Ruta 9. Entre la turistificación y el equilibrio

562 | Hace 8 meses | 19 septiembre, 2025

gaceta uaa

COLABORACIÓN| Leticia Rodríguez Martínez, egresada de la Lic. en Turismo, correo: letyrodriguezm@hotmail.com

 

“¡Te dije que no viniéramos aquí, está lleno de turistas tontos cruzando la calle!” Fue la frase que escuché llegando a la curva de Abbey Road en Londres, se trataba de un par de niños en scooter que paseaban por su barrio mientras una veintena de turistas sorteaban los autos para lograr la mejor toma del cruce de cebra en las afueras de los estudios de grabación. Me parecieron maleducados y volteé a verlos con indignación, no estábamos haciendo nada malo, sólo éramos un grupo de seguidores de los Beatles que queríamos la foto del recuerdo. Pero ¿y si tenían algo de razón? Imaginé pasar por el mismo sitio todos los días de camino a casa y encontrar a un grupo de personas que no me dejaran cruzar libremente la calle provocando que los autos sonaran el claxon constantemente.

Ese tipo de experiencias, me llevan a hablar sobre la turistificación. Este término se refiere a un proceso de adaptación o renovación de zonas o barrios para satisfacer las necesidades del turismo, ampliando la oferta de servicios para hacer más atractiva la visita. Actualmente, turistas o viajeros buscan hospedaje cercano a puntos de interés, pero en espacios con mayor personalidad o tradición que un hotel de cadena; consumir alimentos y bebidas típicas en una zona trendy o de moda. La turistificación ha provocado el incremento en el costo de bienes y servicios, e incluso, la presentación de los menús de alimentos en moneda extranjera.

En los últimos meses, también he escuchado mucho sobre la gentrificación, expresión citada por primera vez por la socióloga británica Ruth Glass en 1964 para referirse a un fenómeno donde los sectores más acomodados de la sociedad (gentry), se mudan y renuevan un barrio tradicionalmente ocupado por la clase trabajadora, ocasionando el desplazamiento social y elevando los costos de bienes y servicios. Como ves, los dos términos se relacionan entre sí.

En la Ruta 3 de esta Bitácora de Viaje, te invité a ser un turista responsable e impactar lo menos posible a la comunidad que nos recibe. En el turismo sostenible se pretende ganar–ganar: el viajero gana experiencias únicas mientras la comunidad receptora obtiene beneficios económicos y sociales sin dañar su identidad y cuidando del medio ambiente. Sin duda, el turismo es una industria que siempre buscará obtener ganancias económicas. Pero ¿hasta dónde es conveniente? ¿cuál es el límite? ¿quién lo pone? Los gobiernos son responsables de desarrollar políticas para lograr el equilibrio en la turistificación; es decir, lograr que los espacios sean atractivos para los viajeros sin convertirlos en un problema u obstáculo para sus residentes.

En este contexto, te contaré mi experiencia en tres sitios de interés turístico que conocí durante un viaje a Perú hace algunos años, donde se percibe el equilibrio entre la turistificación y el respeto a la comunidad residente.

Conocí el turismo vivencial en una comunidad rural de Cusco, Perú. Llegué alrededor del mediodía, me recibió en su casa una familia integrada por papá, mamá e hija adolescente; me mostraron su vestimenta típica y recorrimos la finca. Como invitada me ofrecieron de comer cuy o cuyo, que es un alimento para ocasiones especiales rico en proteínas y característico de la zona, llegando al corral me dieron a elegir el cuy para la cena, no los quería ver a los ojos de tan bonitos que están; también bebí chicha morada, que es una bebida de choclo (maíz) fermentado hecha por ellos mismos; conversamos sobre sus costumbres y tradiciones, también tenían curiosidad y me preguntaron sobre mi país. Como no había luz eléctrica no tenía distracciones, todos mis sentidos se enfocaron en maravillarme con la vida apacible de una comunidad donde cultivan sus alimentos, crían a sus animales y hacen algunas de sus prendas de vestir. Pasé una de las noches más frías que he vivido, debió ser por la altura de la montaña y porque era una habitación muy amplia para mi sola. Me tocó contemplar el amanecer envuelta en una frazada de alpaca y bebiendo una taza de café caliente, sin duda fue una experiencia única.

