Universidad Autónoma de Aguascalientes

Ver esto en aquello: Octavio Paz y su legado, a 107 años de su natalicio

PDF | 738 | Hace 1 año | 2 abril, 2021

Francisco Javier Avelar González

El 31 de marzo de1914, en plena Revolución, nació uno de los escritores más importantes de la literatura de habla hispana: Octavio Paz. El “poeta de Mixcoac” -lugar donde residió durante buena parte de su infancia- ha sido hasta ahora el único mexicano ganador del Premio Nobel en el área de Literatura.

Junto con él, sólo hay otros dos mexicanos con este reconocimiento de la Academia Sueca: Mario Molina en el área de Química (1995) y Alfonso García Robles, Nobel de la Paz en 1982. El dato no es baladí: nos permite hacernos una idea general de lo difícil que es ser considerado para acceder a este exclusivo galardón -que, con sus 120 años de antigüedad, tal vez sea el de mayor prestigio en el mundo-. También nos permite imaginar un poco del porqué de las mordaces críticas e incluso los odios reconcentrados contra Paz por parte de algunos de sus compatriotas, quienes corroboran aquello de que “nadie es profeta en su propia tierra”.

Ciertamente, la animadversión que provocaba en no pocas personas el oriundo de la Ciudad de México no sólo se debía a su sobresaliente capacidad como poeta, gestor cultural y crítico de arte, sino también a que su amplia mirada iba acompañada de un enorme poder sobre la vida cultural del país: bastaba una palabra suya para proyectar o disminuir al artista emergente cuya obra llamara su atención. Puede inferirse que el uso de este impopular poder haya truncado más de una carrera, o al menos entorpecido el desarrollo y la difusión de algunas aspiraciones artísticas (quizás no con justicia para los afectados).

En defensa de Paz, uno puede decir que es natural y siempre ha habido mecanismos de filtro en cualquier actividad humana (por ejemplo, “filtrar” es una de las funciones principales de los editores de libros, periódicos o revistas, así como de jurados para certámenes o de exámenes de ingreso y egreso de universidades e instituciones diversas). Estos mecanismos son indispensables, y relajarlos demasiado -o torcerlos para que respondan a las ideologías de moda- suele derivar en el deterioro de la sociedad, concretamente en su capacidad para generar y trasminar conocimiento genuino y obras de alto valor estético. Si me apuran un poco, podría afirmar que esta falta y/o tergiversación de parámetros en algunos sectores de las artes y las ciencias ha permitido el endiosamiento de la posverdad, la proliferación de charlatanes e incluso, en algunas organizaciones, la imposición de criterios ideológicos o políticos -que no científicos, académicos o estéticos- para juzgar la valía de investigaciones científicas, estudios académicos y obras artísticas, respectivamente.

Octavio Paz cumplió entonces con un papel que de cualquier forma era necesario, y ciertamente no lo hizo mal: su gusto era amplio y tenía un genuino interés por entender el mundo y gozarlo a través de otras miradas inteligentes, profundas y creativas. En su obra crítica podemos observar una curiosidad y un hambre de conocimiento casi insaciable, y también que como espectador no se casó con una sola corriente o grupo. Además, desde su enorme capacidad para inteligir los fenómenos culturales de su época, logró adelantarse como crítico de arte a cualquier otro intelectual dedicado a dichos temas: entre los años sesenta y ochenta del siglo anterior había previsto la decadencia de las artes visuales generada por la falta de ideas, la repetición y la prevalencia de intereses puramente mercantiles. Paz ya hablaba de la incapacidad evocativa, provocativa y de diálogo en la que estaba cayendo el entonces arte moderno; previendo un poco lo que nos tocaría ver a nosotros en nuestra época (con gran parte del arte contemporáneo).

Además de su virtuosa labor como crítico, también hizo un gran trabajo como divulgador de la cultura y editor literario. Desde sus 17 años inició este camino al crear la revista Barandal; años más tarde fue cocreador y partícipe de Taller; luego, de El hijo Pródigo. En 1971 fundó la mítica revista Plural (suplemento del Excelsior) y en 1976 dio vida a Vuelta (que al pasar de los años se convertiría en la actual Letras Libres).  En todas estas revistas reunió y difundió el pensamiento o la obra de una considerable cantidad de artistas importantes de México y el mundo…

Más allá de su labor como crítico, editor y ensayista, Octavio Paz fue un poeta de muy alto calibre. No creo exagerar si digo que poemas suyos, como “Piedra de Sol”, comparten nicho con otros de la talla de “Primero sueño”, de Sor Juana Inés de la Cruz, y “Muerte sin fin”, de José Gorostiza. Para Paz, el poema era una forma de conocimiento y la labor del poeta consistía en descifrar los códigos del mundo, a fin de cifrarlos nuevamente, propiciando el extrañamiento, la reflexión y el placer de volver a conocer las cosas, fuera de los velos del automatismo y la cotidianidad. “Ver esto en aquello”; encontrar vasos comunicantes, hilos conductores y fuerzas de tensión e influencia tan invisibles como reales entre todas las cosas, fue parte de su tarea desde su ejercicio creativo…

La extensa obra del poeta de Mixcoac no parece haber perdido vigencia: entre los círculos académicos y literarios sigue siendo motivo de estudios y discusión, y continúa causando admiración y disparando reflexiones diversas. Por otro lado, tengo la vaga impresión de que ha perdido lectores entre quienes no se dedican a las letras. Por ello, a 107 años de su natalicio, he querido recordarlo en las breves líneas de este espacio semanal e invitarlos a que visiten o revisiten sus textos. Para cerrar, incluyo un gran poema suyo, intitulado “La vida sencilla”. Espero que lo disfruten y ¡nos vemos la próxima semana!

 

Llamar al pan y que aparezca

sobre el mantel el pan de cada día;

darle al sudor lo suyo y darle al sueño

y al breve paraíso y al infierno

y al cuerpo y al minuto lo que piden;

reír como el mar ríe, el viento ríe,

sin que la risa suene a vidrios rotos;

beber y en la embriaguez asir la vida;

bailar el baile sin perder el paso;

tocar la mano de un desconocido

en un día de piedra y agonía

y que esa mano tenga la firmeza

que no tuvo la mano del amigo;

probar la soledad sin que el vinagre

haga torcer mi boca, ni repita

mis muecas el espejo, ni el silencio

se erice con los dientes que rechinan:

estas cuatro paredes -papel, yeso,

alfombra rala y foco amarillento-

no son aún el prometido infierno;

que no me duela más aquel deseo,

helado por el miedo, llaga fría,

quemadura de labios no besados:

el agua clara nunca se detiene

y hay frutas que se caen de maduras;

saber partir el pan y repartirlo,

el pan de una verdad común a todos,

verdad de pan que a todos nos sustenta,

por cuya levadura soy un hombre,

un semejante entre mis semejantes;

pelear por la vida de los vivos,

dar la vida a los vivos, a la vida,

y enterrar a los muertos y olvidarlos

como la tierra los olvida: en frutos…

Y que a la hora de mi muerte logre

morir como los hombres y me alcance

el perdón y la vida perdurable

del polvo, de los frutos y del polvo.

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