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PDF | 396 | Hace 2 meses | 13 marzo, 2026
Mtro. en D. Juan Carlos Arredondo Hernández
La semana anterior, en el marco del Día Internacional de la Mujer, la Federación de Estudiantes de la Universidad Autónoma de Aguascalientes reinauguró el corredor sororo Lourdes Maldonado, espacio integrado por una serie de pinturas realizadas por estudiantes mujeres de nuestra comunidad, donde arte y pronunciamiento social convergen en un llamado a seguir construyendo un entorno de igualdad sustantiva y libre de violencias por razón de género.
Hay algo profundamente revelador en que se haya escogido el lenguaje de la pintura para expresarse y, a su vez, que se haya tomado como figura tutelar a Lourdes Maldonado —periodista asesinada en 2022, cuyo caso se convirtió en símbolo de la violencia contra las mujeres que ejercen la libertad de expresión—. Es revelador porque ningún espacio universitario es neutral: sus aulas, bibliotecas y pasillos son también reflejo de nuestros valores, nuestra memoria y nuestra vocación. Cuando a un corredor dedicado a la creación artística se le asigna un nombre, se propone una narrativa que se desea integrar a la vida cotidiana de la comunidad. En este caso, esa decisión remite a la equidad y a la revisión crítica de las violencias que han acompañado la historia de las mujeres.
Nuestra tradición cultural está atravesada por relatos que todavía influyen en la manera en que imaginamos el mundo. En la mitología griega, por ejemplo, Pandora abre una vasija de la que emergen los males que aquejan a la humanidad. Asimismo, en la tradición judeocristiana Eva aparece asociada al inicio de la culpa y el sufrimiento. Más tarde, en tradiciones apócrifas, Lilith encarnaría la figura que se niega a la subordinación y por ello es convertida en amenaza. Tres imágenes distintas muestran un mismo trasfondo: la mujer como forma de peligro, dolor o desorden.
Mientras esa herencia simbólica impregnaba el imaginario colectivo, el desarrollo de las artes se organizaba bajo reglas de acceso restrictivas: las mujeres aparecían en lienzos, inspiraban poemas y podían ser motivo de representación; pero el derecho a pintar, ocupar el taller, dirigir la orquesta, diseñar el edificio o firmar el libro les fue muchas veces negado o condicionado.
Es destacable que, a pesar de esos contextos, hubo voces que rompieron paradigmas. En el siglo XII, Hildegarda de Bingen escribió, compuso música y reflexionó sobre una gran cantidad de temas con profundidad extraordinaria; su autoridad intelectual fue durante algún tiempo leída bajo sospecha, como si la lucidez femenina necesitara mediación antes de ser plenamente aceptada. En el siglo XVII, Artemisia Gentileschi tomó el pincel en pleno barroco europeo y representó a heroínas bíblicas con una fuerza que todavía interpela al espectador contemporáneo; su talento debió abrirse paso en un entorno que la expuso y juzgó más por su biografía que por la contundencia de su obra. En esa misma centuria, Sor Juana Inés de la Cruz defendió con claridad el derecho de las mujeres al conocimiento, aun cuando esa defensa implicó presión, silenciamiento y la renuncia a su biblioteca. Ya en el siglo XX, Virginia Woolf reflexionó sobre las condiciones materiales de la creación y recordó que hubo un tiempo en que las mujeres ni siquiera podían ingresar libremente a las bibliotecas universitarias: escribir exigía antes conquistar un espacio propio, físico e intelectual.
Entre cada uno de estos ejemplos median siglos y geografías, pero en todos hay una constante: históricamente la palabra femenina que piensa, crea o cuestiona ha debido abrirse paso en contextos de violencia y recelo. Esa tensión forma parte de una memoria que todavía nos interpela.
Desde esta perspectiva, las figuras femeninas merecen una reinterpretación que les haga justicia. Retomar a Pandora implica recordar que su nombre significa “la que porta todos los dones”. El gesto de apertura que la tradición interpretó como origen del mal puede comprenderse también como inicio de la conciencia. Con la conciencia llega la vulnerabilidad, pero también la posibilidad de comprender nuestra condición humana y de construir respuestas a sus desafíos. Finalmente, recordemos que en el fondo de esa vasija permaneció la esperanza y, más que un consuelo pasivo, podemos ver esto como un impulso que atraviesa la historia y se traduce en ampliación de derechos, revisión de narrativas y reconocimiento de talentos largamente postergados.
Desde esa visión adquiere pleno sentido que la universidad nombre uno de sus espacios en memoria de Lourdes Maldonado. Su trabajo periodístico formó parte de esa apertura de la conciencia pública. Investigar, narrar y sostener la palabra frente a estructuras de poder se integra a una tradición de creación femenina que asume la complejidad del mundo y decide expresarla.
El cambio de paradigmas en materia de género es un proceso histórico que debe reflejarse en nuestros espacios y proyectos, y creo que la universidad participa de ese proceso cuando garantiza condiciones para la equidad, la libre expresión y la plena realización del talento. En este sentido, espero que la figura de Lourdes Maldonado acompañe la vida académica de nuestra institución, como recordatorio de que debemos luchar por una vida donde no haya discriminación ni violencia. Espero también que los ejemplos de tantas mujeres a lo largo de la historia continúen impulsando una transformación cultural que amplíe el horizonte de las artes, las ciencias y el pensamiento.