Universidad Autónoma de Aguascalientes

TOLERANCIA

PDF | 89 | Hace 2 meses | 31 enero, 2020

Francisco Javier Avelar González

Hace poco menos de un año, cuando entregaron a Guillermo Sheridan el Premio Ibargüengoitia, Juan Villoro escribió para la revista “Etcétera” un texto donde mostró algunas similitudes entre ambos escritores: el cáustico novelista guanajuatense y el no menos mordaz académico de la capital del país. Las coincidencias entre el autor de “Los relámpagos de agosto” y el de “Los Contemporáneos ayer” contrastan con las circunstancias en las que les tocó publicar sus respectivas obras, sobre todo sus artículos de opinión. Villoro lo retrata con puntualidad en las siguientes líneas:

“Como Ibargüengoitia, Sheridan ha sido un polemista incómodo. Sin caer en excesivas paranoias, es posible afirmar que sus columnas periodísticas se publican en un ambiente más intolerante que el que rodeó al autor de ‘Instrucciones para vivir en México’. Hoy en día los artículos de Ibargüengoitia que celebramos como clásicos serían rechazados en numerosas redacciones con argumentos de corrección política. La misma época que fomenta los linchamientos anónimos en las redes limita las reflexiones discordantes.”

Sin caer en excesivas paranoias, no podemos negar que -en nombre de la corrección política y del miedo a posibles linchamientos en redes sociales- diversos medios e instituciones son capaces de no publicar un texto incómodo o de cerrarle las puertas a un autor que sostenga opiniones socialmente polémicas. Este tipo de decisiones comparten un gen con la base de sistemas como el de la Inquisición: la intolerancia.

Uno de los principales problemas de la intolerancia es que termina por clausurar cualquier espacio posible para el diálogo y la discusión racional y productiva de las ideas. Sin lugar para la generación de conocimiento y el ensanchamiento cognitivo, el dogmatismo, el maniqueísmo y la necedad se expanden con la velocidad de una pandemia. Con estos antivalores instalados como centro y motor de sectores importantes de la colectividad, la producción artística y académica corre el riesgo de ser aprovechada como fuente de adoctrinamiento ideológico, desde donde se publique únicamente lo “políticamente correcto”, se compartan con profusión obras cuyo motivo manifiesto sea diseminar alguna ideología dominante y se festejen o rechacen textos, esculturas, pinturas o películas en razón de las características de identidad intencionalmente destacadas por la o el artista (género, etnia, preferencias sexuales, filiación política, creencias, etc.).

Con tal sistema de estímulos, lo que se acaba incentivando es la formación de voceros o predicadores, pero no de académicos y artistas; lo que prolifera es la solidificación de posturas irreconciliables y el aumento de la represión y la violencia; pero no las alternativas para lograr comunicación, acuerdos y concordia.

Es preocupante que en una época como la nuestra, en la que decimos reconocer el valor de la tolerancia y sabemos del enorme papel que juega en la consolidación del sistema de gobierno democrático y en la protección de la diversidad, abunden manifestaciones reduccionistas y etiquetas de caricaturización, desprecio u odio hacia quien no piensa como nosotros. Preocupa también que comiencen a regresar -en diversos sectores de la literatura, las artes y la academia- los vergonzosos métodos de revisión y censura de obras, con que a lo largo de la historia diversos grupos de poder atacaron las ideas adversas y a sus autores.

Si en verdad queremos un mundo plural, equitativo y pacífico, debemos comenzar por respetar la pluralidad, la equidad y la paz. Eso es practicar la tolerancia. Imponer las ideas propias o ignorar, violentar, generalizar con etiquetas y quitar oportunidades a otras personas por sus características identitarias (sean hombres o mujeres; blancos o de color; ateos o religiosos…) no tiene nada que ver con luchar por un mundo mejor, ni con reparar injusticias.

Como aún hoy estamos en el primer mes del año, todavía se antoja posible enunciar algún deseo aplicable para los meses que le restan a este ciclo. Deseo entonces que durante 2020 hagamos una reflexión sensata y profunda -aunque pueda resultarnos incómoda- sobre nuestra manera de ver a quienes no piensan como nosotros, o que no comparten nuestro género, procedencia o preferencias. Analicemos incluso si nuestras expresiones de apoyo a una causa implican el desprecio a otras personas. Recordemos -como expresa el Museo Memoria y Tolerancia- que “ser tolerante implica respetar al otro, comprender que no poseemos la verdad absoluta y no imponer nuestras opiniones a los demás […] La tolerancia es la relación armónica de nuestras diferencias”.
¡Nos vemos la próxima semana!

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