forma, también somos responsables.

¡Nos vemos la próxima semana!

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