En otro punto de mi recorrido visité el Titicaca, el lago navegable más alto del mundo. Está cercano a la ciudad de Puno, al sur de Perú y situado a 3,812 metros sobre el nivel del mar. Desde el embarcadero en Puno navegamos alrededor de tres horas para llegar a Taquile, una isla que cuenta con aproximadamente dos mil habitantes; son una comunidad muy organizada. Todos los viajeros llegamos en grupos con horarios de entrada y salida bien establecidos. La isla tiene un solo punto de ingreso de embarcaciones. Los hombres usan chullos o gorros de lana tejidos por ellos mismos y de distintos colores dependiendo de su estado civil o estatus social, mientras que las mujeres tejen una faja denominada chumpi, también por colores o figuras de aves, productos agrícolas e incluso figuras alusivas a las estaciones del año. Al ingresar a la isla se lee un anuncio con algunas reglas de la comunidad, entre las que destacan llevarte tu basura de regreso a Puno, evitar darles dulces a los niños y consultar con las personas antes de tomarles fotografías. La entrada a la isla incluía alimentos, así que comí una trucha frita, que es uno de sus principales productos, papas y arroz blanco. Los textiles que ahí hacen son conocidos internacionalmente y los comercializan con los visitantes sin intermediarios. La comunidad les pide a los guías que respeten la rotación de sitios que ofrecen el servicio de alimentos para propiciar un beneficio equitativo. El clima tiene una mezcla de frío y calor, la altura y el viento hacen que el lugar sea frío, mientras que la humedad y las caminatas por la isla te hacen sudar al subir una pendiente desde el embarcadero hasta la plaza principal. Ahí compré mi primer chullo, el cual fue muy útil en el resto del viaje. Son una comunidad que respeta y preserva sus costumbres con orgullo.

El Lago Titicaca, alberga otra comunidad andina muy interesante y ancestral, se cree que habitan la zona incluso antes que los incas, estoy hablando de los Uros. Son alrededor de 80 islas artificiales de color amarillo hechas de totora, la planta acuática que abunda en la zona y les ha permitido construir con ella sus casas, embarcaciones, artículos para el hogar, además de usarla como alimento y planta medicinal. Las Islas de los Uros son un lugar turístico que atrae a miles de viajeros, quienes llegan para comprobar la sorprendente manera en la que flotan las islas al ir entretejiendo y cubriendo el agua con capas y capas de totora. Al bajar de la embarcación, sinceramente sentí un poco de temor al pensar que mi pie se iba a hundir entre la hierba, afortunadamente no sucedió, sólo sentía que pisaba sobre un bombón suave y esponjoso. Nos recibieron un grupo de habitantes ataviados con su indumentaria tradicional con un canto de bienvenida en su lengua natal, después explicaron el proceso de tejido de la totora para la construcción de las islas y de todos los objetos que ellos mismos hacen para vender a los visitantes. Además, hice un recorrido en una embarcación de totora tipo góndola que conducía una niña y entré a una casita, que a pesar del clima frío estaba tibia y reconfortante por dentro. Probé la totora que es como una especie de caña, pero no dulce; y finalmente, hice lo propio, no me podía marchar sin antes comprar souvenirs ¿elaborados con? ¡totora! Los Uros han sabido sacar provecho del recurso natural. Se dice que actualmente las islas ya no están habitadas, los Uros residen en Puno y se trasladan a las islas a trabajar, ya que viven del turismo al mostrar sus tradiciones al mundo.

Definitivamente no será lo mismo llegar a una cabaña en la montaña con poca o nula oferta turística, que visitar un parque de diversiones donde cada centímetro grita: ¡marketing! Lo realmente importante será seguir viajando en equilibrio y respetando las costumbres y espacios que visitamos.