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752 | Hace 12 meses | 9 mayo, 2025
COLABORACIÓN| Leticia Rodríguez Martínez, egresada de la Lic. en Turismo, correo: letyrodriguezm@hotmail.com
Viajar le da vida a mi vida. No busco completar el álbum de tarjetas coleccionables ni llenar la puerta del refri con imanes; no es el número de países visitados, ni los likes en las fotos publicadas. Viajo porque me apasiona experimentar, disfrutar sabores desconocidos, sentir climas distintos, caminar nuevos senderos y llevarme momentos en el alma para siempre.
En esta Bitácora de Viaje, nos trasladaremos a sitios recónditos que sólo vivían en mi imaginación pero que después de investigar, ahorrar y recorrer varios kilómetros se volvieron realidad.
Fue modelo de inspiración para el castillo de la Bella Durmiente, es uno de los más fotografiados del mundo y está ubicado en Baviera, Alemania a 130 kilómetros de Múnich, me refiero al Castillo de Neuschwanstein. Para llegar ahí, viajé de Ciudad de México a Madrid, tomé otro vuelo a Múnich y un tren que me llevó entre bellos paisajes hasta llegar a Füssen, ciudad situada a 4 kilómetros del castillo Desde que llegué a la estación de tren me sentía como en un cuento medieval, la ciudad es pequeña y la gente amistosa, el clima era frío pues ya terminaba el verano, calles empedradas y algunos caminos de terracería. Para llegar al castillo, que está sobre un desfiladero, caminé alrededor de 40 minutos por una vereda entre el bosque, recuerdo que se escuchaban aves y el sonido del agua de una cascada cercana, desde ahí se alcanzan a ver los Alpes con picos nevados; mirando con dirección al castillo se observa una torre de piedra caliza muy cercana, pero en realidad no lo es tanto, seguí caminando y de pronto, ya estaba en el acceso del castillo de Luis II, conocido como el Rey Loco, nombrado así por su excentricismo y por estar siempre inmerso en su realidad. El Rey ordenó construir el castillo, pero vivió poco tiempo en él, pues murió extrañamente ahogado en el lago, siendo un experto nadador. El interior del castillo es de colores vibrantes, rojo, azul y dorado; lujosos tapices, alfombras y cortinas; techos bajos para reducir el frío y piezas de arte por todos lados. Actualmente es una de las atracciones turísticas más visitadas de Alemania. Finalmente, no estaba tan loco el rey, pues dejó un gran legado arquitectónico y artístico.
En otro momento, tuve que recorrer cielo, mar y tierra para experimentar la bioluminiscencia. Holbox es una isla situada al norte de la península de Yucatán, entre el Golfo de México y el Mar Caribe. Para llegar hasta ahí, abordé un vuelo de Aguascalientes a Cancún; llegando al aeropuerto rentamos un auto para andar 140 kilómetros por una carretera recta hasta Chiquilá, población en Quintana Roo desde donde parten los ferris hacia la isla. Los autos deben permanecer en un estacionamiento ya que no se permite su ingreso por ser parte de la reserva protegida de Yum Balam, los medios de transporte en Holbox son carritos de golf y bicicletas, caminando es otra opción y con la que mejor se conocen los destinos. Después de casi 30 minutos de traslado, por fin llegas al paraíso. La isla tiene un montón de actividades. La bioluminiscencia es un fenómeno natural que se aprecia de noche y se produce por la presencia de microrganismos marinos que brillan al chocar con las olas; el espectáculo de luces en el mar es increíble, es como jugar con las estrellas entre los dedos de los pies.
En Portugal se encuentra el punto más occidental de Europa, llamado Cabo da Roca, un acantilado de 140 metros de alto ubicado a 40 kilómetros de Lisboa. Antiguamente se creía que era el fin del mundo ya que en el horizonte se observa sólo el océano Atlántico, ahí se encuentra el primer faro construido en Portugal, que data del año 1772 y tiene 22 metros de alto, un monolito con una cruz y una placa informando las coordenadas exactas de ubicación con una inscripción que dice: “Aquí… donde la tierra se acaba y el mar comienza”. Por su situación geográfica es un lugar con vientos muy fuertes, los senderos cuentan con pasamanos para la seguridad de los visitantes, al caminar se escucha el fuerte choque de las olas en la roca y el punto cúspide de esta visita es esperar la puesta de sol, observar lentamente el cambio de colores en el cielo y aplaudir en cuanto el sol termina de sumergirse en el mar.
En otra ruta, emprendí mi camino a la Patagonia. Eran mediados de marzo, lo que significaba el fin del verano en el hemisferio sur; el objetivo principal era conocer los vestigios de la edad de hielo, el glaciar Perito Moreno. El vuelo más largo fue de Ciudad de México a Buenos Aires, después de un día de adaptación, seguí mi camino a El Calafate, población situada a 2,770 kilómetros de la capital argentina y puerta de ingreso al Parque Nacional de los Glaciares; es un punto base desde donde se toman diversos tours hacia las bellezas naturales de la Patagonia. Desde que el avión descendía esperaba ver el glaciar por la ventanilla, cosa que no sucedió. El Calafate es un lugar encantador, cabañas de madera, calles adoquinadas y senderos naturales, la calle principal está llena de ofertas turísticas, restaurantes, bares y cafés muy concurridos para beber algo calientito por el frío que se siente. Mi visita al glaciar fue a la mañana siguiente, desperté con emoción y muy bien abrigada partí a la aventura. El glaciar se ubica a 80 km del centro de la ciudad, aproximadamente hora y media de camino, desde los primeros 20 minutos de recorrido yo ya quería ver el glaciar, cosa que otra vez no sucedió. El paisaje es muy árido, hay poca vegetación y fauna, volteaba a todos lados esperando ver el gran glaciar, pero no sucedía aún. Después de algunos minutos el guía nos informó: al lado izquierdo podrán observar la esquina del glaciar. Efectivamente ya se podía observar a lo lejos un bloque color blanco y azul cielo que emergía entre las montañas y el lago. Ingresé al parque por unas pasarelas que parecen gradas de un teatro donde los espectadores observan atónitos el espectáculo, estaba ahí, imponente como un rascacielos de 60 metros de altura, pero con la belleza que sólo la naturaleza nos puede regalar: el gran bloque de hielo de 250 km2 de superficie, entintado en diversidad de azules; la brisa glacial mojaba mi cara como saludando y calmando mi ansiedad por verlo.
Concluyo que, cada kilómetro recorrido ha valido la pena y que disfrutar el camino siempre será parte del viaje.