Universidad Autónoma de Aguascalientes

Una campaña necesaria

PDF | 97 | Hace 5 meses | 10 enero, 2020

Francisco Javier Avelar González

En mayo de 2019, Jesús Ramírez Guerra, vocero del Gobierno de la República, retomó datos de la Encuesta Nacional de Adicciones para expresar que, con base en ella, entre 2002 y 2017 el consumo de drogas ilegales se había incrementado 300% en México. Si es posible la paradoja, el dato resultó ser tan abrumador como poco sorprendente: en mayor o menor medida, hemos notado en nuestras ciudades la proliferación de estas sustancias, así como de distribuidores y consumidores; si no de forma directa y clara, sí en el sinnúmero de disputas violentas por el control de ventas en una “plaza” o ciudad. Es muy probable que algunos lectores, sincerándose consigo mismos, reconozcan saber de familiares o amigos (no importa el estrato social) que consumen drogas de efectos dañinos considerables, que eran de circulación poco común hace un par de décadas (como, por ejemplo, la cocaína). Resulta preocupante también que, de acuerdo con Ramírez Guerra, hay niños de diez años que ya han empezado a consumir.

El fenómeno del aumento de sustancias ilícitas en circulación, y del número, el estrato social y el rango de edades de los consumidores, coincide con la proliferación de narcotraficantes y su simultánea fragmentación en grupos diversos (y adversos entre sí). A esto debemos sumar como parte de los detonadores importantes las políticas socioeconómicas incapaces de contraer el crecimiento de la desigualdad y la pobreza; la cultura contemporánea que ensalza el individualismo, la poca empatía y la idea de que todo -incluso las personas- son desechables; la aplicación de una estrategia antidrogas a la que le quedó (le queda aún) enorme el sustantivo, y el sorprendente descuido en los programas de prevención y educación social durante casi dos décadas.

Durante dicho periodo, ciudadanos e investigadores especializados en el tema han identificado que una de las principales causas del aumento de la violencia (relacionada a grupos delictivos) y de consumidores de drogas ilícitas en nuestro país fue precisamente la fallida estrategia militar para el abatimiento del narcotráfico y el simultáneo descuido de las campañas informativas.

Dado que no sólo en México, sino en el mundo, se ha visto que el prohibicionismo del consumo de drogas resulta una solución simplona e insuficiente para atender los problemas relacionados en materia de salud y seguridad, se han levantado voces instruidas e informadas que urgen al gobierno y a la sociedad a hacer una reflexión que se traduzca a cambios profundos -tanto de fondo como de forma- en las maneras de abordar y responder a este enorme, espinoso y multifactorial problema.

La discusión está sobre la mesa en diversos países, no solo en contextos informales, sino también en espacios académicos y legislativos. Eso permite pensar en la posibilidad real de cambios que den mejores resultados en la contención y reducción de la violencia generada por el narcotráfico, en la prevención y control de adicciones y en el planteamiento de condiciones sociales que permitan tanto la sanación y reinserción social de quienes han encontrado en el consumo de drogas ilegales o el narcotráfico (con todo su terror y su violencia) un escape o una atractiva forma de vida, así como el respeto irrestricto de los derechos humanos de los consumidores.

Por la importancia y diversidad de las aristas que el complejo mundo de las drogas alcanza, es posible que los cambios de fondo no lleguen rápido. Sin embargo, hay acciones que pueden y deben realizarse desde ya con mucho mayor ímpetu. La menos complicada pero más urgente -a juzgar por los resultados de la Encuesta Nacional de Adicciones- sería una verdadera campaña masiva, conjunta y contundente de información y prevención. Esto, que excluye la criminalización de los consumidores, podría disminuir efectivamente el número de personas con deseos de probar por primera vez alguna sustancia adictiva (incluso aunque sea lícita, como el alcohol y el tabaco), o de continuar haciéndolo, en caso de que ya lo hayan hecho antes.

Una campaña de concientización de gran envergadura permitiría también cambiar la manera de pensar de muchas personas, quienes -incluso con un nivel educativo alto- disocian la compra y el consumo de drogas, de sus efectos en la salud, la economía, la paz y la seguridad (tanto individual como colectiva). Además, hablar de este tema de manera profusa e informada, con una perspectiva cuyo eje sea la concientización, así como el fortalecimiento de la ética y la responsabilidad individual, permitiría que las discusiones no cayeran con tanta frecuencia en dos polos comunes e irreconciliables: la satanización, por un lado; la mitificación o mistificación, por el otro. Polos que además son reduccionistas y contraproducentes, pues eluden la necesaria discusión y atención de problemáticas innegablemente relacionadas, como la pobreza (y las dinámicas que la causan), la marginación y desigualdad social, la violencia intrafamiliar, la paupérrima educación afectiva y emocional que adolece gran parte de la sociedad, etc.

Debido a nuestra organización política y social, es entendible que las personas esperemos que este tipo de cruzadas surjan, se desarrollen y financien en el ámbito de la administración pública; ello no justifica la indiferencia con que acompañamos tales esperanzas. La sociedad la hacemos todos; en mayor o menor medida todos somos responsables de los problemas que nos aquejan como colectividad, y nos corresponde a todos hacer aportes proactivos. En el caso particular de las instituciones educativas y las empresas, se podrían realizar campañas transversales internas (alternativas o paralelas a los esfuerzos gubernamentales); además de una revisión exhaustiva de las condiciones y dinámicas de estudio o de trabajo, así como de los programas de atención preventiva y correctiva para quienes forman parte de sus comunidades.

La responsabilidad que le conferimos y exigimos al gobierno debe acompañarse no de la indiferencia y la disociación personal, sino de asumir también la parte que nos corresponde y entender a cabalidad cuáles son las consecuencias -positivas y negativas- de cada uno de nuestros actos… ¡Nos vemos la próxima semana!

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