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Igualdad, fraternidad y multiculturalidad: el caso de la Selección Francesa de Futbol

Francisco Javier Avelar González

La semana anterior hablamos sobre las lecciones extra-cancha que era capaz de brindarnos el deporte más popular del planeta. En el marco de un escaparate de enorme alcance mediático, como el Mundial de Futbol, pudimos observar enseñanzas sobre la constancia, la disciplina, el compromiso y el trabajo en conjunto. En este espacio semanal, anotamos posibles factores actitudinales negativos, por los cuales fracasaron potencias futbolísticas de la talla de Argentina, Brasil, España o Alemania, y destacamos también el desempeño ejemplar de Croacia, finalista del certamen en esta edición. Sin embargo, no nos detuvimos en el caso del flamante campeón del mundo, Francia, al que valdría la pena dedicarle unas líneas, sobre todo porque su victoria desató comentarios más atentos a cuestiones raciales y geopolíticas que al logro deportivo…

Apenas minutos después de que concluyera el partido entre croatas y franceses, comenzaron a circular en redes frases que adjudicaban la victoria al continente africano y desestimaban -implícita o explícitamente- al país galo. Si miramos la lista de jugadores, entenderemos la motivación de dichos comentarios: salvo un ‘Deschamps’ (apellido del director técnico), en la lista no es posible encontrar los prototípicos apelativos franceses (Blanc, Delacroix, Girard, Lapointe…), sino otros de orígenes muy distintos: Kimpembe, Mbappé, Dembélé, Pogba, Rami, Fekir, Kanté, Sidibé, Matuidi, Nzonzi, Mandana, Umtiti, etcétera. Sumado a lo anterior, es destacable que al menos uno de los dos progenitores de casi todos los seleccionados galos no nació en Francia, sino en algún país africano.

Aunque esa no hubiera sido la intención de los internautas, en los mensajes que proclamaron la victoria africana se podía percibir un sutil sesgo racista, que separaba por ascendencias, razas o colores a los franceses (como si perteneciesen a distintas categorías, según el árbol genealógico) y ocultaba lo verdaderamente loable: la integración y pluriculturalidad de un país que no ha seguido más criterios para armar a su representativo masculino de futbol, que los de tener la nacionalidad francesa y poseer un notable talento para jugar este deporte.

Sin negar la historia del colonialismo francés (¿y qué civilización estaría exenta de un pasado similar?), a la que en gran medida se debe la pluriculturalidad que ahora destacamos, lo cierto es que en la actualidad los galos han sabido darnos ejemplos fehacientes del peso que tiene su lema: “libertad, igualdad, fraternidad”. Tal vez la muestra más llamativa de ello sea justo la que nos entrega su selección de futbol, en la que 23 jugadores de familias con orígenes e historias culturales diversas ejercen de

manera plena la libertad de dedicarse a la profesión que han escogido, en un marco de absoluto respeto, igualad de oportunidades y hermandad.

Si no existiese una base de apertura e integración real, estos jugadores franceses (cuyos progenitores nacieron fuera de la Francia continental) no habrían tenido la oportunidad de desenvolverse con todos los derechos y garantías necesarias para desarrollar y potenciar su talento. Francia dio educación, servicios de salud y oportunidades constatables de progreso a todos estos muchachos, como lo hubiese hecho con cualquier persona de esta nacionalidad. Prueba de ello es que Mbappé, Umtiti y compañía se encuentren en el escaño más alto y honorífico al que podría aspirar cualquier jugador de futbol. Una Francia racista hubiera optado por formar, apoyar y llevar al mundial sólo a jugadores blancos de apellidos prototípicamente galos (véase, si no, al seleccionado francés de los años 70).

Es muy probable que la razón del enorme éxito futbolístico de este país (en las últimas seis copas del mundo ha llegado tres veces a la final), no se deba sólo a su excelente proyecto deportivo, sino también a su apertura a la diversidad y su intencional ceguera a las diferencias de ascendencia, color o religión de sus habitantes. La República Francesa -afirma su Constitución- es una e indivisible, y en ella todos sus hijos son iguales. Me parece que, al menos en el caso que nos ocupa, los franceses están honrando este importante fundamento de su nación. Por supuesto, en toda comunidad existen personas y grupos con posicionamientos racistas y, aunque Francia no es una excepción, ello no desmerece el ejemplo que nos está dando -como país- en materia de respeto, equidad y pluralidad cultural.

Sin duda, México podría aprenderles algo: observemos nuestros centros educativos, empresas, oficinas gubernamentales, clubes y selecciones deportivas; luego observemos las ignoradas comunidades rurales y los cruceros de nuestras avenidas. ¿Dónde es más factible encontrar a los integrantes de las comunidades indígenas? Como en la Constitución Francesa, nuestra Carta Magna afirma -en su artículo segundo- que la nación mexicana es una e indivisible, y reconoce su composición pluricultural, sustentada originalmente en sus pueblos indígenas. Cómo es posible entonces que, aún sin tratarse de hijos de inmigrantes apenas llegados al país (si eso pudiese contar como pretexto), sino de nuestros pueblos originarios, los indígenas continúen enfrentándose a enormes brechas educativas, económicas, sanitarias y sociales, que les impiden desarrollar todo su potencial humano e integrarse mejor a las dinámicas de la nación, sin renunciar a sus creencias y tradiciones.

Al representar a un país entero, la selección de futbol de Francia -actual monarca del planeta- nos da una gran enseñanza sobre cómo es posible respetar la multiculturalidad en una nación; además, su éxito confirma lo que la historia y otras civilizaciones (como Roma, España y Estados Unidos en sus mejores épocas) ya nos habían mostrado: la diversidad produce comunidades sólidas, abiertas al conocimiento y con mejores oportunidades de seguir creciendo.

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