Universidad Autónoma de Aguascalientes

Tiempo de ayudar

PDF | 698 | Hace 3 años | 1 mayo, 2020

A través de este espacio, en más de una ocasión hemos publicado mensajes llamando a la solidaridad. Hoy deseo, aunque sea de forma breve, hacer un nuevo comentario sobre el tema, pensando en el contexto de la crisis económica que enfrentaremos durante el resto de 2020 (todos los especialistas en la materia están de acuerdo en que este año viviremos una preocupante contracción de nuestra economía; por ejemplo, Bank of America calcula en 8% la contracción del Producto Interno Bruto de México, mientras que JPMorgan pronostica una caída del 7% en el mismo rubro)…

Desde que el 30 de marzo el Consejo de Salubridad General declaró un estado de emergencia sanitaria nacional, un impresionante número de tiendas, restaurantes, fábricas, empresas y proveedores de una gran diversidad de servicios redujo dramáticamente sus actividades o incluso decidió (o se vio obligado a) hacer un necesario paro total de labores. Dicho estado de las cosas pone en serias dificultades tanto a los dueños o inversionistas de estos lugares, como a sus trabajadores: los primeros dejan de obtener recursos para cubrir los gastos de operación de sus negocios; los segundos, quedan a expensas de sus patrones y pueden ver reducidos sus salarios de forma drástica o incluso perder su trabajo (lo que haría insostenible el mantenimiento de sus hogares).

Ante un escenario como éste, quienes sufren más son quienes menos tienen: las personas que viven al día y que no pueden darse el lujo de dejar de trabajar por más de cuatro o cinco jornadas sin comprometer seriamente la ya de por sí incipiente calidad de vida suya y de sus familias… Es indiscutible que, por sus atribuciones y responsabilidades, el Estado tiene un compromiso incuestionable con el bienestar de su ciudadanía; máxime en un momento de tensión y alarma como el que estamos atravesando. De ahí que, tanto en México como en el resto de las naciones, se estén diseñando o proponiendo planes de rescate, becas, créditos y apoyos de muy diversa índole, que ayuden a los que menos tienen, pero también a los pequeños, medianos y grandes empresarios en problemas, para que no se vean en la necesidad última de despedir gente o declararse en quiebra, arrastrando a decenas, cientos o miles de personas a un estado de vulnerabilidad extrema (cuestión que, por un efecto dominó, pondría en riesgo ya no sólo a estas personas, sino a su comunidad y, en última instancia si los casos se multiplican, al país entero).

Pero no sólo las oficinas de gobierno tienen una obligación en este tema, porque una sociedad no se compone sólo por el Estado. Además, en un sistema socioeconómico como el que nos rige, instituciones privadas y ciudadanía tienen libertades y facilidades que les permiten acrecentar su patrimonio y gozar de un sinnúmero de ventajas que en Estados totalitarios no existirían. Estas libertades llevan consigo algunas obligaciones y, sobre todo, responsabilidades éticas importantes. Si, por ejemplo, el año anterior los dueños de una hipotética empresa tuvieron utilidades netas de 20 o 30%, en gran medida gracias al buen trabajo de sus colaboradores; corresponde que esta ocasión y dadas las circunstancias mantengan a su planta laboral, aunque el año acabe sin utilidades o con ligeras pérdidas. Se trata de una cuestión de ética y justicia, así como de una muestra de humanismo y solidaridad.

De cualquier forma, hay muchas probabilidades reales de que, para el año entrante, la situación mejore en proporciones significativas y comience una importante reactivación de la economía mundial. Piénsese por otro lado que si las empresas, por salvar utilidades mínimas este periodo, despiden colaboradores a destajo, estos pierden capacidad adquisitiva, lo que a la larga redunda en que las mismas empresas no tengan a quién vender sus productos y servicios. Por un asunto de conveniencia a mediano y largo plazo, también es provechoso que se mantenga a la planta laboral y que se le retribuya adecuadamente… Por supuesto, instalados ya en la realidad, la situación de cada empresa y cada empresario es distinta y habrá quienes, por más esfuerzos que hagan, no podrán afrontar sus deudas y compromisos contractuales en un escenario donde la generación de dividendos sea mínima o nula. Por ello y para ellos las propuestas de apoyo o rescate empresarial que están realizando las instituciones gubernamentales de un buen número de países.

Dejando a un lado lo anterior y concentrándonos únicamente en la ciudadanía y en las instituciones públicas no administrativas, me parece que en todas las personas y organismos que cabemos dentro de estas etiquetas debe prevalecer en estos momentos la filantropía. Debemos ser solidarios -sin buscar el cobro de nuestro favor- sobre todo con las personas en situación de vulnerabilidad. Si se piensa con cuidado, hay muchas razones (incluso algunas de ellas egoístas) para sostener que es más conveniente para todos que el mayor número de individuos tenga trabajo, servicios básicos, capacidad adquisitiva, acceso a medicinas, atención médica, seguridad, paz y tranquilidad personal. Pero, aunque no fuera así, por una cuestión ética y del más básico sentido humanitario, no podemos ser indiferentes a la grave situación que están viviendo muchas personas, cuando tenemos en nuestras manos la oportunidad de hacer algo al respecto, incluso sin comprometer en absoluto nuestra propia estabilidad.

Podemos ayudar de muchas maneras; por ejemplo, con donativos en efectivo o en especie, con trabajo comunitario y servicio social o con la cesión de uso de propiedad intelectual, sobre todo de productos que pueden ayudar a salvar vidas… El punto es no quedarse con los brazos cruzados, cuando además de estar en casa podemos hacer algo por la gente vulnerable de nuestra entidad. Resulta más cómodo no hacer nada y encima criticar los errores o áreas de oportunidad de quienes están haciendo todo lo posible por ayudar; pero también resulta mezquino. Sobre todo en un contexto inédito para nuestras generaciones, como el que nos ha tocado enfrentar ahora, procuremos dejar a un lado la inacción y la crítica destructiva; sumándonos a causas y programas de diversa índole cuyo objetivo sea ayudar a los demás. Que la crítica sea proactiva y que, de preferencia, la respaldemos de forma paralela con acciones positivas.

La semana que entra recordaremos en este espacio las distintas medidas y acciones de apoyo a la sociedad que está llevando a cabo nuestra máxima casa de estudios; sobre todo aquellas en las que cualquier ciudadano que desee hacerlo se puede sumar con donaciones o con su esfuerzo y conocimientos… Ahora más que nunca es tiempo de ayudar, de ser generosos de corazón, humanistas y solidarios.

¡Nos vemos la próxima semana!

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