Universidad Autónoma de Aguascalientes

Un apunte con respecto a Marcha por la Paz

PDF | 74 | Hace 2 meses | 7 febrero, 2020

Francisco Javier Avelar González

La semana anterior hablamos sobre la necesidad de la tolerancia como herramienta indispensable para acercarnos a la ansiada paz social. La columna, con unos días de diferencia, coincidió temporalmente con un suceso tan atípico como lamentable, ocurrido en la capital del país el domingo 26 de enero: el ataque contra manifestantes que realizaron la Marcha por la Paz. El hecho es atípico en nuestra época, porque hace mucho no se veía a grupos ciudadanos enfrentarse físicamente contra otros ciudadanos en la supuesta defensa de un gobierno (supuesta porque la marcha no tenía intenciones de desestabilización política); atípico también porque los atacados no exigían otra cosa más sensata que respuestas ante la innegable e incontrolable violencia que vive el país. Los manifestantes no gritaron consignas que incitaran al odio, ni mucho menos recurrieron a actos de vandalismo y eran, en su totalidad, víctimas directas o indirectas de asesinatos de familiares, secuestros, extorsiones, etc.

Lo ocurrido resulta un claro ejemplo de intolerancia contra la libertad de expresión y el derecho a manifestarse públicamente, consignados en los artículos sexto y noveno de la Constitución. Un fragmento de artículo noveno expresa que “no podrá ser disuelta una asamblea o reunión que tenga por objeto hacer una petición o presentar una protesta por algún acto a una autoridad”. Si el ataque contra cualquier marcha pacífica resulta grave, el conflicto del que ahora hablamos bien podría alcanzar la denominación de aberrante, por el simple hecho de que se violentó a quienes pedían algo a lo que todo ser humano en su sano juicio debería aspirar: tener paz, justicia y seguridad.

De acuerdo con el Secretario Ejecutivo del Sistema de Seguridad Pública, el año pasado dejó un saldo de 35,588 asesinatos en el país: un promedio de 97.5 cada día. Considerando los registros oficiales, se trata del año con más homicidios en la historia contemporánea de México. Pedir que se diseñen y realicen estrategias efectivas para detener esta ola de violencia (que, de acuerdo con la Armed Conflict Location & Event Data Project continuará aumentando en 2020) no es un ardid político y no tiene por qué interpretarse así; es en cambio un llamado de auxilio y de hartazgo social al que, sin importar colores, filias y fobias, todo el país se debería de sumar, porque a todo el país afecta.

De cualquier forma, si quedaran dudas sobre las intenciones de los manifestantes de la Marcha por la Paz, no está de más recordar que muchos de ellos, incluyendo algunos de sus principales convocantes, como Javier Sicilia (a quien, por cierto, le asesinaron a su hijo hace nueve años), hicieron esta marcha por primera vez en 2011 (es decir, hace dos administraciones sexenales; hace dos cambios de color en la administración del gobierno federal). Desde entonces, no han dejado de elevar la voz y de reiterar que necesitamos sensibilidad de nuestros gobernantes y, por supuesto, efectividad y eficacia en sus acciones de seguridad y justicia.

Si se trata entonces de la petición mínima que se le podría hacer a cualquier gobierno de cualquier país en cualquier época, ¿por qué la marcha causó una reacción violenta como la que quedó documentada -que además se replicó entre diversos grupos en redes sociales-? Aunque duela aceptarlo, se trata sólo de una muestra más de la polarización e intolerancia que impera entre la ciudadanía. Polarización e intolerancia presente no sólo en cuestiones del ámbito político, sino también en posicionamientos con respecto a otros temas sociales sensibles. Paralelamente al maniqueísmo pragmático del que cada vez más personas son partícipes, resulta significativo que los prejuicios, la cerrazón y los intentos por imponer la ideología propia ya no se reconocen como habituales o característicos sólo de algunos grupos aislados: las fronteras se han difuminado de tal forma que cuando se trata de tolerancia, libertad de pensamiento y respeto a la otredad, resulta cada vez más difícil determinar si existe una izquierda y una derecha, o un progresismo y un conservadurismo definidos y diferenciables.

Por eso, a estas alturas ya ningún integrante de la sociedad puede abstraerse y decir que los intolerantes, cerrados(as), impositivos(as) y censuradores(as) son los(as) de enfrente. Lejos de caer en el error de lavarse las manos y pensar que los que están mal son los que no piensan como uno, debemos hacer el esfuerzo por analizar nuestros propios prejuicios y conductas violentas o ignominiosas hacia los demás. No importa si nuestro interlocutor tiene una filiación política diferente de la nuestra; como tampoco importan sus creencias religiosas, su origen étnico o sus preferencias sexuales… Si de verdad queremos un mejor mundo, tenemos la obligación ética de escuchar a quien no piensa como nosotros, para lograr identificar los puntos en los que tiene razón, los que son negociables y aquellos donde -con humanismo, pruebas, sensibilidad y raciocinio- podemos hacerle ver que su postura resulta dañina para la sociedad. Tenemos que hacer una verdadera introspección y dejar, con urgencia, las radicalizaciones, maniqueísmos y polarizaciones que -desgraciadamente- se han promovido con intensidad desde muchos lados y a través incluso de figuras de autoridad y liderazgo.

Volvamos a la intercomprensión, el diálogo, el humanismo y la concordia. Nos urge.

¡Nos vemos la próxima semana!

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