Ruta 10. Viajeros del más allá

PDF | 282 | Hace 4 meses | 19 noviembre, 2025

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COLABORACIÓN| Leticia Rodríguez Martínez, egresada de la Lic. en Turismo, correo: letyrodriguezm@hotmail.com

 

En vísperas del día de muertos, recordé lugares que he visitado con leyendas de ultratumba y misterio, lo que me hace imaginar que hay un viaje más allá de la muerte.

En esta Bitácora te contaré algunas historias sobre esos sitios emblemáticos, relacionados con algún hecho sobrenatural, que quizá no me tocó vivir en carne propia, pero te aseguro que me puso la piel chinita al escuchar los relatos en voz de los lugareños. Asegúrate de leer esta publicación por la noche a la luz de las velas y de preferencia acompañado.

Era un típico día nublado en Londres cuando llegué a la Torre, ingresé motivada por conocer el lugar donde Ana Bolena fue decapitada en 1536. Siguiendo el mapa y la audioguía que me dieron en el acceso, encontré entre los jardines un memorial con un cojín de cristal que representa el sitio donde reposó la cabeza de Ana, una de las tantas personas ejecutadas en la torre. Pero mi curiosidad me llevó más allá: ingresando a las sombrías y humedecidas mazmorras me topé con la historia no tan conocida de los príncipes Eduardo y Ricardo, dos niños de 12 y 9 años respectivamente, quienes fueron vistos por última vez en el año de 1483 jugando en los jardines de la torre blanca. Se cuenta, que fueron asfixiados en su alcoba por órdenes de su tío Ricardo III, ya que, tras la muerte de su padre, Eduardo con sus doce años debía ser el sucesor al trono. Su tío movido por la ambición se encargó de que los declararan hijos ilegítimos y fueran excluidos de la corona. Ciento noventa y un años después, en 1674, fueron descubiertos a los pies de una escalera, dos pequeños esqueletos envueltos en telas y dentro de una caja, por lo que se sospecha que se trataba de ellos, ya que nunca habían encontrado ningún rastro de sus cuerpos. Actualmente, visitantes y vigilantes de la torre aseguran escuchar risas de niños jugando y corriendo por los oscuros pasillos, esos niños que quizá no se han enterado de que ya no forman parte de este plano.

Como te mencioné hace algunas bitácoras atrás, estudié un tiempo en España y la primera ciudad que conocí fue Madrid. Como becaria, me invitaron a asistir a un evento en Casa América, un centro cultural en el Palacio de Linares, lugar donde transcurre la leyenda de Raimundita, una niña fruto del incesto entre José Murga y Raimunda Osorio, quienes se enamoraron y contrajeron matrimonio convirtiéndose en los Marqueses de Linares. El padre de José les advirtió que no debían casarse, pero ellos lo ignoraron por el inmenso amor que se tenían. Tiempo después de la muerte del padre, encontraron una carta donde revelaba el secreto familiar, declarando que tuvo una hija fuera del matrimonio a la que nombró Raimunda… efectivamente ¡eran hermanos! Cuando los enamorados se enteraron, solicitaron al Papa algo así como un permiso para seguir juntos, por lo que recibieron una bula papal con la que podrían continuar su relación en castidad; sin embargo, procrearon a una niña. Con el fin de ocultar el incesto y evitar el señalamiento de la sociedad, decidieron acabar con la vida de la pequeña, a quien emparedaron en una habitación. Cuentan los madrileños y visitantes al palacio, que han escuchado risas infantiles por los pasillos. En la década de los noventa, varios curiosos interesados en el tema grabaron psicofonías donde dicen que se escuchaba a Raimundita decir: “mamá, no tengo mamá” y “soy Raimunda, aquí estoy”, tratando de hacerse presente a pesar del paso de los años.

También te relataré mi experiencia en Edimburgo, es una ciudad tan majestuosa como misteriosa, esconde leyendas y fantasmas en cada una de sus construcciones y callejones. Son tantas y tan buenas, que no sabría por dónde empezar. Me hospedé sobre la Milla Real muy cerca de todo, del castillo, el palacio, la catedral, tabernas y restaurantes. Mi hospedaje era un edificio que data de 1693 y es Patrimonio de la Humanidad, justo donde ocurrió la última ceremonia de horca en la ciudad, dato que no conocía hasta que llegué ahí. Mi vuelo se retrasó y llegué de noche, más tarde de los previsto; caminé algunas cuadras hasta mi hospedaje; me dieron el número de mi habitación y me explicaron que el edificio contenía pisos subterráneos y yo estaría en el primer bajo. Las escaleras eran metálicas y sólo se escuchaban mis pasos, me instalé en la habitación y como eran baños compartidos, tenía que salir: mirando el mapa ubiqué la ruta para llegar al baño en un piso más abajo, como era una penitenciaría cada pasillo o túnel contiene celdas, en el fondo de un túnel estaba una chica pelirroja sentada de espaldas, pasé de prisa y no dije nada. Regresé a mi habitación y descansé del largo viaje. Todas las noches al regresar, bajaba al baño y ahí estaba la chica sentada, aunque le saludaba con un “buenas noches”, nunca respondió. Debo confesar que bajaba esperando que no estuviera ahí o que no me contestara el saludo, porque me erizaba la piel cada que pasaba atrás de ella y sentía que un viento frío se colaba por mis pies. Hasta ahora no sé si era real o no.

Otra de mis experiencias en Edimburgo tiene que ver con el nivel subterráneo de la ciudad. Debajo de la Milla Real se encuentra un lugar llamado “Mary King’s Close”, por ahí del siglo XVII se construyeron edificaciones encima de callejones que quedaron como pasadizos subterráneos. Entre los años de 1644 y 1649 numerosas personas sufrieron la peste negra y los aislaban en esos callejones subterráneos para no contagiar a más ciudadanos, familias enteras vivían ahí. Una de las habitantes más conocidas es Annie, una niña pequeña que murió a causa de esta terrible enfermedad y que todavía ronda por ahí buscando su muñeca para jugar. La visita a esos callejones es ahora una atracción turística muy demandada, al pasar por los callejones de repente se siente un frío extraño, diferente al resto de la ciudad; algunos aseguran haber escuchado a Annie sollozando en búsqueda de su muñeca. Los visitantes le llevan juguetes, en especial muñecas para que no se sienta sola.

No sé qué pueda haber más allá del último viaje, de lo que sí estoy segura es que mientras tenga la oportunidad seguiré viajando, porque esa es mi manera de celebrar la vida.