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382 | Hace 4 meses | 10 febrero, 2026
COLABORACIÓN| Leticia Rodríguez Martínez, egresada de la Lic. en Turismo, correo: letyrodriguezm@hotmail.com
Dos mil veinticinco fue un año donde descubrí destinos sorprendentes, viví grandes enseñanzas y conocí a personas increíbles.
Y todo esto, ¿de dónde vino? Desde hace algunos años he tenido interés por el enoturismo, rama del turismo relacionada con el vino, conociendo desde su origen, cultivo, cosecha, producción, comercialización y consumo. En el mundo hay varios destinos dedicados a este tema, que originalmente no nacieron con el fin de atraer turistas, sino con el objetivo de generar un producto para su consumo, venta y posteriormente ser reconocidos fuera de su región, los más conocidos o populares son Burdeos en Francia, la Toscana en Italia, Mendoza en Argentina, Valle del Maipo en Chile, Oporto en Portugal y la Rioja en España.
En México contamos con zonas vinícolas reconocidas mundialmente como Parras de la Fuente en Coahuila, Valle de Guadalupe en Baja California, Tequisquiapan en Querétaro y nuestro estado Aguascalientes.
En mi lista de destinos pendientes estaba un viaje a los viñedos en Valle de Guadalupe, porque había escuchado mucho del lugar, pero no había tenido oportunidad de hacerlo. Buscaba cómo llegar sin necesidad de contratar algún tour, porque comúnmente viajo sola por mi cuenta. Intenté hacer mi propio itinerario, algo no me cuadraba, pero lo entendí después. Me di a la tarea de buscar y encontré un tour muy atractivo, tenía muchas dudas ya que no conocía a nadie, ni al organizador ni la empresa, ni al grupo. Con todo y dudas me sumé a la aventura. Valle de Guadalupe: ¡ahí voy!
El vuelo salía muy de mañana a Tijuana, entre la diferencia horaria y los itinerarios de las aerolíneas de bajo costo, ahí estaba rumbo al aeropuerto a las 3 de la mañana, con un ojo dormido pero el corazón emocionado de conocer un nuevo destino. En el grupo de WhatsApp comentaban que ya habían llegado, que estaban en cierta zona de la sala de espera, yo buscaba a alguien que en realidad no conocía. Al iniciar el abordaje me acerqué a la fila y pregunté por el organizador, quien dijo: sí aquí estamos. Me incorporé al grupo y poco a poco todo fue fluyendo como cuchillo en mantequilla.
Llegando a Tijuana esperamos, con un reconfortante café, el arribo de la camioneta que nos llevaría durante todos los recorridos. El grupo en su mayoría éramos mujeres, todos mayores que yo, pero con el entusiasmo de unos veinteañeros.
Primera parada: Ensenada. Nos trasladamos desde Tijuana con unas vistas increíbles por la Carretera Escénica, el sol nos recibió con un brillo excepcional, desayuno norteño en un restaurante con vistas al mar, donde el sonido de las olas al chocar con el acantilado me decía ¡qué hermoso es México! Por el contrario, que triste fue ver el muro fronterizo, como una imponente masa metálica dividiendo la tierra.
Inició el recorrido por los viñedos con campos de vid que no me imaginaba entre tierras desérticas; el grupo ya estaba más que en confianza, tomándonos fotos y conversando como si nos conociéramos de años. Durante los siguientes días, la buena vibra fluía entre todos, cantamos, comimos riquísimo, reímos y me enseñaron mucho sobre la cata de vinos, los tipos de uvas, las denominaciones y sobre todo de la camaradería que se puede crear en tan poco tiempo.
El organizador del viaje es un sommelier, persona experta en vinos, quien nos explicaba con toda paciencia sobre los tipos de vinos, maridaje y las historias de los viñedos que visitamos, ya que hay muchos en la zona, pequeños, medianos y muy grandes, razón por la cual no hubiera sido la mejor opción el viajar por mi cuenta.
Aprendí que hay viajes que se tienen que hacer sí o sí con un guía experto. En la zona hay tantos viñedos que no sabría por dónde empezar. Las distancias son largas, las veredas son de terracería y todas parecen iguales. Por lo que, si viajas por primera vez a estos viñedos, te recomiendo hacerlo con un conocedor. Les puedo pasar el contacto con mucho gusto.
El mundo vinícola es inmenso, pero con la pequeña parte que he aprendido hasta ahora, me llena de satisfacción y alimenta mi interés en seguir conociendo aún más de este interesante mundo, que vino y se quedó.
Créditos fotográficos: Leticia Rodríguez Martínez