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PDF | 56 | Hace 2 días | 19 junio, 2026
Mtro. en D. Juan Carlos Arredondo Hernández
Hace una semana recibimos en la Universidad al Excmo. Sr. Ruairí de Búrca, Embajador de Irlanda en México, quien con suma generosidad dictó la conferencia “¿Es posible la paz? Diálogo, reconciliación y cooperación internacional”. Como parte de las palabras de bienvenida, tuve la oportunidad de hacer una breve reflexión a propósito del tema. Con gusto, comparto aquí una versión adaptada de dicho mensaje:
En 2023 y de la mano de la Real Academia, la Fundación del Español Urgente, eligió el término “polarización” como la palabra del año. La decisión no fue casual: basta mirar la conversación pública de buena parte del mundo occidental para advertir que vivimos una época marcada por divisiones cada vez más profundas, en torno a temas políticos, ideológicos y culturales.
De nadie es secreto que en México estamos experimentando este fenómeno con especial intensidad. Y aunque las causas son múltiples, resulta difícil ignorar el papel que ha desempeñado parte de la clase política, que durante años ha encontrado en la confrontación y la división social una herramienta eficaz para movilizar apoyos y consolidar identidades.
Quizá uno de los lugares donde esta polarización se vuelve más evidente es el lenguaje. Las palabras importan porque revelan la forma en que percibimos a los demás. Por eso llama la atención la facilidad con que se han normalizado términos como “fascista”, “comunista”, “chairo”, “fifí”, “traidor” o “enemigo del pueblo”. Lo interesante no es cómo se resignifica, ni quién se apropia y utiliza cada una de estas expresiones. Lo interesante —al menos aquí— es que todas responden a una lógica semejante: reducir a una persona compleja a una sola etiqueta. Es decir, quitarle sus características como persona para evadir el ejercicio del diálogo real, la comprensión empática, la negociación y la convivencia desde el respeto y el derecho.
Pareciera que se nos está olvidando algo obvio de las democracias: no sólo se puede convivir en el desacuerdo, sino que es necesario que haya sistemas de contrapesos y desacuerdos —insisto en que desde el respeto— los cuales nos ayuden a buscar nuevas vías, para encontrar juntos las respuestas a los retos que enfrentamos como sociedad.
En ese sentido, es preocupante ver que, desde la polarización, quienes piensan distinto han dejado de verse como interlocutores legítimos para convertirse en adversarios irreconciliables. Y esto adquiere especial relevancia en un país que enfrenta desafíos profundos en materia de paz y seguridad. Durante la última década, México ha registrado cientos de miles de víctimas de homicidio doloso y decenas de miles de personas desaparecidas o no localizadas. Son realidades distintas, pero ambas nos recuerdan la importancia de proteger aquello que permite la vida en común: la confianza social, el respeto a la dignidad de las personas y la capacidad de resolver diferencias sin recurrir a la exclusión o la confrontación permanente.
Siguiendo esta línea argumental, la historia ofrece buenos ejemplos de sociedades donde las divisiones llegaron bastante lejos. Uno de ellos, quizá no muy conocido en nuestro país, fue el de Irlanda del Norte. Las últimas cuatro décadas del siglo pasado la región vivió un conflicto conocido como The Troubles, en el que se enfrentaron quienes defendían la permanencia de Irlanda del Norte dentro del Reino Unido y quienes buscaban su integración con la República de Irlanda. Estas diferencias políticas, nacionales y religiosas terminaron profundizando la división entre comunidades enteras. La tensión derivó en enfrentamientos y episodios de violencia que dejaron miles de víctimas y marcaron profundamente la vida cotidiana de la región.
La desconfianza era profunda y las posiciones parecían irreconciliables. No obstante, el conflicto comenzó a encauzarse mediante un largo proceso de diálogo que involucró a los gobiernos del Reino Unido e Irlanda, así como a representantes de las distintas comunidades de Irlanda del Norte. Ese esfuerzo culminó en 1998 con el “Acuerdo de Viernes Santo”, que impulsó un esquema de poder compartido, nuevas instituciones de cooperación y el abandono de la violencia como mecanismo de acción política. La experiencia irlandesa también muestra que incluso los conflictos más complejos pueden encontrar caminos de convivencia cuando existe voluntad política, fortaleza institucional y un compromiso sostenido con el diálogo.
Finalmente, la reconciliación no implica que desaparezcan las diferencias, ni que todo mundo piense igual. En lugar de ello, implica entender que el futuro compartido depende de construir mecanismos capaces de procesar los desacuerdos. Defendamos esos mecanismos y aprendamos a vivir en la empatía y el respeto, en un mundo donde necesariamente habrá diferencias. ¡Nos vemos en quince días!