Evolución de la representación Queer en el Cine Mexicano

1648 | Hace 1 año | 20 febrero, 2025

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COLABORACION | Julia María Romo Guevara, estudiante de sexto semestre de la Licenciatura Estudios del Arte y Gestión Cultural

 

En los últimos años, el cine mexicano ha logrado un gran impacto gracias a producciones que conectan de manera profunda con el público. En este texto, realizaremos un recorrido por algunas de las obras cinematográficas que han marcado un antes y un después en la representación queer dentro de la historia fílmica de México.

Para entender la evolución de la representación LGBTQ+ en el cine mexicano, es importante recordar que, tras la conquista española, la evangelización impuso una moral católica restrictiva que durante siglos condenó cualquier expresión de diversidad sexual y de género. Como consecuencia, el cine mexicano evitó tratar abiertamente estos temas hasta bien entrado el siglo XX. El primer personaje homosexual en el cine mexicano aparece en 1938 en la película Don Pedrito, dirigida por Manuel Temés, sin embargo, su representación se basaba en estereotipos caricaturescos, donde el personaje era amanerado y utilizado como recurso cómico. Durante la época de oro del cine mexicano, la sexualidad y la identidad de género eran tratadas con extrema cautela o simplemente no se abordaban.

En 1951, Muchachas de uniforme, dirigida por Alfredo B. Crevenna, se convirtió en una obra de culto al abordar el amor entre mujeres, aunque de manera velada. Durante los años 60, las representaciones queer en el cine mexicano se caracterizaban por un “desdoblamiento de personalidad” y falsas identidades para disimular el subtexto homosexual. Un ejemplo de esto es Modisto de señoras (1969), de René Cardona Jr., en la que el protagonista, un hombre homosexual, se esconde tras un travestismo funcional para seducir mujeres que confían en él por ser aparentemente inofensivo.

Un cambio radical ocurrió en 1977 con El lugar sin límites, dirigida por Arturo Ripstein, en esta película, el personaje de La Manuela, interpretado por Roberto Cobo, es un travesti que desafía las normas de su comunidad rural. Este filme, que contiene el primer beso homosexual en la historia del cine mexicano, mostró una representación más compleja y realista de la diversidad sexual, tocando temas como el erotismo. Lamentablemente, esta tuvo un final trágico, ya que reforzaba el estigma sobre la comunidad LGBTQ+. Dos años después, en 1979, se llevó a cabo la primera marcha del orgullo LGBTQ+ en México, encabezada por Juan Jacobo Hernández y el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria. Este evento histórico comenzó a abrir espacios de discusión sobre la diversidad sexual y su representación en los medios, la cual llegó incluso a tener tiempo después réplicas por toda la república.

En la década de 1980, Jaime Humberto Hermosillo contribuyó significativamente a la representación queer en el cine mexicano con obras como El cumpleaños del perro (1974) y Doña Herlinda y su hijo (1985). Estas películas mostraban personajes homosexuales que vivían sin prejuicios dentro de la sociedad, aunque también perpetuaban ciertos estereotipos, como el de la mujer lesbiana masculina y la perpetuación de roles de género. A lo largo de la década de 1990, la temática LGBTQ+ en el cine mexicano siguió enfrentando barreras, pero la diversidad comenzó a ganar terreno con películas independientes y propuestas de nuevos cineastas que desafiaban las convenciones tradicionales.

Con la llegada del nuevo milenio, el cine mexicano se diversificó, permitiendo que las historias LGBTQ+ tuvieran mayor espacio y profundidad. Julián Hernández se convirtió en un referente del cine queer con filmes como Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor (2003), que narra la búsqueda de amor de un adolescente gay. Posteriormente, dirigió El cielo dividido (2006), Rabioso sol, rabioso cielo (2008) y Yo soy la felicidad de este mundo (2014), centrándose en la representación homosexual masculina. En 2020, incluyó una representación sáfica en La diosa del asfalto.

Directores como Bruno Santamaría Razo, Omar Robles y Eduardo Esquivel apostaron por documentales que visibilizan la diversidad en comunidades mexicanas. Ejemplos de esto son Cosas que no hacemos (2020), Las flores de la noche (2020) y Muxes (2022). La dirección de cine LGBTQ+ por mujeres sigue siendo escasa en México, pero ha ganado visibilidad en los últimos años. Mixteco mudo (2021), de Ángeles Cruz, aborda la diversidad sexual junto a temáticas de migración y violencia de género. Otra obra destacada es Nunca seremos parte (2022), de Amelia Eloisa, que ofrece una mirada crítica sobre las relaciones LGBTQ+ en un contexto mexicano.

El auge de las plataformas de streaming ha impulsado una mayor representación queer en la televisión mexicana. Un ejemplo clave es La casa de las flores (2018-2020), de Manolo Caro, que abordó de manera abierta y cotidiana temas como la transexualidad, la homosexualidad y la bisexualidad, desafiando los prejuicios del público mexicano y ayudando a cambiar percepciones.

Actualmente, vivimos en un momento histórico en el que la diversidad sexual y de género tiene una visibilidad sin precedentes en el cine mexicano. Sin embargo, esta representación ha sido el resultado de décadas de lucha por parte de cineastas y activistas que desafiaron los prejuicios sociales. Hoy en día, las historias queer en el cine mexicano han logrado mayor inclusión y complejidad, permitiendo que muchas personas se sientan identificadas con los personajes y sus vivencias. La representación en el cine sigue siendo una herramienta crucial para el cambio social, y su evolución continuará influyendo en generaciones futuras.

Es importante seguir impulsando narrativas diversas y auténticas que reflejen la riqueza de experiencias dentro de la comunidad LGBTQ+. La representación en el cine no solo valida identidades, sino que también educa y sensibiliza al público en general. A medida que más cineastas emergentes apuestan por historias queer con perspectivas innovadoras, el panorama cinematográfico mexicano se vuelve más inclusivo y representativo.

En este camino, aún quedan desafíos por enfrentar, pero cada avance es un paso hacia una industria cinematográfica que refleje la diversidad real de la sociedad. La evolución del cine queer en México nos muestra que la cultura y el arte tienen el poder de transformar realidades, y su impacto seguirá resonando en las generaciones venideras.