Ikigai: Para una Cultura de Paz

PDF | 78 | Hace 3 días | 5 junio, 2026

Mtro. en D. Juan Carlos Arredondo Hernández

Mtro. en D. Juan Carlos Arredondo Hernández

Hace dos o tres semanas, en la Universidad Autónoma de Aguascalientes tuvimos la oportunidad de escuchar una conferencia sobre el “ikigai”, la cultura de paz y la trascendencia individual, a cargo del maestro Eduardo Infante Priego. Quiero aprovechar este espacio quincenal para compartirles una adaptación del mensaje que di durante dicho evento. Lo transcribo a continuación, esperando que sea del interés general:

 

Así como los sentimientos y algunos valores, hay conceptos que parecen ser universales porque atraviesan distintas culturas y épocas, y tocan preguntas profundamente humanas. El “ikigai” es uno de ellos. Aunque la palabra pertenece a la tradición japonesa y suele traducirse como “razón de ser” o “aquello que hace que la vida valga la pena”, la inquietud que contiene nos toca a todos, porque aborda el tema o la pregunta fundamental de qué le da sentido a nuestra existencia.

Durante mucho tiempo, el ikigai como concepto estuvo presente de manera dispersa en la cultura japonesa. Sin embargo, en 1966, la psiquiatra Mieko Kamiya publicó un libro titulado “Sobre el ikigai”, el cual ayudó a darle una formulación más clara y profunda. Kamiya trabajaba con pacientes de lepra y observó algo que le llamó poderosamente la atención: incluso en circunstancias de aislamiento, sufrimiento o incertidumbre, muchas personas lograban mantenerse en pie cuando conservaban alguna forma de sentido, algún vínculo con aquello que hacía que su vida siguiera teniendo valor para ellas.

Resulta interesante que un par de décadas antes (relativamente en el mismo periodo histórico), el psiquiatra austriaco Viktor Frankl publicó su libro “El hombre en busca de sentido”, después de sobrevivir a los campos de concentración del Holocausto. A partir de aquella experiencia límite, Frankl llegó a conclusiones semejantes a las que llegaría Kamiya: las personas podían soportar condiciones extremadamente adversas cuando encontraban un motivo para seguir adelante: ya fuera una responsabilidad, un afecto, una esperanza o una tarea que daba sentido a su existencia.

Me parece significativo que dos personas provenientes de tradiciones culturales tan distintas hayan terminado acercándose a una idea similar. Tanto Kamiya como Frankl entendieron que el ser humano, para realizarse, necesita sentir que su vida está conectada con algo valioso; que sus acciones, aunque sean pequeñas, pueden ser trascendentales.

En este punto, quisiera dar un salto para conectar el ikigai con la cultura de la paz, porque la paz tiene una dimensión profundamente humana y cotidiana, que supera por mucho la idea —útil pero insuficiente— de que sólo se trata de evitar actos de violencia. Una sociedad difícilmente puede construir paz y una convivencia armónica si las personas viven desconectadas de sí mismas, de los demás y de aquello que le da sentido a su existencia.

Quien encuentra un propósito de vida suele desarrollar también una mayor conciencia de los otros, de su entorno y de las consecuencias de sus actos. Aparecen entonces valores como la empatía, la compasión, la responsabilidad, la solidaridad y la capacidad de diálogo. La búsqueda de sentido deja de ser un asunto estrictamente individual y comienza a proyectarse en la manera en que convivimos y construimos comunidad.

En el fondo, este tándem de la cultura de paz y el ikigai dialoga de manera muy natural con el espíritu de formación humanista que impulsa nuestra universidad y que debería de permear en toda la sociedad. En lo que respecta a la institución que tengo el honor de encabezar, parte fundamental de nuestro modelo educativo consiste justamente en acompañar a los estudiantes en un proceso de formación integral que les permita desarrollarse profesionalmente, pero también comprenderse mejor, relacionarse éticamente con los demás y participar de manera responsable en sus entornos.

No sé si ustedes lo perciban así, pero a mí me parece que no sólo en los ámbitos de educación formal, sino sobre todo en los entornos familiares, laborales, políticos y sociales en general, debemos hacer un esfuerzo conjunto por reencontrarnos como personas capaces de trascender y de encontrarle un valor superior a nuestra vida desde el servicio a los demás y desde un modo de vida donde la cultura de paz sea una de nuestras piedras angulares… ¡Nos vemos en quince días!

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