Universidad Autónoma de Aguascalientes

Un llamado a la solidaridad

PDF | 726 | Hace 2 años | 27 marzo, 2020

Francisco Javier Avelar González

Debido a la reciente pandemia que atraviesa el mundo, provocada por el virus COVID-19, las dinámicas sanitarias, sociales y -por extensión- las económicas están cambiando de una manera vertiginosa, drástica y en muchos casos trágica. El mes de marzo ha sido testigo del desplome de las bolsas de valores en el mundo, de la pérdida de poder de muchas monedas frente al dólar estadounidense y del cierre temporal forzoso de una gran cantidad de tiendas y empresas.

Era evidente que las necesarias medidas de distanciamiento físico entre las personas, la considerable y abrupta reducción o cancelación de eventos públicos, y el cierre o adelanto de vacaciones en escuelas, tiendas y fábricas, aunado a la todavía carencia de certezas sobre cuándo y cómo habremos de parar por completo la dispersión del nuevo virus, provocarían graves consecuencias económicas: el temor de los inversores (de ahí el desplome bursátil), la descapitalización de las empresas y los efectos consecuentes en las economías familiares.

Quizás no era tan evidente, pero era esperable que diversos grupos poblacionales cayeran en pánico y comenzaran a realizar acciones inadecuadas (por decir lo menos): compras masivas e innecesarias, asistencia a hospitales para hacerse pruebas aun cuando no tuvieran ni síntomas ni contacto con alguien enfermo, o incluso saqueos en tiendas departamentales o prácticas comerciales desleales (como la venta de artículos necesarios como cubrebocas y gel antibacterial a precios desmedidos). Por supuesto, también estaba presupuestado encontrar personas que no “creyeran” [sic] en la pandemia, arriesgaran descabelladas teorías de conspiración mundial e hicieran caso omiso a las recomendaciones emitidas por las autoridades de salud.

Que fuera esperable la aparición de actitudes extremas frente a una contingencia de alcances monumentales como la que estamos viviendo, no significa que sean comprensibles, justificables o tolerables. De hecho, en una gran medida estas actitudes -junto con la tardía reacción de los dirigentes de muchas naciones para aceptar que el problema era grave y necesitaba ser enfrentado con arrojo y celeridad- son el combustible que ha permitido convertir en crisis multifactorial, lo que pudo ser un asunto de salud serio pero rápidamente atajable.

En las últimas semanas también han corrido ríos de tinta sobre este tema: descripciones y análisis que nos dicen cómo funciona el virus, cómo avanzan los contagios y las muertes (incluso en tiempo real), qué medidas de prevención, protección o intervención pueden ser más efectivas; qué podremos esperar del panorama económico en los siguientes meses, etc. No es mi intención aquí sumarme a dicha batería de textos, sino más bien hacer un llamado a ser ecuánimes, socialmente responsables y, sobre todo, solidarios, absteniéndonos de caer en conductas que acrecienten la de por sí ya grave problemática a la que estamos haciendo frente.

Por ser solidarios, me refiero a, por ejemplo, evitar hacer compras de pánico. No hay ninguna razón para comprar alimentos e insumos de higiene -como jabón y papel de baño- como si fuéramos a estar encerrados un año entero. Alguna persona podrá decir que más vale ser prevenidos; pero esta clase de “prevención” provoca el desabasto de productos, dejando a muchas personas sin los insumos necesarios para pasar adecuadamente el confinamiento. Si se piensa con cuidado, esto podría provocar a la larga otros problemas de salud y económicos (por la especulación) así como el aumento de la tensión social, que tarde o temprano va a derivar en violencia y otras problemáticas con las que todos tendremos que lidiar. Comprar mucho más de lo necesario no es un acto de prevención, sino uno de egoísmo y de falta de empatía y solidaridad para con el resto de ciudadanos, que también necesitan alimentos, jabón, papel de baño y medicinas.

Ser ecuánimes y socialmente responsables también se refiere a no caer en el otro extremo de decir que no pasa nada y desobedecer abiertamente las recomendaciones de las autoridades locales, federales e internacionales. El virus no es un invento, ni una estrategia de conspiración entre China, Rusia y Estados Unidos para manipular los precios del petróleo. Estamos frente a una pandemia real.

Este virus, según se ha demostrado (y puede constatarse de manera empírica con la simple observación del aumento diario de enfermos) es altamente contagioso y tiene un índice de letalidad preocupante: se habla de un 4% en términos generales (parece poco hasta que se cae en cuenta de que, de contagiar tan sólo a una tercera parte del mundo, los muertos se contarían por millones). Si contabilizamos sólo los casos que ya han sido cerrados, hasta el día de ayer se registraban 122,245 personas recuperadas y 23,079 fallecidas; es decir de los 145,324 casos ya finiquitados, el 16% concluyó por fallecimiento del paciente (esta no es una cifra definitiva: hay casi 400 mil casos aún activos; sin embargo, debemos apuntar que el índice de letalidad puede ser más alto del estimado, debido a la saturación de los espacios hospitalarios para cuidados intensivos). Poniendo estos datos sobre la mesa, no respetar la sana distancia que se recomienda, ni el lavado constante de manos ni el aislamiento voluntario por unos días, no hace otra cosa que ayudar a que el virus se propague. Nos convertimos así en cómplices de una enfermedad que está causando fuertes estragos de salud, económicos y sociales.

Estamos viviendo tiempos duros y la luz al final del camino aún se ve distante. Los estragos económicos y de salud se podrán apreciar en toda su plenitud hasta dentro de unos meses. Por ello, necesitamos unirnos y disciplinarnos. Sólo con responsabilidad y solidaridad podremos mitigar de la mejor manera posible las secuelas que dejará esta enfermedad. En otras crisis (por ejemplo, ante catástrofes naturales) hemos demostrado que sabemos ser conscientes y unidos. Seámoslo ahora. Por lo pronto, ayudemos a frenar la propagación del virus quedándonos en casa (quienes puedan hacerlo) o saliendo sólo en casos justificados (para ir a trabajar o a hacer la despensa) y siempre con la debida protección y guardando una sana distancia con las demás personas que encontremos fuera. Ayudemos también sólo haciendo las compras necesarias, pensando en un consumo racional de insumos y alimentos. Seamos conscientes, civilizados, solidarios… Vienen tiempos más duros. Si no respondemos a la altura de las circunstancias, vamos a sufrir mucho más de la cuenta.

¡Nos vemos la próxima semana!

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