Cuando el amor no cabe en la norma

PDF | 268 | Hace 4 meses | 25 noviembre, 2025

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COLABORACIÓN | Denie Ladrón de Guevara, primer semestre de Medicina Veterinaria y Zootecnia

 

Amar debería ser sencillo como ese impulso que te nace de querer comer una necesidad más, sin pedir permiso, que te mueve el piso y llegue cuando menos te lo esperas.

Pero cuando hablamos del amor en la comunidad, la cosa cambia. De pronto, lo que para muchos es “normal” se vuelve complicado, observado, cuestionado, objeto de burlas o agresiones, un tabú más. No porque el amor sea diferente —o puede que sí —, porque el amor sea distinto para cada persona o cada pareja; sino porque la sociedad todavía carga con prejuicios que hacen más complicado amar, poniéndote piedras en el camino solo por quien te enamoras.

Para muchísima gente joven, enamorarse de alguien del mismo género, de una expresión diferente o vivir un amor que no encaje en la norma, se siente como ir cargando un peso extra. Es algo que está anclado sobre tus hombros. No solo es descubrir quién eres, sino tener que explicarlo, defenderlo, o incluso, esconderlo. Y eso cansa. Cansa porque nadie debería pedir permiso para amar; nadie debería cuidarse en las calles para que no hablen de ellos; tampoco deberían ser acosados o golpeados solo por manifestar un acto tan humano como es amar.

A veces lo más difícil no es el amor en sí, sino el ruido alrededor. Los comentarios de ‘no son mala onda, pero sí…’ o ‘no tengo nada en contra, pero…’; o esas pedradas tiradas al aire, las miradas incómodas cuando toman de la mano a su pareja, los chistes que ya ni hacen gracia, o el miedo a que un momento lindo en público termine de manera fea. Ese miedo no es imaginación, viene de experiencias, de historias repetidas y de lo que vemos todos los días.

De entre todo eso, quiero hablar también de los estereotipos. Sí, esos roles que la gente insiste poner en la discusión, incluso en relaciones donde no tienen sentido. Con cuestionamientos sobre ‘quién es el masculino’, ‘quién es la femenina’, ‘quién debe tomar la iniciativa’, ‘quién debe ganar más’, ‘quién parece más dominante’, ‘quién es pasivo’, ‘quién es activo’, o un ‘si es bi por qué no escoge estar con una mujer’… Como si el amor y las relaciones fueran igual al montón. Estos estereotipos no solo son molestos, también lastiman. Generan inseguridades, expectativas ridículas y presiones que no van con las emociones reales de la gente. En este tipo de amor, romper esos moldes no es opcional; son necesarios para amar con libertad, sin máscaras y sin tabúes.

Luego está otra realidad que casi nunca se menciona, pero existe: las personas asexuales. La asexualidad forma parte de la diversidad, y aún así es una de las más incomprendidas. Mucha gente todavía piensa que es una fase, miedo o que no han encontrado a la persona correcta, como si su orientación fuera un error que hay que corregir. Para alguien asexual, esto puede ser agotador. Tener que explicar una y otra vez que la atracción sexual no es parte de su vida y que eso no significa la imposibilidad de amar, de tener pareja o vivir relaciones profundas. Dentro de la misma comunidad LGBT también se enfrentan a la invalidación, como si no fueran lo suficientemente queer;” algunas veces con tal de no perder a sus parejas tienen que convertirse en la persona sexual que no quieren, solamente para satisfacer las necesidades de sus parejas porque creen que no hacer el amor significa que no lo sienten. Esa falta de aceptación duele doble.

Otro aspecto palpitante pero urgente de mencionar, es la diferencia de edad en las parejas. En la comunidad LGBT, las variaciones de edad pueden ser amplias: hay parejas de 18 y 22, de 20 y 30, de 25 y 40… y así. Cada rango trae sus propios retos y sus propias luces. A veces, quien es mayor tiene un recorrido más largo aceptándose —sobrevivió a etapas más duras y ya no carga con tantas dudas—, o justo lo contrario, nunca se atrevió y por amor las cosas tienen que cambiar. En cambio, la persona más joven quizá esté descubriendo su identidad, entendiendo su lugar, aprendiendo a querer en un mundo que no siempre es amable.

Esas diferencias pueden crear choques en la relación, distintas formas de comunicarse, necesidades disímiles, tiempos distintos para mostrarse en público o para asumir la relación con todos sus matices, tiempos distintos para amar y para lograr aceptarlo porque para muchos el amor no es bueno. No obstante, se puede crear un balance donde uno aporte calma y el otro frescura; uno experiencia y el otro impulso. El tema no es la edad, sino que ambos estén en el mismo canal emocional. Simplemente, que ambos no tengan miedo de amar.

Los espacios seguros también son imperantes. Muchos jóvenes crecen sin un lugar donde puedan hablar de sus sentimientos, sin alguien que los invalide, ni espacios en sus escuelas, ni en sus casas, ni en aquellos entornos como los de un psicólogo, que son todo menos eso. Y aunque las cosas están cambiando, porque sí hay más visibilidad, más conversación y más apoyo que antes, la realidad es que el avance no siempre es parejo para todos.

A pesar de todo, el amor sigue abriéndose paso. Lo bonito es que, aunque la sociedad no siempre facilite el camino, las personas sí pueden hacerlo. Cuando te rodeas de gente que te ve, te escucha y te respeta, amar se vuelve menos batalla y más libertad. Y esa libertad, aunque a veces cueste, termina valiéndolo todo.

Al final, el amor LGBT no es “diferente”: el mundo es el que sigue poniéndole etiquetas. Ojalá llegue el día en que dejemos de hablar de estos obstáculos porque simplemente ya no existen. Mientras tanto, hablarlo, nombrarlo y visibilizarlo es parte de lo que nos toca para que el camino sea más ligero para aquellos que vienen detrás de nosotros: todas las infancias.