Universidad Autónoma de Aguascalientes

UNA RESPONSABILIDAD VITALICIA

PDF | 113 | Hace 4 meses | 13 diciembre, 2019

Francisco Javier Avelar González

En esta ocasión quiero compartirles una adaptación, para este medio, del mensaje que dirigí hace un mes a la más reciente camada de profesionistas que se graduó de la máxima institución educativa de Aguascalientes. Creo que la reflexión alcanza a todos los que hemos tenido el privilegio de hacer estudios universitarios. Espero entonces que la disfruten y les sea significativa. Sin más preámbulos, dejo aquí abajo la transcripción…

Quiero proponerles un pequeño ejercicio. En los siguientes segundos, recuerden cuál es el grado de estudios de sus papás, de sus abuelos y de sus bisabuelos. Ahora piensen si ustedes son los primeros de su familia en egresar de una licenciatura, una especialidad, una maestría o un doctorado.

Estoy seguro de que algunos de ustedes fueron, en sus familias, los primeros en dar ese paso de enorme trascendencia académica, abriendo así nuevas puertas y posibilidades para los que venían (o vienen) detrás: hermanos, hijos, sobrinos, etc. Y estoy seguro también de que algunos, al haber estado inmersos por años en ámbitos académicos, normalizaron su paso por la universidad, sin caer en cuenta de que, en términos históricos, se trata de un fenómeno bastante reciente y todavía muy acotado en el país.

El porcentaje de personas de la tercera edad con estudios superiores es ínfimo, y los mayores de 70 años que cuentan con maestría o doctorado pueden considerarse agujas perdidas en pajares inmensos. La realidad que viven los graduados y posgraduados del país no fue la de las generaciones que les precedieron, y actualmente tampoco es la realidad de más del 80% de la ciudadanía. Debemos aquilatar esto a cabalidad.

En el Aguascalientes de hace cinco décadas, por ejemplo, ni siquiera contábamos con una universidad, y las pocas personas que lograron realizar estudios de licenciatura, maestría o doctorado, lo consiguieron desplazándose a otras zonas del país, generalmente ayudados por sus progenitores y otros familiares, quienes con dicho esfuerzo les otorgaron una oportunidad de superación hasta entonces inédita en sus árboles genealógicos. Así, quienes regresaban con un título bajo el brazo, se consideraban beneficiados con un enorme privilegio del que no gozaban ni gozarían millones de mexicanos.

Hablo ahora -en este contexto específico- de ‘privilegio’ y de ser ‘privilegiado’ no con esa carga de satanización y culpa que se le ha intentado imprimir desde diversos discursos radicalizados; sino más bien pensando en que se trata de un gran don que lleva consigo el costo correspondiente: una responsabilidad social a la que quedamos atados de manera vitalicia.

Me explico: cada privilegio que se nos otorga se construye como una oportunidad forjada con el arduo esfuerzo, el sacrificio y el cariño de muchas personas, comenzando por nuestros familiares. Y lo que esas personas piden de nosotros, no es que rechacemos la prerrogativa que nos ponen al alcance (lo cual sería absurdo), sino que la aprovechemos y que, con lo conseguido a través de ésta, les retribuyamos con beneficios comparables en utilidad, y contribuyamos también para que otras personas de nuestra sociedad gocen de los frutos que nos ayudaron a conseguir.

Por ello es que los privilegios sociales llevan atados a sí una responsabilidad y un deber ético permanente. Sería ingenuo e injusto pensar que las ventajas académicas, o económicas o culturales que adquirimos tienen como usufructuario último a nosotros mismos. En realidad, se trata de una apuesta de la sociedad por entero, que consiste en preparar profesionalmente a racimos de ciudadanos para que estos, con la mejor formación que la sociedad les pudo proporcionar, generen condiciones de vida dignas en su entorno, así como estructuras e instituciones para que el número de personas con acceso a servicios de educación, salud, desarrollo económico y cultura se multiplique.

Es este el mensaje que quiero compartir con ustedes, y en especial con quienes este año fueron investidos simbólicamente como licenciados o ingenieros, técnicos, especialistas, maestros o doctores: al recibirse, han adquirido un conjunto de deberes para con su entorno, su nación y la sociedad que, a través de una institución educativa, les confiere un grado superior en la escala académica.

Desde ese momento, cada día transcurrido ejerciendo la profesión escogida debemos recordar que ninguna profesión surgió ni se ideó para el beneficio de individuos particulares, sino para el desarrollo y la mejoría de la sociedad como conjunto; y más importante aún: que el triunfo de titularse tampoco es individual. Sin el sacrificio de padres, familiares y amigos; sin la generosidad de los docentes, sin las contribuciones de la sociedad y sin los libros y los andamiajes institucionales, sería imposible haber llegado a pisar ese escalón.

Seamos entonces agradecidos y humildes; actuemos con ética y responsabilidad social, a fin de que juntos nos sumemos en la urgente construcción de una sociedad más justa, segura, equitativa y digna para todas y todos.

¡Nos vemos la próxima semana!

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